En el nombre de Roma

Los libros fatales

Una mañana, hace ya dos mil quinientos años, una figura encorvada llegó a Roma cargada con un fardo. Cruzó el puente Sublicio marcando el ritmo de sus pasos con su bastón, y deambuló entre el trajín de mulas, moscas y bueyes que abarrotaban aquel día de mercado el Foro Boario, mientras preguntaba por la casa de Lucio Tarquinio. Una pareja de arrieros se volvió y la miró curiosa. Señalaron una casa grande y maciza, de feas paredes de piedra gris, y la vieja prosiguió su camino sin despedirse. En cuanto llegó a la entrada, pidió ver al rey. Tarquinio la recibió intrigado. Nueve libros desportillados aguardaban en el suelo del patio la inspección real. Tarquinio, que era soberbio y de genio vivo, se rió en su cara cuando escuchó el precio. La vieja no se molestó en responder a sus burlas. Se limitó a agacharse, recogió los rollos y marchó por donde había venido. Al poco tiempo regresó y propuso el mismo trato, pero en esta ocasión únicamente por seis, pues había quemado los tres ausentes. Tanta insistencia enfadó al rey, que expulsó a la mujer del palacio. Cuando volvió por tercera vez, solo tres libros sobrevivían al precio tasado. Aquello acabó por intrigar a Tarquinio, que consultó a los augures. Éstos lamentaron la imprudencia de su señor, pues la mujer no podía ser sino Demófila, Sibila de Cumas, y aquellas hojas, profecías de Apolo. Tarquinio pagó, la mujer arrojó los rollos a sus pies, giró en redondo y se perdió entre el gentío del mercado. Nadie volvió a verla por Roma…
Lee más...La culta caravana

Cuentan quienes saben de esto, que Abū al-Qāsim Ismāīl Ibn Abbād Ibn al-Abbās Ibn Abbād Ibn Ahmad Ibn Idrīs –permíteme, paciente lector, llamarlo Ibn Abbād para el buen gobierno de nuestra historia– nació el catorce de septiembre de 938 en la ciudad de Istakhr, en Persia. Hijo y nieto de visires, su buena estrella le sirvió bien desde la cuna. Quedó huérfano muy chico y fue criado por el emir, que lo educó por lealtad a su padre. Pronto desarrolló la suprema habilidad de caminar un paso por detrás de quien más puede, pero nunca tan cerca que su presencia fuera considerada inoportuna. La inteligencia es un equipaje embarazoso, tan difícil de ocultar como su falta. Aprendió rápido a escribir con hermosa letra, a rimar versos y a redactar floridas cartas, tareas propias de un escriba, y se inició en el sutil arte de leer en los ojos del prójimo, que es cosa de hombres de mundo. A los veinte años, Ibn Abbād marchó a Bagdag…
Lee más...Martes 3 de junio de 1997, a las dos y cuarto

Conocí a Enoch Soames en la Antología de la literatura fantástica pactada entre Borges, Bioy y Ocampo. Todas las selecciones tiene algo de injusto por lo que incluyen, por lo que desdeñan, por los desprecios que se atreven o renuncian a cometer. La imparcialidad pasaría por incluirlo todo o resignarse a que el azar decida. Pese a ello –tal vez por ello mismo–, esta antología es muy disfrutable. Alberga algunos de los mejores cuentos de Cortázar, de Borges, de Kafka, de Maupassant o de Kipling. No me avergüenza decir que Enoch Soames es mi favorito. Su autor se llamaba Max Beerbohm, un caricaturista con talento para la escritura o un dibujante con aptitudes literarias, tanto da. En cualquier caso, uno de esos felices escritores segundones que perpetran un cuento perfecto. El mismo Borges se encargó de traducirlo, y uno intuye que durante el trasvase, el cuento fue sutilmente mejorado…
Lee más...Un millón de templos para la emperatriz
En el año 758 la emperatriz Shōtoku del Japón, cuadragésimo sexta ocupante del Trono del Crisantemo, buscó refugio en su palacio para no volver a salir. El suyo había sido un reinado mate y silencioso, sin ese brillo opulento que desprende el ejercicio del verdadero mando. Hacía mucho que el peso del gobierno descansaba en el regazo de su madre, la emperatriz viuda Kōmyō, y en los hombros de su primo Nakamaro. La anciana y su sobrino juzgaron suficientes los nueve años de reinado ausente y fantasmal, y buscaron un recambio, tal vez más dócil o menos irritante, en un nuevo emperador. Shōtoku se encerró en sus aposentos para gastar las horas en contemplar cómo las carpas giraban incansables en el estanque, escuchando el rumor del viento al agitar las ramas del cerezo del jardín, o siguiendo con la vista las nubes que se hilaban y deshilaban en su camino por la abertura del patio del palacio. Ni siquiera salió de su letargo cuando murió la vieja emperatriz Kōmyō dos años después. Fue entonces cuando sus servidores, preocupados por su salud, llamaron a un monje budista con fama de maestro sanador…
El misterio de la biblioteca menguante

El monasterio de Santa Odilia es muy antiguo. Construido en lo más alto de un risco, sus muros se arriman a un precipicio con esa tranquilidad de espíritu que da el saberse desde siempre del bando vencedor. Los años han sentado bien al edificio, que alberga un buen restaurante y un hotel que atrae a turistas de toda Alsacia. Si un monasterio es un lugar retirado, la biblioteca de un monasterio lo es aún más. Es, pues, lógico suponer que la biblioteca de un monasterio durante la noche sea el lugar más solitario de la Tierra. El padre Dosnius compartía la misma opinión y por eso frunció el ceño cuando vio cómo un pequeño agujero atravesaba de parte a parte la puerta que guardaba la entrada a la biblioteca. Se agachó, miró a través del orificio, hizo girar su dedo meñique en el diminuto hueco que se abría paso en la madera, y mandó cambiar la cerradura. Apenas llevaba un mes como abad y nada sospechaba, pero su celo profesional detuvo un tiempo el desarrollo de nuestra historia. Ignoraba que el año anterior alguien había sustraído dieciséis libros –entre ellos, dos valiosos incunables– de aquella sala…
Eróstrato, incendiario

La ciudad de Éfeso, donde nació Eróstrato, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panormo, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los Magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban jabalinas, habían sido vencidos en las orillas del Meandro, y desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad relajada, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios usaban túnicas amorginas, transparentes, telas de lino hilado en la rueca de color violeta, púrpura y azafrán, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.
Lee más...Una nota al margen

Joseph y el ángel

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La melancólica Biblioteca Brautigan

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