En el nombre de Roma

jano-ROMA
La arqueología sospecha que, en algún momento indeterminado entre el siglo X y el VIII antes de Cristo, varias chozas brotaron en lo alto de unas colinas en la margen izquierda de un río llamado Albula. La literatura es más precisa: la mañana del veintiuno de abril del año 753 a.C., al amanecer, dos hermanos escalaron esas mismas colinas para ganarse el derecho a fundar una ciudad. El primero vio seis buitres, el otro doce y el ganador, como era costumbre, unció un buey y una vaca blancos. Luego, aró con una reja de bronce y trazó un profundo surco, cuidando que los terrones de tierra cayeran dentro del perímetro dibujado. Aquella rodada fue la muralla inviolable de la ciudad. Le bastó con levantar el arado durante unos pasos para imaginar las puertas. Remo, envidioso del resultado, saltó el surco y Rómulo tuvo que repeler su primera invasión matándolo a golpes. Después, excavó un pozo en el centro de aquel cuadrado y los flamantes ciudadanos del descampado…Lee más...
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Los libros fatales


Una mañana, hace ya dos mil quinientos años, una figura encorvada llegó a Roma cargada con un fardo. Cruzó el puente Sublicio marcando el ritmo de sus pasos con su bastón, y deambuló entre el trajín de mulas, moscas y bueyes que abarrotaban aquel día de mercado el Foro Boario, mientras preguntaba por la casa de Lucio Tarquinio. Una pareja de arrieros se volvió y la miró curiosa. Señalaron una casa grande y maciza, de feas paredes de piedra gris, y la vieja prosiguió su camino sin despedirse. En cuanto llegó a la entrada, pidió ver al rey. Tarquinio la recibió intrigado. Nueve libros desportillados aguardaban en el suelo del patio la inspección real. Tarquinio, que era soberbio y de genio vivo, se rió en su cara cuando escuchó el precio. La vieja no se molestó en responder a sus burlas. Se limitó a agacharse, recogió los rollos y marchó por donde había venido. Al poco tiempo regresó y propuso el mismo trato, pero en esta ocasión únicamente por seis, pues había quemado los tres ausentes. Tanta insistencia enfadó al rey, que expulsó a la mujer del palacio. Cuando volvió por tercera vez, solo tres libros sobrevivían al precio tasado. Aquello acabó por intrigar a Tarquinio, que consultó a los augures. Éstos lamentaron la imprudencia de su señor, pues la mujer no podía ser sino Demófila, Sibila de Cumas, y aquellas hojas, profecías de Apolo. Tarquinio pagó, la mujer arrojó los rollos a sus pies, giró en redondo y se perdió entre el gentío del mercado. Nadie volvió a verla por Roma…

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La culta caravana


Cuentan quienes saben de esto, que Abū al-Qāsim Ismāīl Ibn Abbād Ibn al-Abbās Ibn Abbād Ibn Ahmad Ibn Idrīs –permíteme, paciente lector, llamarlo Ibn Abbād para el buen gobierno de nuestra historia– nació el catorce de septiembre de 938 en la ciudad de Istakhr, en Persia. Hijo y nieto de visires, su buena estrella le sirvió bien desde la cuna. Quedó huérfano muy chico y fue criado por el emir, que lo educó por lealtad a su padre. Pronto desarrolló la suprema habilidad de caminar un paso por detrás de quien más puede, pero nunca tan cerca que su presencia fuera considerada inoportuna. La inteligencia es un equipaje embarazoso, tan difícil de ocultar como su falta. Aprendió rápido a escribir con hermosa letra, a rimar versos y a redactar floridas cartas, tareas propias de un escriba, y se inició en el sutil arte de leer en los ojos del prójimo, que es cosa de hombres de mundo. A los veinte años, Ibn Abbād marchó a Bagdag…

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Martes 3 de junio de 1997, a las dos y cuarto


Conocí a Enoch Soames en la Antología de la literatura fantástica pactada entre Borges, Bioy y Ocampo. Todas las selecciones tiene algo de injusto por lo que incluyen, por lo que desdeñan, por los desprecios que se atreven o renuncian a cometer. La imparcialidad pasaría por incluirlo todo o resignarse a que el azar decida. Pese a ello –tal vez por ello mismo–, esta antología es muy disfrutable. Alberga algunos de los mejores cuentos de Cortázar, de Borges, de Kafka, de Maupassant o de Kipling. No me avergüenza decir que Enoch Soames es mi favorito. Su autor se llamaba Max Beerbohm, un caricaturista con talento para la escritura o un dibujante con aptitudes literarias, tanto da. En cualquier caso, uno de esos felices escritores segundones que perpetran un cuento perfecto. El mismo Borges se encargó de traducirlo, y uno intuye que durante el trasvase, el cuento fue sutilmente mejorado…

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Un millón de templos para la emperatriz


En el año 758 la emperatriz Shōtoku del Japón, cuadragésimo sexta ocupante del Trono del Crisantemo, buscó refugio en su palacio para no volver a salir. El suyo había sido un reinado mate y silencioso, sin ese brillo opulento que desprende el ejercicio del verdadero mando. Hacía mucho que el peso del gobierno descansaba en el regazo de su madre, la emperatriz viuda Kōmyō, y en los hombros de su primo Nakamaro. La anciana y su sobrino juzgaron suficientes los nueve años de reinado ausente y fantasmal, y buscaron un recambio, tal vez más dócil o menos irritante, en un nuevo emperador. Shōtoku se encerró en sus aposentos para gastar las horas en contemplar cómo las carpas giraban incansables en el estanque, escuchando el rumor del viento al agitar las ramas del cerezo del jardín, o siguiendo con la vista las nubes que se hilaban y deshilaban en su camino por la abertura del patio del palacio. Ni siquiera salió de su letargo cuando murió la vieja emperatriz Kōmyō dos años después. Fue entonces cuando sus servidores, preocupados por su salud, llamaron a un monje budista con fama de maestro sanador…

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El misterio de la biblioteca menguante


El monasterio de Santa Odilia es muy antiguo. Construido en lo más alto de un risco, sus muros se arriman a un precipicio con esa tranquilidad de espíritu que da el saberse desde siempre del bando vencedor. Los años han sentado bien al edificio, que alberga un buen restaurante y un hotel que atrae a turistas de toda Alsacia. Si un monasterio es un lugar retirado, la biblioteca de un monasterio lo es aún más. Es, pues, lógico suponer que la biblioteca de un monasterio durante la noche sea el lugar más solitario de la Tierra. El padre Dosnius compartía la misma opinión y por eso frunció el ceño cuando vio cómo un pequeño agujero atravesaba de parte a parte la puerta que guardaba la entrada a la biblioteca. Se agachó, miró a través del orificio, hizo girar su dedo meñique en el diminuto hueco que se abría paso en la madera, y mandó cambiar la cerradura. Apenas llevaba un mes como abad y nada sospechaba, pero su celo profesional detuvo un tiempo el desarrollo de nuestra historia. Ignoraba que el año anterior alguien había sustraído dieciséis libros –entre ellos, dos valiosos incunables– de aquella sala…

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Eróstrato, incendiario


La ciudad de Éfeso, donde nació Eróstrato, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panormo, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los Magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban jabalinas, habían sido vencidos en las orillas del Meandro, y desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad relajada, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios usaban túnicas amorginas, transparentes, telas de lino hilado en la rueca de color violeta, púrpura y azafrán, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.

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Una nota al margen

Toma, querido lector, una docena de huevos. Separa la mitad para freír una tortilla. Podrán faltar los huevos, el fogón o el cocinero, que la mitad de doce siempre resultará seis. Podemos imaginar más mundos. Algunos negros y fríos, tan viejos que ya nadie recuerda cuándo murió su última estrella. Otros con distintas leyes y diferentes ritmos, inestables y fugaces como pompas de jabón, pero concluir otro resultado es inconcebible. La misteriosa naturaleza de los números sugiere que son más auténticos que las montañas y las personas, que existen incluso fuera del tiempo y del espacio, más reales que la divinidad, cuyo íntimo ser se nos escapa por definición. No hay nada más evidente que un número. Paradójicamente, los números son innumerables. Algunos hombres se ven atraídos hacia ellos como las limaduras de hierro al imán y se ocupan en buscarles relaciones y parentescos, construyendo minuciosas genealogías en un intento de poner orden en la infinita familia…Lee más...
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Joseph y el ángel

Todos los granjeros en cincuenta millas a la redonda sabían de las habilidades del chico de los Smith. Las vecinas del pueblo, que le habían comprado tartas y cerveza cuando era pequeño, contaban a quien quisiera escucharlas que con la ayuda de sus maravillosas piedras podía adivinar el escondrijo de cualquier cosa. Joseph intuía la escurridiza presencia de cofres de oro ocultos bajo tierra o de antiguas minas de plata explotadas por españoles; incluso le habían visto presentir el minúsculo rastro dejado por un mondadientes extraviado entre la paja del suelo. Una cuadrilla excavó por todo el condado, pero su entusiasmo pronto disminuyó en proporción directa al volumen de tierra desplazada. Parecía que los poderes de Joseph no bastaban para dar el paso final. Siempre había un hechizo demasiado poderoso que ocultaba el lugar exacto del tesoro o éste se negaba a manifestarse por no haber sabido tener la boca cerrada. A pesar de estas señales, nadie supuso que aquel chico de diecisiete años iba a ser el elegido…
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La melancólica Biblioteca Brautigan

Existe una curiosa raza de perdedores natos que acaricia el éxito al menos una vez en la vida. Algunos incluso saltan de triunfo a triunfo, ignorantes de su auténtica naturaleza. Richard Brautigan formaba parte de aquella misteriosa hermandad de aparentes vencedores que intuyen oscuramente que pertenecen al fracaso. Escribió La pesca de la trucha en América, la bomba literaria más prometedora de 1967. Sus tres millones de ejemplares señalaron la cima en la vida de una joven promesa, y al mismo tiempo, el comienzo de un perseverante descenso hacia la nada en su carrera como maduro hombre de letras. Los siguientes doce años perdió lectores, respeto y reputación con una constancia admirable, hasta que hubo de afrontar lo que siempre había sospechado. Su tiempo había pasado. La revelación le sobrevino en su vieja casa de la playa, en la sala de estar, frente a un gran ventanal que permitía asomarse al Pacífico en las tardes de buen tiempo. Un disparo en la cabeza con su Magnum calibre 44 no bastó para detener la mala racha…
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