Un buen día, el lector que siempre fui sintió una comezón, un impulso, y decidió saltar al envés de la hoja. Entonces me convertí en el autor. Esa sombra que vive al otro lado de la página y que en el fondo es un personaje literario. No es buena idea romper la membrana que nos separa a ti y a mi, curioso lector, porque como alguien dijo mejor que yo:
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"Conocer personalmente a un escritor supone a menudo la destrucción de la ilusión que sus obras han creado. Cuando retiras el velo que cubre el altar de tu ídolo, y lo ves con su gorrito de dormir, descubres a un viejo quejumbroso, a un pedante, a un petimetre, a un tiralevitas, a un insolente snob, o en el mejor de los casos a un ordinario mortal (…) Como regla general es sensato alejarse de los escritores que nos divierten o deleitan con sus obras, pues una vez los conoces dejan de deleitarte para siempre".



Porque yo soy como tú. Dos ojos, dos manos, dos piernas y dos orejas, igual que tú. Y una lengua. Lo natural para alguien que sólo conoce una. Lo demás no tiene demasiada importancia.