La culta caravana

Peregrinos camino a La Meca. Óleo de Léon Belly de 1861.
Cuentan quienes saben de esto, que Abū al-Qāsim Ismāīl Ibn Abbād Ibn al-Abbās Ibn Abbād Ibn Ahmad Ibn Idrīs –permíteme, paciente lector, llamarlo Ibn Abbād para el buen gobierno de nuestra historia– nació el catorce de septiembre de 938 en la ciudad de Istakhr, en Persia. Hijo y nieto de visires, su buena estrella le sirvió bien desde la cuna. Quedó huérfano muy chico y fue criado por el emir, que lo educó por lealtad a su padre. Pronto desarrolló la suprema habilidad de caminar un paso por detrás de quien más puede, pero nunca tan cerca que su presencia fuera considerada inoportuna. La inteligencia es un equipaje embarazoso, tan difícil de ocultar como su falta. Aprendió rápido a escribir con hermosa letra, a rimar versos y a redactar floridas cartas, tareas propias de un escriba, y se inició en el sutil arte de leer en los ojos del prójimo, que es cosa de hombres de mundo. A los veinte años, Ibn Abbād marchó a Bagdag en el séquito del hijo de su señor. Allí fue invitado a sentarse entre los hombres de la corte, discutió con los más sabios de poesía y de historia, y a algunos les hizo ver que estaban equivocados. Cuando sus méritos lo elevaron al cargo de visir, ya nunca abandonó el cargo. Los emires ascendían, reinaban y morían metódicos, solo Ibn Abbād permanecía siempre en su puesto. Lo honraron con el título de el Más Competente de los Hombres.
Ibn Abbād fue un protector de las artes y destacó sobre todos los príncipes de Persia. Escribió un diccionario de árabe en diez volúmenes, un tratado en contra de la predestinación y otro acerca de los nombres de Dios. Hizo crítica literaria, redactó libros de historia, compuso poemas religiosos y galantes. Todo lo hizo, y todo bien. Supo rodearse de una opulenta corte de poetas, parásitos y filósofos, que lo alabaron en la misma medida que el tamaño de sus recompensas. Cada tarde, con el sol poniente, el visir agasajaba a los amigos que acudían a su palacio en Rayy, los tomaba del brazo y los guiaba a un gran sala, mientras les decía al oído que eran soberanos durante el día y hermanos al caer la noche. Después celebraban un banquete, recitaban versos y componían canciones de alabanza al vino y a la alegría de vivir.


Interior de una mezquita. Óleo de Jean-Léon Gérôme de 1870.
Los que compartieron sus días con el visir no nos han dejado ningún retrato, pues juzgaron más importante describir su alma. Alabaron su buena memoria, sus réplicas agudas y su elocuencia, siempre entregada a los juegos de palabras y la rima. Lo juzgaron un autor de mérito, pero tan preocupado en demostrar su valía, que con frecuencia arruinaba sus escritos. Dijeron que era crédulo con quien lo halagaba, que no soportaba un interlocutor más inteligente ni consentía un mejor poeta sentado a su mesa. Que fue cruel, tiránico y flojo, porque nunca hubo de soportar una crítica. Y también lo tacharon alternativamente de falso, devoto, depravado, religioso, desprendido e hipócrita. Pudo muy bien haber sido todo ello y mucho más: un hombre es muchos hombres. Cuando murió, hubo una honda conmoción, y el duelo se extendió por toda la ciudad de Rayy. El primero en exhibirlo fue el emir, que marchó delante del féretro durante el funeral, y lloró sobre su ataúd, y lo mantuvo en el aire suspendido por cadenas en señal de respeto.
¿Quién fue realmente Ibn Abbād? ¿El vanidoso autor de ripios que mantuvo una corte de aduladores?, ¿el viejo que se acostaba con niños?, ¿el estadista que gobernó sabiamente un reino para su señor? La posteridad ha designado al hombre que debió ser pero probablemente nunca fue: el comandante de una culta caravana que viajó por toda Persia abandonado a la lectura, pues para la literatura, como para la memoria de los hombres, cualquier cosa se vuelve un poco cierta si ha sido nombrada. Treinta y cinco años después de su muerte, el reino cayó, y el piadoso sultán Mahmūd recorrió pensativo el palacio repleto de libros de Rayy. La verdad solo es una y se contiene en las ciento catorce suras del Corán, mientras que la mentira –superflua, cambiante y redundante– tiende a reproducirse en los estantes de una biblioteca. Alá apenas había sido capaz de trabar un mundo, pero los libros de los hombres permiten vislumbrar más universos, discernir otras leyes, habitar mentes ajenas. Aquellos papeles presagiaban un vasto mundo de posibilidades. Salió al patio y allí mismo, bajo el candente sol del mediodía, ordenó a sus soldados que pegaran fuego al edificio.
