
Aquella mañana de diciembre de 1945 prometía ser como las demás. El mismo verdor a orillas del Nilo, la misma dureza mineral en las colinas que aguardaban un poco más lejos. El mismo fuego del cielo derramándose como plomo fundido sobre la pequeña expedición que se dirigía a unas rocas en la margen izquierda del río. El grupo trepó por las peñas y comenzó a cavar en busca de
sabakh, una tierra rica en nitratos que los labradores de la zona aprecian como fertilizante. Llenaban las alforjas de sus camellos, cuando un golpe de azada de Khalifah Alí desenterró lo que parecía un esqueleto. Los siete hombres ensancharon el hueco, hasta que un gran cántaro sellado con betún se mostró ante sus asombrados ojos. Alguien aventuró que aquella vasija contenía un tesoro, pero nadie osó romperla. Podía ser la morada de un
yinn, uno de esos genios malignos que Alá creó junto a los hombres y los ángeles, y que pueblan desde entonces las noches del desierto. Venció la avaricia, pues está en la naturaleza del hombre cometer todo tipo de errores para así entretener a aquel que nos ha creado.

Mohammed Alí
Todos anhelaban hacerlo, pero sólo Mohammed Alí al-Samman, el hermano mayor de Khalifah, dio dos pasos y cascó el ánfora con su azadón. Sonó el golpe, una pequeña nube de polvo dorado se elevó y el corro se cerró con mil precauciones para contemplar el botín. Trece libros encuadernados en cuero parpadeaban deslumbrados desde el fondo. Mohammed Alí se dispuso a obedecer la ley no escrita que todos los beduinos respetan. Arrancó las tapas, dividió la biblioteca en siete partes iguales y ofreció los despojos a los integrantes del grupo. Pero nadie quiso aceptar el presente, pues todos sospechaban que eran libros de magia, así que Alí usó su turbante para transportar el tesoro de vuelta a su choza en la pequeña aldea de Al-Qasr.
Su madre contempló con desconfianza los inservibles trastos que su hijo había llevado a casa. Amontonó los códices entre la paja y los siguientes días encontró sentido a aquellos garabatos utilizando los viejos papiros para alimentar el fuego del hogar. La familia guardaba luto por la muerte del padre, víctima de una interminable rencilla con otra tribu de una aldea vecina. Una noche, los hermanos dieron con el asesino, abrieron su pecho a golpes de azada y devoraron su corazón para lavar la afrenta. Por desgracia para ellos la víctima era el hijo del alguacil local, así que temiendo un registro en su choza, Alí se deshizo de la maltrecha biblioteca tan rápido como pudo. Algunos de sus vecinos recibieron aquellos códices con instrucciones de esconderlos y un sacerdote copto obtuvo el suyo por el mismo conducto.

La biblioteca de Nag Hammadi
Naturalmente, pues también está en la naturaleza del hombre traicionar la confianza de sus semejantes, todos fueron malvendidos o robados. La historia subió otro peldaño cuando Bahij 'Ali, un famoso bandido tuerto de los alrededores, se apropió de varios de los códices e intentó colocarlos en un hotel de El Cairo. Otro de aquellos libros abandonó Egipto… Parecía que la biblioteca de Nag Hammadi, custodiada por un benévolo
yinn durante 1.600 años, iba a perderse para siempre. Sin embargo, aquellos libros se sabían parte de un todo, y lentamente fueron agrupándose en el Museo Copto de El Cairo, donde hoy en día se recuperan de la codicia de los hombres, excepto buena parte del códice XII, utilizado para calentar el té por la vengativa viuda de al-Samman.

Alí junto a su madre
Si contáramos con los dedos de una mano los hallazgos arqueológicos más importantes del último siglo, los códices de Nag Hammadi se encontrarían con seguridad entre los elegidos. No consisten en un solitario párrafo o en unas pocas líneas, sino que ofrecen al lector más de 1.100 páginas cuidadosamente escondidas por los monjes del vecino monasterio de San Pacomio en el siglo IV, temerosos de un castigo por albergar libros heréticos entre sus muros. Entre sus cincuenta y dos tratados se conserva el Evangelio de Tomás, considerado el hermano gemelo de Jesús. Muchos estudiosos piensan que este escrito ha vuelto a la vida por una buena razón y debería convertirse en el quinto evangelio canónico del Nuevo Testamento, pues cita muchas de las palabras que realmente pronunció Jesús mientras vivía. Otros no consiguen disipar un vago malestar, ya que nadie puede asegurar que alguno de los códices de la biblioteca, tal vez el más valioso, no está oculto en una caja fuerte a merced de su desconocido dueño por otros mil seiscientos años.
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