
J.D. Salinger (1919-2010) enfrentándose a un fotógrafo.
Un mar de cabezas enlutadas festoneaba los Campos Elíseos el uno de junio de 1885. Hasta el Arco de Triunfo lucía extraño, cubierto de tela negra y con crespones que ondeaban con la brisa allá en lo alto. Cuarenta mil agradecidos lectores hicieron noche en la calle para hacerse con un buen sitio y poder quitarse el sombrero al paso de de la carroza fúnebre que transportaba el cuerpo de Victor Hugo al Panteón. Hoy en día puede parecer difícil de creer, sin televisión, ni radio, ni internet, pero más de dos millones de personas se agolparon en las calles, pese a los chaparrones ocasionales y al viento que presagiaba más lluvia, para rendir honores al autor de
Los miserables. Nunca volverá a haber una conmoción semejante por la muerte de un escritor.
Tenemos la fortuna de ser contemporáneos de otros tres escritores inmensamente famosos, amigo lector. Lo son por su talento, pero sobre todo –reconozcámoslo– por su excéntrica voluntad de anonimato. En el siglo XIX la popularidad era un reconocimiento. En nuestra época, un vicio que se basta a si mismo. Salinger luchó toda su vida contra un éxito que lo aplastó,
El guardián entre el centeno, injusto libro de cabecera de muchos asesinos. En 1953 mandó quemar todas las cartas que le dirigían sus admiradores y huyó de su apartamento en Manhattan. Levantó una casa en el pequeño pueblo de Cornish, la rodeó con una cerca de dos metros de altura y dejó que el ogro que habitaba bajo su piel combatiera ferozmente contra todo aquel que quisiera acercársele, esposas e hijos incluidos. Es previsible que sepamos más de él ahora que ha muerto, que cuando caminaba entre nosotros.

Cormac McCarthy (1933- ).
Cormac McCarthy es un poco más sociable. Un puñado de fugaces entrevistas y una dosis homeopática de fotografías le garantizan un plácido anonimato. Se dice que fue vagabundo, que vivió bajo una torre petrolífera y que ha sido padre a la edad en la que otros son abuelos. Desconocemos el resto. Thomas Pynchon es el más misterioso de los tres. Sólo se conservan media docena de remotas fotografías del autor de cuando apenas era un adolescente y una foto robada en 1998. Nadie encuentra su expediente universitario y la documentación de su servicio militar ha sido quemada. Ni siquiera su editor le ha visto de frente, aunque se sabe que está casado con su agente literario y tienen un hijo. Incluso se comenta que hizo enderezar sus dientes de conejo después de la publicación de su primer libro para dificultar cualquier reconocimiento. Cuenta la leyenda que posee un retorcido sentido del humor. Pocos saben dónde vive, pocos saben cómo es su cara, muchos piensan que es el mejor escritor vivo.

Thomas Pynchon (1933- ).
Podemos concebir especies aún más extrañas, querido lector. Enormes talentos que no condescienden a escribir porque consideran la literatura como un mecanismo demasiado simple. Cabezas a las que les basta con elevar gigantescas catedrales mentales sin necesidad de dar más pasos. Puede que los mejores no tomen la pluma ni cabalguen un teclado, pero convengamos que nunca sabremos de esa hipotética raza de genios. Nuestros tres discretos escritores no pertenecen a ese misterioso club. Estaban en lo más alto de la pirámide literaria y un buen día lo dejaron todo. Son hombres adustos, solitarios que rechazan la convivencia pero que nunca han dejado de escribir. Tal vez porque el que escribe siempre lo hace para un lector, y en el fondo de su alma ansía que un día alguien se acerque, apoye una mano en su hombro, le mire directamente a los ojos y diga: te comprendo.

Primera edición, la única con una foto del autor.
Habían colocado un enorme espejo delante del piano y un gran foco dirigido a él para que todo el mundo pudiera verle la cara mientas tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara, eso sí. ¿A quién le importaría la cara? No estoy seguro de qué canción tocaba cuando entré, pero fuera la que fuese, la estaba destrozando. En cuanto llegaba a una nota alta empezaba a hacer unos arpegios y unas florituras que daban asco. No se imaginan cómo le aplaudieron cuando acabó. Entraban ganas de vomitar. Se volvían locos. Eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia. Les aseguro de que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me consideraran maravilloso. Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude cuando no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario… Pero, en cierto modo, hasta me dio lástima porque creo que él ya no sabe siquiera cuándo toca bien o cuándo no.
El guardián entre el centeno. J. D. Salinger.
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