Antonio Magliabecchi o la biblioteca humana

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La biblioteca humana (1633-1714).
Antonio Magliabecchi no fue real hasta cumplidos los cuarenta. De niño no pasaba de ser un proyecto, un embrión de lo que luego llegó a ser. Tuvo una madre que se ocupó de enseñarle las cuatro reglas, un latín rudimentario y algunas nociones de dibujo. Le echó al mundo en cuanto emplumó y respiró aliviada cuando supo que entró como aprendiz de orfebre en un pequeño taller de Florencia. Nada sabemos de los años infantiles de Magliabecchi, pero algo brillaba en aquel concentrado aprendiz que llamó la atención del bibliotecario del Cardenal Leopoldo de Médici. Desconocemos si cuidó de Antonio como si fuera su hijo, por amor, o por llevar a cabo un curioso experimento, pero le enseñó griego y hebreo, y consiguió que su dominio de latín fuera más que aceptable.

Nuestro hipotético benefactor hubo de presenciar, como el que riega una planta carnívora o cría un tigre, el monstruoso despertar del fenómeno. Debió quedar fascinado viéndole devorar libro tras libro durante días enteros sin ganas de comer ni de dormir. Comprobó, con cierta aprensión, que todo lo que leía Magliabecchi quedaba en Magliabecchi. Su memoria era prodigiosa, de hierro, y nunca fallaba ni daba signos de fatiga. El joven sólo se cuidaba de volver páginas y de rebuscar en los estantes de la biblioteca. Aquel glotón habitaba entre aquellas cuatro paredes lo mismo que un gusano depende del papel que le alimenta. Pronto supieron del prodigio en la corte, y su memoria se hizo imprescindible para atajar cualquier disputa entre eruditos, para encontrar un escurridizo volumen extraviado o simplemente para divertirse.

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A los cuarenta años, el Gran Duque de Toscana le nombró guardián de su bien surtida biblioteca, y Magliabecchi se encontró con todo un océano de libros que pastorear. Su fama se extendió tanto por Europa, que alguien hizo un anagrama con su nombre latino, Antonius Magliabechius, convirtiéndolo en Is unus bibliotheca magna –es una gran biblioteca–. Los sabios se carteaban con él para saber dónde debían buscar tal o cuál pasaje, y le enviaban sus obras en la seguridad de que serían leídas y, por lo tanto, conservadas. El infalible método del bibliotecario consistía en leer los títulos y la introducción. Pasaba después a estudiar el resumen de cada capítulo, y así conseguía hacerse una idea cabal del contenido de todo el volumen. Si en su caza algún pasaje llamaba su atención, lo leía de corrido y aquellas privilegiadas páginas quedarían fijadas para siempre en su cabeza.

Ninguna otra cosa preocupaba a Magliabecchi. Ni se lavaba ni se peinaba. Su comida consistía en tres huevos duros y un buche de agua fría. Las sobras acababan pudriéndose entre los papeles, o bajo el camastro que le servía de silla por el día y de cama al caer la noche. Sus ropas lucían siempre sucias y arrugadas, hasta que caían hechas jirones. Desvestirse para ir a dormir era una imperdonable pérdida de tiempo en aquella casa, abarrotada hasta el techo por imponentes torres de libros oscilantes que amenazaban derrumbarse sobre el visitante de un momento a otro. El propio Magliabecchi cuenta en una carta que, preguntado por el paradero de un volumen concreto, recordaba exactamente dónde estaba, pero su desdichado huésped hubo de excavar una auténtica galería, retirando más de 500 volúmenes en folio hasta llegar a la veta. Obtenía tanto placer con aquella inestable compañía, que durante un año olvidó reclamar su salario. Encontraron al hombre biblioteca muerto en su infecto camastro a los ochenta y dos años de edad. Una feliz frase lo describe en aquel trance, "sucio, harapiento y feliz como un rey". Los treinta mil libros y manuscritos que había atesorado, y que fueron su única preocupación en vida, los cedió al pueblo de Florencia. Sospecho que porque sabía que no podría llevárselos consigo.

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Su busto, guardián de la Biblioteca Nacional de Florencia.
Magliabecchi fue un pésimo bibliotecario, amigo lector. Toda biblioteca es un remedo del universo, y el orden en sus estantes, una conjetura sobre su funcionamiento. Él lo fiaba todo a su prodigiosa memoria. Sus libros alfombraban el suelo, o levantaban barricadas que impedían salir de una habitación para entrar en otra, quizá porque en su cabeza todos permanecían abiertos. Su desdichado sucesor murió en el intento de catalogar aquella interminable catarata que se desparramaba por todas partes. Dicen que en una ocasión el Gran Duque mandó llamarlo a su presencia, preguntando si podía adquirir cierto ejemplar, y nuestro hombre exclamó “¡De ninguna manera, Señoría! La única copia está en la biblioteca del Sultán de Constantinopla. Es el séptimo volumen en la segunda estantería a la derecha, según se entra". Tal vez tampoco fue sabio. Nada dejó escrito, excepto cartas con citas y pasajes extraídos de su inabarcable memoria. Hubiera necesitado desprenderse de los detalles para desvelar la misteriosa naturaleza de las cosas, y a aquel hombre habitado por libros le bastaba recordar lo que siempre llevaba consigo. Pues, ¿cómo iba a saber del mundo él, que nunca abandonó su ciudad natal, ni amó a ninguna mujer, ni perdió ningún amigo, sino a través de las infinitas páginas que fatigó a lo largo de su vida?

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