El ilegible Codex Rohonczi

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De nuestro próximo libro apenas podemos afirmar otra cosa que existe. Nuestra ignorancia es tanta que ni siquiera estamos seguros de que sea un libro. Tiene su talla, sí. Usa tinta. La filigrana del papel sugiere que fue fabricado en Venecia a comienzos del siglo XVI. Aquí acaban nuestras certezas. ¿Quién es su autor? No se sabe. ¿Cuál es su título? Se desconoce. ¿De qué trata? Nadie ha sido capaz de leerlo. Irrumpió en la historia de los hombres en 1838, cuando el conde húngaro Gusztáv Batthyány vivía feliz criando caballos pura sangre en Londres. Cierto día, Gusztáv sintió un agradable cosquilleo patriótico y donó la biblioteca familiar de su palacio en Rohoncz a la Academia de Ciencias de su lejano país. El discreto librito asomó entonces, y no tardó en llamar la atención del bibliotecario que fatigaba sus páginas como el que se inclina por primera vez a un pozo demasiado hondo…Lee más...

La razonable biblioteca de Samuel Pepys

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El empelucado caballero que nos contempla tan digno a la derecha, atendía al nombre de Samuel Pepys. En vida fue un eficiente funcionario del gobierno de su Majestad el Rey Jacobo II de Inglaterra. Ya difunto, pertenece a ese fastidioso club de escritores que se han ganado un puesto en la historia de la literatura sin pretenderlo. El señor Pepys escribió durante nueve años un diario tan sincero que se mantiene caliente y cercano 340 años después, como si conociéramos en persona al autor y –encima– nos cayera simpático. Fue un hombre diligente, curioso y extrovertido, con sólo dos terrores en su vida. El primero era quedarse ciego y por eso interrumpió la escritura del diario, al que culpaba de arruinar su vista. El segundo, más punzante, era un cerval pánico a la señora Pepys, que no perdonaba sus infidelidades con las criadas y tronaba furiosa persiguiendo a su esposo por toda la casa…Lee más...

El primer Corán

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Si exceptuamos la creciente secta de los ateos (y desdeñamos, por tibios, al informe rebaño de los agnósticos), la mayoría de los creyentes que caminan sobre la Tierra son seguidores de alguna de las religiones del libro. Están los judíos que siguen la Torá y barajan el Zóhar, que contiene el verdadero nombre de Dios. Los cristianos, por su parte, leen la Biblia, que no es sólo un libro sino toda una literatura. Pero los más afortunados son los musulmanes, porque tienen el Corán…

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Donde duerme el gran Cthulhu

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Todo empezó con un sueño. Lovecraft los alentaba, los cultivaba. Como si el único momento que mereciera vivirse fuera aquel en el que el cuerpo parecía muerto.

Me encontraba en un museo de antigüedades en algún lugar de Providence, charlando con el director, un anciano estudioso. Intentaba venderle un extraño bajorrelieve que había modelado yo mismo en arcilla. El anciano se rió y me preguntó qué pretendía intentando vender algo nuevo hecho por mí a un museo arqueológico… Le conteste: “¿Por qué dice que es nuevo? Los sueños de los hombres son más antiguos que el ominoso Egipto, la contemplativa Esfinge o la Babilonia adornada de jardines, y esto fue modelado en mis sueños”. Entonces el director me hizo mostrarle la escultura, cosa que hice. Era un relieve del antiguo Egipto que, aparentemente, retrataba unos sacerdotes de Ra en procesión. El hombre pareció sacudido por el horror y me preguntó en un terrible susurro “¿QUIÉN ES USTED?”. Le conté que me llamaba H. P. Lovecraft… Replicó, “No, no. ¡Antes que eso!”…

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