Los libros fatales


Una mañana, hace ya dos mil quinientos años, una figura encorvada llegó a Roma cargada con un fardo. Cruzó el puente Sublicio marcando el ritmo de sus pasos con su bastón, y deambuló entre el trajín de mulas, moscas y bueyes que abarrotaban aquel día de mercado el Foro Boario, mientras preguntaba por la casa de Lucio Tarquinio. Una pareja de arrieros se volvió y la miró curiosa. Señalaron una casa grande y maciza, de feas paredes de piedra gris, y la vieja prosiguió su camino sin despedirse. En cuanto llegó a la entrada, pidió ver al rey. Tarquinio la recibió intrigado. Nueve libros desportillados aguardaban en el suelo del patio la inspección real. Tarquinio, que era soberbio y de genio vivo, se rió en su cara cuando escuchó el precio. La vieja no se molestó en responder a sus burlas. Se limitó a agacharse, recogió los rollos y marchó por donde había venido. Al poco tiempo regresó y propuso el mismo trato, pero en esta ocasión únicamente por seis, pues había quemado los tres ausentes. Tanta insistencia enfadó al rey, que expulsó a la mujer del palacio. Cuando volvió por tercera vez, solo tres libros sobrevivían al precio tasado. Aquello acabó por intrigar a Tarquinio, que consultó a los augures. Éstos lamentaron la imprudencia de su señor, pues la mujer no podía ser sino Demófila, Sibila de Cumas, y aquellas hojas, profecías de Apolo. Tarquinio pagó, la mujer arrojó los rollos a sus pies, giró en redondo y se perdió entre el gentío del mercado. Nadie volvió a verla por Roma…

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