Nevermore!

Perdóname cierto cambio de planes, amigo lector, pero no podía dejar pasar la ocasión. Sabrás por otros –y si no lo sabes, yo te lo cuento–, que este mes de enero se ha cumplido el 201 aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Escritores borrachos ha habido muchos. Algunos, como Jack London, Bukovski o Scott Fitzgerald, hubieran sido capaces de tumbar a nuestro hombre en una competición de habérselo propuesto. Sin embargo, Poe es el más famoso, y aunque hay quien opina que murió de rabia y no vencido por el delirio alcohólico, su reputación le persigue hasta la tumba.
Fue enterrado un ocho de octubre a las cuatro en el bonito cementerio de la Iglesia de Westminster, en Baltimore. Sabemos que la tarde fue gris y destemplada, y la comitiva, escasa. El reverendo que ofició el funeral paseó la vista por el pequeño grupo que permanecía ante él, sopesó su entusiasmo y decidió suprimir el sermón para que todos pudieran regresar a sus casas cuanto antes. A una seña suya el ataúd de caoba descendió al hoyo y la diminuta comitiva se desperdigó como arrastrada por el viento. Toda la ceremonia transcurrió en apenas tres minutos…
Papeles proféticos

Swift utilizó el mismo procedimiento para enviar al cirujano Lemuel Gulliver a la isla flotante de Laputa, donde imaginó una sociedad tan avanzada que ningún descubrimiento científico les estaba vedado. Uno de los muchos hallazgos de sus habitantes fueron dos pequeños satélites que orbitan alrededor de Marte. Describieron también su tamaño aproximado y su trayectoria, y se acercaron sorprendentemente a la realidad ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos. Hoy llamamos a esas dos lunas Fobos y Deimos…Lee más...
La subasta del siglo

Un buen conocedor del vicio, seguramente otro infectado, envió en el verano de 1840 un pequeño catálogo de dieciséis páginas a los mayores coleccionistas de libros de Europa. Contaba la historia de Jean Népomucène-Auguste Pichauld, conde de Fortsas, el más sibarita de los bibliomaníacos que en el mundo han sido. La norma para alojarse en la selecta biblioteca del conde era muy sencilla: sólo cabían ejemplares únicos. Si al conde llegaban noticias de otro libro igual, vendía el suyo, lo regalaba o –refinamiento inconcebible para un bibliópata– lo destruía. Sufrió un duro golpe cuando la publicación de cierto documentado libro de referencia redujo sus posesiones en un tercio…Lee más...
