Sádicas aventuras de un rollo de papel (segunda parte)

Cuando la galante expedición se acogió a los muros de la fortaleza de Silling, lo primero que hicieron los señores fue redactar leyes para aquella sociedad de amos y esclavos, pues incluso las orgías más desenfrenadas necesitan de un gobierno y de una apariencia de orden que poder romper. Mandaron servir el desayuno en la cama a las diez de la mañana y que las fatigosas jornadas de sexo y depravación cesaran a las dos de la madrugada. Se ocuparon de todos los detalles en el intervalo entre aquellos dos momentos del día, los únicos inocentes de cada velada: cómo debían vestir en la asamblea nocturna las historiadoras que excitaban la imaginación con sus recuerdos, cómo habían de ser las cadenas que sujetaban el aprisco de niños y niñas, cómo debía comportarse aquella comunidad de víctimas para dar placer y dolor por igual a sus cuatro temibles señores. El uno de noviembre estuvo todo listo. En el centro de la sala principal del castillo aguardaba un trono. A una señal, la primera vieja puta tomó asiento…Lee más...
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Sádicas aventuras de un rollo de papel (primera parte)

El veintinueve de febrero de 1784, a las nueve de la noche, trasladaron al misterioso preso número seis de la cárcel de Vincennes a su nuevo destino. Fue un parto doloroso. Los guardias hubieron de arrancarlo a tirones de entre aquellas paredes que la fuerza de la costumbre había convertido en su hogar y arrastraron a empellones al prisionero por todo el castillo, hasta introducirlo en un carruaje que aguardaba en el patio. El viaje fue breve. Lo alojaron en una celda de la torre de La Liberté, en la Bastilla. Era un sombrío hueco octogonal de cinco metros de diámetro, techos altos y paredes encaladas que el preso midió con sus pasos, furioso, mientras esperaba que los guardias llevaran sus cosas. Hasta el día siguiente el marqués no pudo decorar la habitación a su gusto: tapices, varios retratos de sus hijos, algún ramo de flores y una hermosa biblioteca cerrada con llave que custodiaba la respetable suma de seiscientos volúmenes. En cuanto pudo, Sade debió escribir una carta a su mujer…Lee más...
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