Islas soñadas

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La isla es el más literario de los accidentes orográficos. Porción de tierra rodeada de agua, es el lugar donde se da con más facilidad ese estado de credulidad que permite el artificio literario. Tal vez por eso abundan bajo las tapas de los libros. Recordemos algunas.

La primera isla pertenece a uno de esos enfermos profesionales que llegan a la edad adulta por misteriosas casualidades. Por suerte para nosotros, sufría de ciertas recaídas de buena salud que le permitían escribir. Catarro y una terca lluvia escocesa le obligaron a buscar refugio en una casita en Braemar, y él, un poco por aburrimiento y otro poco porque interiormente seguía siendo un muchacho al que le agradaba la compañía de iguales, se unió a su hijastro para compartir un caballete y una caja de acuarelas. Un día dibujó un mapa de una isla, así de fácil empezó todo. Pintó el islote del Esqueleto y la colina del Catalejo; imaginó un pantano y una cueva, marcó en rojo tres cruces. Cierta mañana de septiembre comenzó a escribir junto a un buen fuego El cocinero de a bordo, cuidando de cumplir la única condición del muchacho…Lee más...

El interminable diario de Robert Shields

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Dicen que las grandes empresas se acometen en la primera mitad de la vida, como si después de los cuarenta uno ya no fuera lo que es más lo que podría ser. A partir de esa edad el cuerpo y el alma se fosilizan, convertidos en duros minerales que sólo se muestran tal y como son, poco presente y mucho pasado. Tal vez sea esa la mejor definición de la vejez.

El reverendo Robert Shields no hizo caso de esas señales cuando a los cincuenta y cuatro años inició el proyecto de su vida, escribir el diario de su monótona existencia. El aburrido reverendo se rebeló como un escritor ambicioso, quería un reflejo exacto de todo lo que hacía…Lee más...

Los entierros prematuros

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De entre todos los libros que Lovecraft y compañía soñaron –el Libro de Eibon, los Manuscritos Pnakóticos, el Cultes des Goules, y tantos otros–, sobresale este pequeño volumen por el simple hecho de ser real. De masticatione mortuorum in tumulis, el escrito que Michaël Ranft imaginó en 1725, constituye uno de los hallazgos más felices de toda la literatura. Su autor fue un pastor luterano licenciado en Filosofía, de pluma fácil y múltiples intereses, que encontró en esta obra el éxito de su vida, hasta el punto de tener que ampliarla en sucesivas ediciones.

En aquella época creían que algunos cadáveres no se resignaban a permanecer inmóviles en sus tumbas. Un extraño apetito les obligaba a roer sus mortajas…Lee más...

El otro Shakespeare

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William Henry Ireland echó a andar con mal pie. Su hermano gemelo murió al poco de nacer y desde entonces su padre, el señor Samuel Ireland, acostumbró a llamar al superviviente con el nombre del difunto. Empezar a vivir con un nombre prestado no dice mucho a favor del cariño que se le supone a un padre. Un día el niño volvió a casa con una nota de su maestro en la que decía que era demasiado estúpido para desperdiciar dinero en su educación. Aquel disgusto fue la confirmación de lo que ya sabían en casa: William era tonto. Un tipo de tonto, además, del que nunca podrían esperar nada provechoso. El padre no ocultaba su decepción, y uno adivina el ansia del adolescente al que todo le sale mal en su afán de agradar. Sintiendo haber cumplido con su deber, Samuel Ireland desterró a William al bufete del señor Bringley, donde le esperaba una larga y tediosa vida como escribiente…Lee más...

La guerra mágica de Monsieur Berbiguier

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Los hay desgraciados, tremendamente desgraciados y luego está la triste historia de Alexis Berbiguier. Calvino afirmaba que hay hombres condenados desde su nacimiento. Hombres como yo o tal vez como tú, lector. Y tanto da lo que hagan, sientan o piensen, que acabarán aullando en el fuego eterno del infierno. Un católico encontrará esta idea difícil de digerir. Digamos entonces, para que todos lo entiendan, que Alexis Berbiguier estaba maldito. Y tampoco estaba loco. No señor. De crío, nada distinguía su llanto del de los demás. Cuando jugaba con otros niños, cuando besó a su primera novia, en todo era igual a nosotros. Su vida transcurría vulgar hasta que aquello sucedió.

Nuestro gentilhombre era de buena familia, y no fue hasta cumplidos los treinta cuando abandonó su pueblo natal de Carpentras para establecerse en Aviñón. Allí contrató como criada a una muchacha llamada Jeanneton, que no tardó en proponerle una tirada de cartas del tarot. Berbiguier se avino de mala gana a tratar con una adivinadora apodada la Mançot, y participar en lo que parecía una inofensiva sesión de magia doméstica a base de…Lee más...