Tres asesinatos literarios

El malvado profesor Moriarty
Arthur Conan Doyle no sabía de la misteriosa potencia de las letras cuando creó como divertimento a Sherlock Holmes en 1887. Al principio acogió con una sonrisa las muestras de cariño que recibía por las andanzas de su nuevo hijo, pero con los años Doyle se sintió prisionero en la tarea de imaginar todo un mundo para lucimiento del detective. "Sherlock, Sherlock… –refunfuñaba– Me carga hasta su nombre". La revista Strand suplicaba ansiosa más y más aventuras de Holmes, hasta que Doyle resolvió plantarse. Exigió una cifra exorbitante para que le dejaran en paz, y para su sorpresa, Strand aceptó. Doyle se enfrentó a la secreta decepción de ser el autor en lengua inglesa mejor pagado de su época, mientras sufría la tortura cotidiana de convivir con aquel hijo odioso.
Pero el agobio no cedía, pasaba el tiempo y el autor decidió matar a Sherlock Holmes porque "estaba gastando su mente". No sospechaba que los personajes de la imaginación también luchan por su vida y defienden sus actos, igual que sus reflejos en la realidad. "Te guardarás mucho –le advirtió severa su señora madre– de causar el menor daño a una persona tan simpática y tan agradable como el señor Holmes". Demasiado tarde. Doyle alumbró al profesor Moriarty, el Napoleón del crimen, el genio del mal que se enfrenta en igualdad de condiciones al gran detective. En El problema final los dos enormes cerebros viajan a los Alpes suizos, y se enfrentan en una lucha curiosamente física en las cataratas de Reichenbach. Un forcejeo, un oportuno traspiés, y el 4 de mayo de 1893 el maldito Holmes se despeñó desde las alturas abrazado a Moriarty. Cuando el autor consumó el parricidio, dejó la pluma y abandonó su despacho canturreando. Esa misma noche, Doyle confesó su alivio en una entrada de su diario: "He matado a Holmes…" Sentía, en verdad, un pegajoso placer. Como si hubiera asesinado a una criatura despreciable.
No fue un crimen perfecto, porque miles de apasionados lectores inundaron de cartas y telegramas la redacción del Strand Magazine. "¡Grandísimo bestia! ", comenzaba furiosa una de ellas. Los editores bufaban de rabia cuando comprobaron que 20.000 lectores habían cancelado su suscripción. Una multitud se manifestaba ante la puerta de su casa, las mujeres lloraban por su vuelta, los paseantes llevaban crespones negros prendidos de sus sombreros, su madre le retiró la palabra, pero Conan Doyle no se arrepintió del asesinato de Holmes. Durante 8 años vivió libre de su miserable presencia, aunque los remordimientos afloraban de tarde en tarde. Estuvo tentado de rechazar el título de sir al sentir que se lo daban al odioso Sherlock Holmes, y no a él. Por fin, en 1901, un exhausto Doyle se quitó de en medio y Holmes reapareció más en forma que nunca en El sabueso de los Baskerville. Todo Londres enloqueció y el autor tuvo que rendirse a la evidencia. Holmes era más amado, más admirado y más querido. El personaje era más real que su autor. Resignado, tuvo que idear más historias durante 26 años para aquel que despreciaba. Ésa fue su condena.

Georges Bataille y su revista
El siguiente asesinato no pasó del grado de tentativa, pero sucedió en el mundo de los hombres y no en la superficie de un papel. Lo planeó Georges Bataille, uno de esos pesimistas crónicos que se convierten en escritores para disculpar las razones de sus tristezas. En su búsqueda de absolutos, Bataille deseó que el exceso místico y la transgresión sagrada volviera a formar parte de la vida del hombre moderno. Sabía que era imposible, así que planeó una sociedad secreta formada por escritores que encendiera la llama del misterio. Georges Bataille creó en 1936 una revista para dar rienda a sus inquietudes; se llamaba Acéphale, y tenía como símbolo un hombre decapitado con un puñal y un corazón en sus manos. Así era el rostro público del grupo, y muy pocos sabían que Acéphale era también el nombre de una sociedad secreta en la que todos sus miembros debían firmar un documento de admisión reconociendo que podían ser víctimas o verdugos de un crimen. Lo que en el fondo buscaba Bataille era cometer un sacrificio humano. Pensaba que derramar la sangre de otro formaría una comunión sagrada entre sus integrantes. O dicho en jerga policial: nada une más a un grupo de hombres, que ser cómplices de un crimen. La naturaleza humana, tan peculiar, hizo que alguien con vocación de víctima se presentara voluntario. Michel Leiris estaba dispuesto a ser decapitado en un lugar apartado de los bosques de Saint-Nom-la-Bretèche, y facilitó su inmolación escribiendo unos papeles en los que descargaba de culpa a su desconocido asesino. Porque ése era el problema. Había víctima, escenario del crimen, asesinato, coartada, pero faltaba el asesino. Ninguno de los miembros de Acéphale estaba dispuesto a cometer lo que ellos consideraban un supremo acto de amor. La conspiración criminal que Bataille había urdido no pudo superar esa contradicción insuperable y se deshizo para nunca volver. ¿O no? Los que integraron aquella extraña comunidad acéfala siempre fueron muy reacios a comentar nada sobre aquel enojoso asunto ni sobre el posible verdugo que tal vez apareció.

Krystian Bala en el banquillo
