Los tentadores papeles de Beale

papeles_beale
Nuestra historia comienza con un fogonazo de luz. Es la puerta del Hotel Washington, en la virginiana ciudad de Lynchburg, que gira para franquear el paso a un forastero guapo, moreno y misterioso, como los de leyenda. Tres meses estuvo alojado, y las mujeres que cloqueaban junto a Robert Morriss, el dueño del hotel, apenas consiguieron sonsacar su nombre. Un buen día el señor Thomas J. Beale –pues así se llamaba– montó su caballo, picó espuelas, y marchó al trote por donde había venido. Su ausencia dejó un poso de expectación y aventura que quedó flotando, nostálgico, en la atmósfera del pequeño hotel. Pero para sorpresa de Morriss y alegría de sus huéspedes, el jinete volvió dos años después. Cargaba con una sólida caja de hierro que confió al dueño del hotel advirtiéndole que su interior guardaba papeles de suma importancia. Como en los cuentos, otros tres meses pasaron y el forastero volvió a desaparecer, esta vez para siempre. El señor Morriss se rascó la cabeza, dio una patadita a la caja, y la guardó a buen recaudo.

El nueve de mayo, una carta de Beale añadía más picante a todo aquel extraño asunto:

"…por favor, guarde la caja con cuidado por diez años a partir de la fecha de esta carta, y si ni yo, ni alguien con mi autorización, pedimos su devolución durante este tiempo, ábrala, lo que podrá hacer rompiendo la cerradura. Encontrará, además de los papeles dirigidos a usted, otros papeles que serán incomprensibles sin la ayuda de una clave. Esa clave la he dejado en manos de un amigo, sellada y dirigida a usted, y con instrucciones de que no se entregue hasta junio de 1832. Con ella comprenderá totalmente todo lo que tendrá que hacer."


Morriss esperó los diez años pactados a que volviera Beale, y después aguardó la llegada de la carta anunciada, pero nada ocurrió. La misteriosa caja permaneció somnolienta en su esquina, alimentándose del polvo durante 25 años, hasta que un providencial día el honrado Morriss se armó de valor, levantó un martillo y forzó lo que con tanta paciencia había custodiado. La recompensa fueron tres hojas cubiertas de números incomprensibles y una carta escrita en cristalino inglés. Contaba una expedición de caza en 1817 a la lejana ciudad de Santa Fe, bendecida con el descubrimiento de una rica veta de oro que Beale y sus 29 compañeros se apresuraron gozosos a explotar. Cuando hubieron reunido un montón considerable, Beale transportó aquella fortuna al civilizado este para esconderla; así visitó por primera vez el Hotel Washington. La siguiente temporada también fue provechosa y otra montaña dorada aguardaba el viaje, pero alguien pensó que tal vez fuera buena idea escribir un mensaje, pues un desastre podría aniquilar a todo el grupo. Rondaban los Cheyennes, y había hombres con ese extraño brillo en los ojos que sólo transmite la fiebre del oro. Las tres hojas con números explicaban todo. La primera describía la ubicación del tesoro, la segunda lo detallaba y la tercera consignaba quiénes eran sus legítimos propietarios.

mineros
Buscadores de oro, hacia 1850

papeles-Beale-2
La famosa página con la cifra del escondrijo del tesoro
Morriss parpadeó deslumbrado ante la fortuna que se le ofrecía, y el resto de su vida se aplicó obsesivamente a descifrar aquella lista de números que le separaban del oro. Pasaron quince años y el cazador de tesoros sintió su vida desperdiciada. Había averiguado que el código consistía en numerar consecutivamente todas las palabras de un libro, anotar la primera letra de cada palabra y utilizar los números en sustitución de esas letras para así componer el mensaje. Conocer el libro era el secreto para romper la cifra de Beale y un golpe de suerte le llevó a descubrir que la Declaración de la Independencia sirvió para codificar la segunda hoja. Detallaba que en el condado de Bedford estaban enterradas a 2 metros de profundidad unas ollas de hierro con 1.300 kilos de oro y 2.300 de plata, ademas de joyas. Pero la primera hoja, la que describía el lugar de enterramiento, nunca pudo leerla; otro libro había sido usado para cifrarla. A sus 84 años, el honrado Morriss decidió librarse del lastre de su obsesión y se confió a un anónimo amigo que escribió un folleto con la formidable historia. A partir de entonces, aquel infinito tesoro dejó de ser la tortura íntima de un solo hombre, para convertirse en la fiebre que consumió muchas vidas.

De todos los metales, sólo el oro provoca ese efecto en el ser humano. Los inmunes a la fiebre explican que la historia de los papeles tiene que ser falsa, pero los mordidos por el mal sienten hervir su sangre, y sueñan de continuo en ese color concreto. No es avaricia, sino algo mucho más profundo y devorador, porque no piensan en dilapidar el tesoro, sino en poseerlo como se posee a una mujer hermosa, en un sentimiento muy parecido al amor. Desde la aparición de los tentadores papeles de Beale muchos hombres han sacrificado su vida, su hacienda y su matrimonio para desentrañarlos. Estrictos pastores metodistas, comerciantes, granjeros, todos han invertido largas noches de insomnio en analizar la cifra de Beale sin éxito. Cientos de vidas dilapidadas en el sueño abrasador de romper un código irrompible. Todavía hoy los propensos a la fiebre excavan aquí y allá, en la esperanza de triunfar donde tantos han fracasado. En 1983 una pareja fue detenida por cavar en un sepulcro del cementerio de la iglesia de Mountain View en mitad de la noche. Otros han usado dinamita para volar cada peña sospechosa del condado. Algunos, más sibilinos, han contratado médiums y espiritistas en su búsqueda. Nadie ha encontrado nada aún…

Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.
Bookmark and Share

orla