La Biblia Satánica

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Anton Szandor LaVey (1930-1997).
Como todas las religiones, el satanismo requiere una participación activa del que la practica. Exige creer en el diablo, en la verdadera naturaleza del mal y en una misteriosa existencia fuera de la breve duración de la vida de los hombres. Más razonable, más tranquila, infinitamente más accesible, la iglesia fundada por Anton Szandor LaVey sólo pide a sus fieles dejarse llevar.

Howard Stanton Levey nació en Chicago en 1930 en el seno de una anodina familia de escaso fervor religioso. Su padre fue un oscuro vendedor dedicado a la compraventa de repuestos de automóviles. Su madre provenía del interminable aluvión que emigró a los Estados Unidos buscando una nueva oportunidad. Más tarde LaVey fantaseó con una imaginaria abuela gitana que le introdujo en el lado oscuro, contándole historias de hombres lobo y vampiros. Cuando la familia emigró a California, el muchacho apenas se distinguía de todos los adolescentes del mundo: era tímido, mal bailarín e impopular entre las chicas. Compensó su medianía imaginando una animada juventud como domador de leones, músico en una orquesta sinfónica, fotógrafo del departamento de policía de San Francisco y amante ocasional de Marilyn Monroe cuando ésta era una primeriza corista en Los Ángeles. Lo único seguro es que tenía talento musical y que se ganaba la vida tocando el órgano en ferias, cabarets y misas dominicales en carpas al aire libre.
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La cocina de la famosa Casa Negra.
A los veinte años casó con Carole Lansing, una diminuta adolescente rubia, y un año después nació su primera hija, Karla. Sujeto a la novedad de las obligaciones familiares, comenzó a tocar el órgano en un club nocturno, el Lost Weekend. Sus padres cedieron al joven matrimonio una vieja casa de madera en el número 6114 de la calle California, donde con los años empezaron a reunirse todos los viernes un grupo de bohemios a escuchar las charlas del músico sobre lo oculto. Aquellas tertulias semanales se hicieron famosas en la ciudad, y el renacido Anton Szandor LaVey comenzó a cobrar por participar en ellas.

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Jayne Mansfield bebe del cáliz.
Ése fue el origen. Un variopinto grupo integrado por policías, un director de cine, un escritor de cuentos de ciencia ficción, una baronesa danesa, un tatuador y un vendedor de consoladores. En 1966 decidió que aquella alegre compañía era suficiente para fundar la Iglesia de Satán. Se afeitó la cabeza, prendió un pendiente en el lóbulo de su oreja izquierda y se hizo arrancar un diente que quitaba y ponía en su sitio según fuera su estado de ánimo. Una impresionante presencia que le sirvió para proclamarse Papa Negro. Declaró solemne que era el año uno de la nueva era, Anno Satanás, y casó según un imaginario rito diabólico a su primera pareja de fieles. Era la soleada California de los años sesenta, la época del hippismo y del amor libre, y aquella nueva Iglesia prosperó con famosos fieles que simpatizaron con su credo, como el cantante Sammy Davis o la neumática actriz Jayne Mansfield. LaVey pintó la fachada de su casa de negro y la llenó de habitaciones secretas, siniestros maniquíes y pasadizos ocultos que llevaban de un lado para otro. Fue el templo de sus misas negras, su Vaticano, y en sus habitaciones escribió en 1967 la Biblia Satánica.

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La Biblia está dividida en cuatro partes. Comienza con el Libro de Satán, copiado palabra por palabra de un viejo panfleto incendiario titulado El poder tiene la razón. Le sigue el Libro de Lucifer, que explica la doctrina de LaVey. El Libro de Belial no pasa de ser un prolijo tratado ritual de magia y hechicerías. Cierra el Libro de Leviatán, un conjunto de rezos en un pretendido lenguaje infernal llamado enoquiano. Pese a todas las apariencias, LaVey nunca creyó en el Diablo como un ente espiritual independiente del hombre. Para él, ser satánico supone ser libre, vivir como un razonable egoísta que satisface todos sus impulsos sin remordimientos ni cortapisas. Su credo podría resumirse en dos mandamientos: “Aquí y ahora” y “Haz lo que quieras”. Prohibe dañar a los inocentes, a los animales y a los niños. Censura el suicidio y considera que el límite comienza cuando se agrede la libertad del otro. Favorece la venganza y desaprueba las actitudes compulsivas, porque el instinto no ha de imponerse nunca al individuo. Así es la doctrina de la mayor secta satánica del mundo, tan opuesta a otras que tienen al Diablo como alguien real. La no creencia en el demonio demuestra que LaVey fue un cínico que se aprovechó de misas negras, símbolos y rituales para cobrar fama y ganarse la vida, pero qué diabólica ironía, que un descreído sea autor del libro satanista más importante de la historia. Murió el 29 de octubre de 1997 y fue incinerado. Ignoramos qué es de él ahora o cómo le va, pues se arriesgó mucho jugando con fuego.


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