
Richard Brautigan (1935-1984).
Existe una curiosa raza de perdedores natos que acaricia el éxito al menos una vez en la vida. Algunos incluso saltan de triunfo a triunfo, ignorantes de su auténtica naturaleza. Richard Brautigan formaba parte de aquella misteriosa hermandad de aparentes vencedores que intuyen oscuramente que pertenecen al fracaso. Escribió
La pesca de la trucha en América, la bomba literaria más prometedora de 1967. Sus tres millones de ejemplares señalaron la cima en la vida de una joven promesa, y al mismo tiempo, el comienzo de un perseverante descenso hacia la nada en su carrera como maduro hombre de letras. Los siguientes doce años perdió lectores, respeto y reputación con una constancia admirable, hasta que hubo de afrontar lo que siempre había sospechado. Su tiempo había pasado. La revelación le sobrevino en su vieja casa de la playa, en la sala de estar, frente a un gran ventanal que permitía asomarse al Pacífico en las tardes de buen tiempo. Un disparo en la cabeza con su Magnum calibre 44 no bastó para detener la mala racha. Encontraron su cuerpo mucho tiempo después, comido a medias por animales, cuando apenas era un despojo secado en aquel rectángulo de luz, bajo aquella ventana por la que tanto le gustaba mirar.

Primera edición de El aborto…
Pero a Richard Brautigan aún le quedaban lectores y Todd Lockwood era uno de los más devotos. En 1990 sintió que debía hacer algo en recuerdo del ídolo caído. Concibió la Biblioteca Brautigan a imagen de la que el autor soñó en su novela
El aborto: un romance real de 1966. Como su gemela en la ficción, la Biblioteca Brautigan acoge libros con una única condición: han de ser inéditos. En sus democráticos estantes nadie es rechazado por falta de calidad, por ser mortalmente aburrido o por incomprensible. Se agradecía un donativo que pagara los gastos de encuadernación y se solicitaba que el libro no midiera más de veintiocho centímetros de largo para encontrarle acomodo en el armario. Eso era todo. Pronto comenzaron a llegar ejemplares de todas partes. Muchos son manuscritos modestos. Páginas repletas de faltas de ortografía escritas en primera persona acerca de pequeños acontecimientos cotidianos. Cómo el chófer de un autobús paró para que los pasajeros contemplaran un claro de sol durante una nevada, por ejemplo. Otros aspiran a cambiar el curso de la Historia, como
Tres ensayos que conducen a la abolición del dinero. Algunos exhiben intrigantes títulos –
Cucarachas de plata Esterlina, Una caja de zapatos para guardar lo desconocido, Mis esfuerzos por ser mediocre–. Todos tienen cierto aire a huérfano. Son melancólicos papeles varados en una remota sala de lectura que nunca han conocido la sensación de un lector que vuelva sus páginas, sin haber despertado nunca interés en un editor o incluso en el propio autor.

El Sistema de la Mayonesa.
Puede que la biblioteca albergue joyas, incluso es posible imaginar que entre sus modestos fondos de apenas 325 libros se encuentre aquel que contenga el secreto y la clave que lo explique todo, pero es seguro que nadie lo leerá. Durante cinco años los libros languidecieron sujetos por botes de mayonesa, pues ésta era la última palabra que aparecía en el gran éxito de Richard Brautigan.Todas las sillas de la sala de lectura debían traquetear por mandato de los estatutos de la institución. Intuyendo que el universo es incomprensible, el orden en sus estantes también lo era. Las categorías que organizaban los libros eran Familia, Guerra y Paz, Naturaleza, Vida Urbana, El Sentido de la Vida, El Futuro, Poesía y Todo lo Demás. Es el llamado Sistema de la Mayonesa, un método para clasificar el infinito tan razonable como cualquier otro. A finales de 1995 los voluntarios que hacían posible el funcionamiento de la biblioteca desertaron, y ésta hubo de trasladarse del pequeño edificio de Burlington donde se fundó, hasta la Biblioteca Pública Fletcher, en el centro de la misma ciudad. En su nueva sede se paralizó la admisión de nuevos escritos y retiraron todos los botes de mayonesa excepto uno. Durante diez años soportaron de mala gana aquellos fragmentos de hipotética literatura, hasta que decidieron empaquetar los libros en cajas a la espera de una generosa ciudad que los acogiera. Parece que Vancouver será la nueva sede de la melancólica Biblioteca Brautigan, de su frasco de mayonesa y de sus libros abortados. O tal vez sea otro fracaso en su continuo descenso hacia ninguna parte.
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