La subasta del siglo

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El mítico catálogo del conde de Fortsas.
Dios te guarde, queridísimo lector, del nefasto pecado de la bibliofilia. Y si caes, date por perdido. Codiciarás el ejemplar del vecino por medio centímetro de margen y siempre encontrarás entre tus libros una mancha de humedad, una falta, un hueco, que hará que contemplar tu biblioteca se convierta en un doloroso placer. Has de saber que una colección nunca está completa.

Un buen conocedor del vicio, seguramente otro infectado, envió en el verano de 1840 un pequeño catálogo de dieciséis páginas a los mayores coleccionistas de libros de Europa. Contaba la historia de Jean Népomucène-Auguste Pichauld, conde de Fortsas, el más sibarita de los bibliomaníacos que en el mundo han sido. La norma para alojarse en la selecta biblioteca del conde era muy sencilla: sólo cabían ejemplares únicos. Si al conde llegaban noticias de otro libro igual, vendía el suyo, lo regalaba o –refinamiento inconcebible para un bibliópata– lo destruía. Sufrió un duro golpe cuando la publicación de cierto documentado libro de referencia redujo sus posesiones en un tercio. Otro exhaustivo catálogo diezmó aún más las filas de su exiguo batallón. Al final de sus días, tras cuarenta años gastando incontables sumas de dinero, apenas poblaban su biblioteca cincuenta y cinco libros, pero ¡qué libros! Cualquier bibliófilo estaría dispuesto a morir o a matar por poner sus manos tan sólo en uno de ellos. Había un elzeviro del que nadie tenía constancia. Y un libro con notas autógrafas de Leibniz. Una irreverente sátira sobre la fístula que atormentó a Luis XIV, ilustrada con un grabado del real trasero en forma de sol rodeado de rayos y la divisa “Nec pluribus impar”. Un curioso “Evangelio del ciudadano Jesús, expurgado de ideas aristocráticas y realistas”, solitario ejemplar sobreviviente a los vaivenes de la Revolución Francesa. Algún que otro incunable; y así, maravilla tras maravilla, hasta agotar la lista… El buen conde murió en su castillo, en la misma habitación que vio al nacer, y su última mirada tuvo que ser para aquel fabuloso tesoro.

El folleto emplazaba a los interesados a la subasta que se celebraría el diez de agosto, a las once de la mañana, en casa del notario del pequeño pueblo de Binches, en Bélgica. Todos los bibliófilos de Europa meditaron sus pujas o celebraron reuniones para hacer acopio de fondos. La princesa de Ligne imploró asustada a un amigo por el lote cuarenta y ocho, y así salvar la reputación de la familia:“Hágase a cualquier precio, se lo suplico, con las tonterías del bribón de nuestro abuelo.” El director de la Biblioteca Real de Bruselas se interesó por buena parte de la colección. Algunos desconfiaron de la historia del conde de Fortsas, otros afirmaron que su biblioteca no era única; ellos tenían algún ejemplar idéntico. Hubo quien no durmió esperando impaciente que llegara el día, temiendo al mismo tiempo que un competidor le arrebatara su botín en el último momento.

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El pequeño pueblo de Binches, en Bélgica.

Amaneció por fin el diez de agosto y los apacibles vecinos de Binches se encontraron al clarear el día con un extraño espectáculo. Misteriosos extranjeros descendían en bandadas sobre el pueblo, parloteando en francés, inglés y alemán. Correteaban de un lado para otro, en grupos o evitándose cuidadosamente, preguntando por la casa del notario. Algunos acechaban tras las esquinas la llegada de algún peligroso contrincante, tal vez más rico o más obstinado. Todos se distinguían por su blanca palidez y por esa extraña habilidad que tienen los lectores impenitentes para caminar mientras sujetan un papel a un palmo de sus ojos. Los aldeanos sospecharon una oscura conspiración revolucionaria, un extraño plan para apoderarse de su pueblo, o tal vez de Europa, y estuvieron tentados de encerrar a todos los señoritingos, pero al final nada se hizo. Pasó la hora y la casa del notario no apareció. Nadie sabía del conde de Fortsas ni de su mítica colección. Agotados, los bibliómanos resolvieron juntarse en la taberna del pueblo para charlar, aferrados a sus pequeños folletos color salmón. Llegó la diligencia y alguien leyó en el periódico de la tarde que los libros habían sido comprados para ser conservados en la biblioteca municipal. Pero… en Binches no había biblioteca. Fue entonces cuando entre la multitud se abrió paso la idea de que todo había sido un mal chiste, y aunque algunos no estaban dispuestos a renunciar a su sueño tan fácilmente, poco a poco todos fueron abandonando el pueblo. Regresaron a sus casas a contemplar con ojos melancólicos ese hueco especial o la balda preparada para alojar con todos los honores un libro del conde.

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Renier Chalon (1802-1889).
Los que dijeron que tenían los mismos ejemplares callaron avergonzados, mientras que los que habían desconfiado de la historia se dedicaron al más miserable de los placeres: repetir incesantemente “Te lo dije” a sus colegas en la aflicción.

Años después se supo que la broma había sido planeada por el erudito Renier Chalon, numismático, fotógrafo y enfermo confeso de coleccionismo. La venganza de los bibliófilos fue sutil. Con el tiempo, todos recordaron nostálgicos aquellos días en los que rozaron con la punta de los dedos el hallazgo de sus vidas, y persiguieron el pequeño folleto por todas las librerías de viejo. Hoy se pagan auténticas fortunas por un ejemplar del catálogo del mítico conde de Fortsas.

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