
El primer encuentro entre Mahoma y el ángel
Si exceptuamos la creciente secta de los ateos (y desdeñamos, por tibios, al informe rebaño de los agnósticos), la mayoría de los creyentes que caminan sobre la Tierra son seguidores de alguna de las religiones del libro. Están los judíos que siguen la Torá y barajan el Zóhar, que contiene el verdadero nombre de Dios. Los cristianos, por su parte, leen la Biblia, que no es sólo un libro sino toda una literatura. Pero los más afortunados son los musulmanes, porque tienen el Corán.

La cueva de Hira, el primer lugar de la revelación
Cuando Mahoma –la paz y la oración estén con él– escuchó por primera vez retumbar la voz del ángel Gabriel en el oscuro frescor de la cueva de Hira ya tenía cuarenta años; demasiado viejo para aprender a leer o escribir. Así que encomendó las confidencias del arcángel al pozo hondo de los memoriones que recorrían con sus cánticos y soniquetes las aldeas de Arabia recitando incansables todo lo que les confiaban para ser recordado. Pero la memoria de los hombres es frágil, y dura lo que duran sus días. Es por eso que los auténticos creyentes escribieron la revelación en trozos de cuero, en hojas de palmera y en omóplatos de camello. Aquellos sagrados despojos circularon de mano en mano por el desierto hasta que el califa Uthman mandó rebañar toda Arabia buscando los textos supervivientes veinte años después de la muerte del Profeta. Los leyó, los comparó, y después encargó hacer cinco grandes coranes que hizo transportar a uña de caballo a Damasco, Kufa, Basora, La Meca y Medina. De ellos provienen todos los que hay en el mundo. Luego ordenó la destrucción de los restos mentirosos, porque para un musulmán piadoso no puede haber la menor diferencia en ninguna copia del Corán. Y así se hizo. Conservó un sexto Corán para sí, y ante él encontró la muerte, pues fue asesinado mientras pasaba sus páginas, y su sangre mojó el Libro.

Uno de los formidables coranes que presume ser de Uthman
Los demás libros sagrados son obras humanas inspiradas por Dios y la mano del copista acaba pervirtiendo la pureza de lo escrito, pero el Corán es un atributo de Alá, como su compasión o su poder. El mismo Mahoma se limitaba a repetir lo que el ángel le susurró al oído día tras día, durante veinte años. Incluso Gabriel, el más poderoso de los mensajeros de Dios, recitaba inalterado el texto que había leído previamente en el cielo. Allí se custodia el volumen original, la Madre del Libro, y nadie en la tierra lo ha visto ni sabe qué formas tiene. Lo guarda el cielo desde el principio de los tiempos y orbita sobre la cabeza de los hombres desde antes que se hablara el árabe –aunque él mismo está escrito en árabe–, de que hirviera el desierto y de que brillaran las estrellas. Pues has de saber, lector, que si alguna vez sujetas un Corán entre tus manos, tocas la copia directa de un libro que existe desde antes de la Creación.
Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.


Tags: Corán, Mahoma, libros curiosos, Gabriel