Donde duerme el gran Cthulhu

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Todo empezó con un sueño. Lovecraft los alentaba, los cultivaba. Como si el único momento que mereciera vivirse fuera aquel en el que el cuerpo parecía muerto.

Me encontraba en un museo de antigüedades en algún lugar de Providence, charlando con el director, un anciano estudioso. Intentaba venderle un extraño bajorrelieve que había modelado yo mismo en arcilla. El anciano se rió y me preguntó qué pretendía intentando vender algo nuevo hecho por mí a un museo arqueológico… Le conteste: “¿Por qué dice que es nuevo? Los sueños de los hombres son más antiguos que el ominoso Egipto, la contemplativa Esfinge o la Babilonia adornada de jardines, y esto fue modelado en mis sueños”. Entonces el director me hizo mostrarle la escultura, cosa que hice. Era un relieve del antiguo Egipto que, aparentemente, retrataba unos sacerdotes de Ra en procesión. El hombre pareció sacudido por el horror y me preguntó en un terrible susurro “¿QUIÉN ES USTED?”. Le conté que me llamaba H. P. Lovecraft… Replicó, “No, no. ¡Antes que eso!”. Le dije que no guardaba recuerdos anteriores a excepción de mis sueños. Entonces el anciano me ofreció un alto precio, que rechacé; comprendí que su intención era destruir la escultura tan pronto como fuese suya, cuando lo que yo quería era que la expusiese en el museo. Mi negativa perturbó claramente al hombre, que me conminó a que fijase yo mismo el precio. Bromeando, exclamé “¡Un millón de libras esterlinas!”. Para mi asombro, el anciano no se rió sino que pareció aún más azorado… Su contestación, en un tono perplejo y atemorizado, fue: “Lo consultaré con los administradores de la institución. Por favor, vuelva dentro una semana”.



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Dibujo de Cthulhu hecho por el propio Lovecraft
Aquella escena fermentó en lo oscuro durante seis largos años, hasta que en setiembre de 1926 Lovecraft puso el punto final a un cuento. "La llamada de Cthulhu" no es lo mejor de su obra, pero posee el inigualado honor de ser el cuento iniciador de los Mitos y muestra la primera aparición de Cthulhu entre los hombres. Lovecraft dedicó mucho tiempo a recordar la cara de su dios. Lo concibió enorme y desparejo, lo proveyó de dos ridículas alas membranosas incapaces de sustentarlo en el aire, y lo coronó con una monstruosa cabeza pulposa repleta de abominables tentáculos carnosos. Desde allí, entre babas, tres pares de ojos miran con indescriptible maldad y sobrehumana inteligencia. Supo también que el gran dios descendió a la Tierra de lo más profundo del espacio –tal vez de otro universo– hace ya 350 millones de años. Entonces, nuestro sol era joven y blanco, y alumbraba débil unos días sombríos más breves que los actuales. La luna cruzaba enorme, cercana y radioactiva, rayando a su paso un firmamento azul cobalto. Cucarachas grandes como platos corrían a esconderse bajo las piedras, mientras enormes ciempiés trepaban por helechos con hechura de árboles y extrañas libélulas gigantes zumbaban rasantes unas aguas calientes como la orina. No había otra vida sobre la tierra, si exceptuamos la de unos grotescos anfibios que arrastraban torpes su vientre por el limo, croando de charca en charca, tratando siempre de evitar las numerosas ondulaciones en la superficie del agua estancada que presagiaban una agitada vida allá abajo, entre el fango y la podredumbre…

Fue entonces cuando llegó el Gran Cthulhu, nadie sabe por qué ni para qué. Mandó a su simiente erigir la gran ciudad de R´lyeh, y su prole apiló obediente enormes losas de piedra verde en los ángulos más extraños. Luego, el dios sacerdote entró en la torre más alta para iniciar su reinado y durante los incontables eones que blasfemó sobre la Tierra creó vida por broma o error, pues su tecnología era tan avanzada que en nada se diferenciaba de la magia. Un día las estrellas del cielo variaron su posición, el universo mutó imperceptible, y la cadavérica ciudad de R´lyeh se sumergió bajo las aguas del océano, hasta el fondo del abismo. El dios cefalópodo fue preso, cayó en un trance como el de la muerte, y allí se quedó. Muerto y lleno de odio, y sus sueños son nuestras pesadillas. Desde entonces numerosos creyentes tratan de devolverlo a la vida, pues Cthulhu les ha prometido desconocidos placeres y nuevas formas de pecar, y la humanidad, en su insignificancia, ha sido incapaz de inventar ninguna los últimos diez mil años.

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Los supervivientes del Emma huyendo de la maldita R’lyeh

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Lugar exacto donde duerme el Gran Cthulhu
Todo ha sido en vano, porque el 23 de marzo de 1925, lo que no consiguieron ninguno de sus seguidores, lo logró la tripulación de la goleta Emma con su imprudencia. Navegaban por el Océano Pacífico rumbo a El Callao cuando en 47º 9' latitud sur y 126º 43' longitud oeste, avistaron las aristas cubiertas de fango de un extraño islote que un capricho geológico había hecho emerger hacía poco. Los hombres descendieron a tierra, confusos por el miasma que ocultaba la luz del sol, y caminaron tambaleantes entre los enormes sillares de loca geometría no euclidiana, hasta que en su insensata candidez abrieron la gran puerta labrada que guardaba a Cthulhu. El dios primigenio apareció en majestad por primera vez en millones de años, tembló su carne babosa, y hambriento de placeres y venganzas mató a seis de los hombres con sus propias manos. Los dos restantes consiguieron escapar en el último momento y en su huida no vieron cómo la ciudad maldita de R´lyeh volvió a sumergirse atrapando de nuevo a su señor, pues aún no era su hora. Pero tan cierto como que hay un mundo, algún día aquel que duerme se despertará, porque como dice el famoso verso rimado del Necronomicón, "Que no hay muerto que yazga eterno / y en extrañas eras, incluso la muerte muere". Ése es el gran secreto, lector. La Tierra es de Cthulhu y los hombres no lo sabemos. Yog-Sothoth, sálvanos… tú, ojo ardiente de tres lóbulos…

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