De un cobarde autor y su valiente libro
18/03/09 16:29

Auto de Fe hacia 1495, Pedro Berruguete
Intimaron a Pedro de Osma a que apareciese en Alcalá de Henares el sábado quince de mayo, y allí lo esperaron. Engalanaron una sala con ricos paños, y en medio de la sala pusieron un estrado, y en él, sentado con su casulla, aguardó el arzobispo. Pero el valor físico no es virtud requerida a los hombres de letras y Pedro de Osma no apareció. Una oportuna fiebre hética y la conciencia punzante de su propia cobardía lo inmovilizaron en Madrigal, apenas abandonó Salamanca. En su ausencia, los teólogos resolvieron continuar con el proceso, atacaron al libro con largos periodos ciceronianos y juzgaron sus proposiciones escandalosas y malsonantes. Abandonado por su autor, el libro aguantó firme sin renegar de sus ideas. Porque has de saber, lector, que los libros una vez se han escrito, pueden justificar o afear la conducta de sus autores cuando los abandonan. Que una vez completos, cobran vida propia, echan a andar solos y se bastan frente aquellos que los han escrito. El libro se defendió valiente, hasta el punto que varios miembros del tribunal dudaron, pero nada pudo hacer. Condenaron lo escrito. Y así fue que el martes veintitrés de mayo de 1473, toda Alcalá de Henares se despertó con una solemne procesión en la que el arzobispo y los reverendos doctores acompañaban triunfantes al fiscal Pedro Ruiz que, caballero en una mula, llevaba en su mano el maldito libro envuelto en un paño negro en señal de luto.

Un lloroso Pedro de Osma acabó por aparecer en Alcalá. Le obligaron a humillarse públicamente en solemne procesión, le mandaron llevar un velón y abjurar de todo lo que había escrito. Un año después de la quema de su libro y 36 antes de que Lutero clavara sus tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, murió Pedro de Osma, el primer protestante español. Falleció en el seno de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana, quién sabe si confortado por el perdón o arrepentido de su falta de valor. Ninguna copia de De confessione ha sobrevivido. Irónicamente, lo que conocemos de él se lo debemos a las actas del proceso y al menosprecio de sus acusadores, pero el prestigio por su valor ante la hoguera se mantiene incólume en nuestros días.
