Los entierros prematuros

De entre todos los libros que Lovecraft y compañía soñaron –el Libro de Eibon, los Manuscritos Pnakóticos, el Cultes des Goules, y tantos otros–, sobresale este pequeño volumen por el simple hecho de ser real. De masticatione mortuorum in tumulis, el escrito que Michaël Ranft imaginó en 1725, constituye uno de los hallazgos más felices de toda la literatura. Su autor fue un pastor luterano licenciado en Filosofía, de pluma fácil y múltiples intereses, que encontró en esta obra el éxito de su vida, hasta el punto de tener que ampliarla en sucesivas ediciones.
En aquella época creían que algunos cadáveres no se resignaban a permanecer inmóviles en sus tumbas. Un extraño apetito les obligaba a roer sus mortajas y tragarse su propia carne. Hambre infinita, que a veces provocaba breves paseos por las tumbas vecinas. Los sepultureros extraían de aquellas inquietas gargantas largas tiras de sudario, e incluso se dio el caso de un matrimonio enterrado en el mismo sepulcro que se devoró mutuamente. Cualquiera podía acudir de noche al cementerio y escuchar el ruido que producían los muertos al masticar, tan parecido al gruñido del cerdo.

Segunda edición de De masticatione…
Pasaron los años, llegaron nuevas costumbres, y la gente encontró múltiples justificaciones a los devoradores nocturnos. Los chillidos de las ratas al engordar en los sepulcros, por ejemplo. O el líquido producido por la descomposición, que manaba de la boca y corroía el sudario. Por desgracia, las tranquilizadoras explicaciones que convirtieron a los vampiros en sujetos literarios, también dieron con la causa más lógica para todos aquellos síntomas: muchos eran enterrados vivos.
Hasta el siglo XX los recursos médicos para cerciorarse de la muerte de un paciente fueron toscos y brutales. Había quien vertía pimienta o vinagre en la boca del cadáver. Otros aplicaban un hierro al rojo en la sien, los pies o el recto. Los había partidarios de unas tenazas que aplicaban descargas eléctricas en los pezones, y estaban al fin los que escaldaban con agua hirviendo el brazo del muerto. Cualquier método se daba por bueno, comparado con el infinito horror de despertar en la oscuridad de la tumba. No es extraño que muchos se aplicaran a dar con la solución definitiva que impidiera los entierros prematuros. El conde Fernando de Brunswick mandó dejar abierta la tapa de su ataúd y construir una ventana en su sepulcro para poder asomarse. Imagina, temeroso lector, la inquietud de sus paisanos cuando caminaban cerca del panteón del desconfiado. Otros idearon ingeniosos sarcófagos con resorte o cuerdas que izaban banderas y tañían campanas en el caso de que su inquilino recobrara la consciencia. Incluso se construyeron complicados féretros para poder alimentarse dentro de la tumba y así poder subsistir unos días más. Como el modelo inventado por el Doctor Adolf Gutsmuth, que demostró su funcionamiento al ser enterrado vivo y tomó un más que pasable refrigerio en la estrechez del sepulcro a base de sopa, salchichas y cerveza.

Unas modernas tumbas con sistema de apertura interior.
Algunos avispados empresarios olfatearon el negocio, y construyeron lujosos cementerios a prueba de errores con hermosos ángeles y esfinges de mármol. En muchos casos eran confortables cámaras iluminadas por la luz del sol, en las que el difunto descansaba plácido sobre una plataforma. El guarda debía rondar a diario, y cuando los síntomas de putrefacción se manifestaran invencibles, abrir una trampilla para arrojar el definitivo despojo a su tumba. En la Casa de los Muertos de Munich por ejemplo, la alarma la daba un gigantesco armonio. Por desgracia, los gases de la descomposición hacían sonar con frecuencia aquel siniestro órgano, convirtiendo el trabajo de vigilante en una tarea sólo apta para hombres templados. Wilkie Collins y Mark Twain pasearon por estos misteriosos purgatorios mortales, considerados entonces atracciones turísticas que aunaban el colmo de la sofisticación y la tecnología. Dejaron por escrito el recuerdo de su incomparable hedor.

Nikolái Gogol, gemelo astral de Poe
Primero debió ser un duermevela, la agradable sensación del lecho. El recuerdo de unas sábanas calientes, blancas y familiares. Debió de abrir los ojos. Parpadearía un par de veces para enfrentarse a una oscuridad sólida, tan densa que haría sentir su peso intolerable, su olor a madera y humedad. Escucharía entonces su respiración. Enorme, ridícula dentro de las paredes de su pequeño mundo. Sentiría el zumbido de la sangre en los oídos, el frufrú de la espalda al frotarse con el forro del ataúd. Después hubo de llegar la negación, el rechazo a comprender, la furia. Intentaría levantar la cabeza, separar las manos del pecho, prisioneras de la mortaja, probaría a subir las rodillas. Empezarían entonces los aullidos, los cabezazos, los mordiscos al sudario, la mutilación de labios y dedos en un desesperado intento de arrancarse la tela. El sabor salado y caliente de la sangre. La ronquera, con esa voz extrañamente parecida al gruñido del cerdo. El embrutecimiento, el volverse animal, la asfixia, la muerte.
Lo más increíble de todo fue que nadie encontró el cráneo del esqueleto por ninguna parte. Inmediatamente, Stalin declaró aquel escándalo secreto de estado.
