El otro hombre que pudo reinar

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Rudyard Kipling, masón
Pocas, muy pocas, son las historias animadas por el auténtico espíritu de la aventura. El hombre que pudo reinar es una de ellas, con ese sabor acre e inconfundible que hace que la vida merezca la pena vivirse. Kipling la soñó en 1888, y desde entonces ha sido uno de esos cuentos inmortales que ha robado el corazón a cualquier lector. Empieza con el trato entre dos ingleses de temple. Dos buscavidas que han sido fotógrafos ambulantes, marineros, chantajistas, maquinistas de tren y soldados –siempre caballeros de fortuna–, para convertirse en reyes de Kafiristán. Así que abandonan la India con veinte rifles escondidos en el equipaje de sus camellos, y escalan montañas o cruzan desiertos, hasta poner el pie en lejanos valles, donde ningún hombre blanco ha caminado en dos mil años.

Imprevisible, el reino empieza a caer en manos del exiguo ejército, y los dos aventureros advierten que los sacerdotes de aquel lejano mundo son masones de segundo grado de una antiquísima logia. Daniel Dravot y Peachey Carnehan son maestros de tercer grado, y la revelación cae como un rayo en la comunidad de sacerdotes de Kafiristán. Primero fueron apenas hombres, llegaron a convertirse en héroes y grandes guerreros, a partir de entonces serán dioses, conquistadores invencibles. Daniel Dravot se convierte en el divino hijo de Alejandro Magno y Peachey, en el hermano menor del dios. Los dos ciñen una corona real de oro batido, “pesada como el aro de un tonel”. Los dos dirigen un ejército de hombres blancos, "más blancos que tú o yo", para entregar otro imperio a los pies de la reina Victoria. El resto de la historia es patrimonio de aquel que lea el cuento.

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Kafiristán sí existe. Ahí esta.

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Una rubia mujer de Kafiristán
Parece que la aventura es el hilo con el que se tejen los sueños, pero hay veces que la literatura se inmiscuye en la vida, y nos enseña que todo puede pasar en el universo. Kafiristán existe. Es una remota región a caballo entre la frontera de Afganistán y Pakistán. Los que allí viven creían en arcaicos dioses, hasta que aquel país de idólatras fue conquistado por un emir de Kabul, más piadoso o más diligente que los anteriores, tan sólo siete años después que Kipling concluyera su historia. Ahora todos sus habitantes, blancos como la leche, rubios como rubios ingleses de ojos verdes, son devotos musulmanes. Ellos se tienen por los hijos del ejército de Alejandro. Otros afirman que son gente más antigua, llegada a esas montañas cuando el cielo era más azul y la tierra más joven. Aquellos valles, que ignoraron a Gengis Kan o a Tamerlán, fueron la tierra fértil donde arraigó el pálido pueblo.

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Su alteza, el Principe de Ghor
Daniel Dravot, desdichado rey de Kafiristán, tuvo su reflejo real en la persona del cuáquero estadounidense Josiah Harlan. En 1811, Josiah era un concentrado muchacho que leía a Plutarco y devoraba fascinado la vida del gran Alejandro. Con 25 años ya había sido sobrecargo y cirujano, y conocía las costas de la India, Birmania y China. Estados Unidos era entonces la tierra de las oportunidades, pero no hay nada comparable a las inmensas llanuras de Afganistán, su sentido de la maravilla y sus tribus rebeldes. A los 39 años, Josiah Harlan comandaba un ejército en guerra contra los uzbekos y el tráfico de esclavos. Como Aníbal, cruzó las cumbres del Hindu Kush al frente de 2.600 soldados, 2.000 caballos, 400 camellos y un elefante. Las remotas peñas contemplaron por primera vez cómo se izaba la bandera estadounidense en el paso más alto de aquella lejana cordillera en el otro extremo del mundo. La gloria de la expedición y la amistad con un noble afgano, le valió el título de Príncipe de Ghor para él y sus descendientes.
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Scott Reiniger, príncipe y actor
La realidad puede ser novelesca, pero su argumento es ingobernable y con frecuencia se malogra en inesperados giros. Otras veces se complace en ofrecer finales que ningún escritor ha ensayado antes. Josiah Harlan acabó trabajando de médico en San Francisco, donde murió tísico y  olvidado por todos. Su descendiente y actual príncipe de Ghor en el exilio, es un modesto actor de Hollywood con oscuras interpretaciones en películas de zombis de segunda fila. Falto de la divina locura que animó a su antepasado y sin arrestos suficientes para reclamar su herencia, pelea por conseguir un nuevo papel en otra película de terror. Ni siquiera Kipling se hubiera atrevido a tanto.


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