El evangelio secreto de Marcos

Fayum
Retrato de un joven de la época
Hubo un tiempo en el que la teología fue una pasión popular. Entre los siglos I y V de nuestra era, todo Oriente hirvió con la secta de los cristianos y sus mil variantes. Estaban los marcionistas, que afirmaban que el dios de los judíos era un impostor. Los despreciables carpocratianos, practicantes del sexo sin límites. Fatigosos criminales que intentaban recorrer todas las aberraciones para evitar reencarnarse de nuevo. Los valentinianos, que acusaban a Dios de ser un estúpido engendro culpable de nuestro defectuoso universo. Y también los fibionitas, que ingerían su semen diciendo "Éste es el cuerpo de Cristo", y bebían el menstruo de sus mujeres recitando "Ésta es la sangre de Cristo". Los oscuros ofitas, adoradores de la serpiente en sus misas, a la que besaban y veneraban por haber tentado a Eva. Y los cainitas, basilideanos, montanistas, adamitas –que renegaban de su ropa y comulgaban desnudos–, docetas, marcosianos y ebionitas. Cientos de sectas que cubrían todo lo que el hombre puede imaginar en relación a la divinidad.

Soldados y alfareros de Asia Menor discutían con fervor si Jesús era Dios o tan sólo hombre. Si fue un pobre cuerpo poseído por la divinidad al recibir el bautismo, y abandonado a su suerte en la cruz cuando clamó "Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has desamparado?" (Marcos 15:34), o si fue un espectro dispuesto por Dios para engañar a nuestros sentidos mientras proseguía su misión salvadora. Había cristianos que negaban su resurrección, otros su muerte. Algunos más atrevidos afirmaron que nuestra carne se levantará intacta de su tumba, y que Jesús era hombre y era Dios al mismo tiempo. Éstos fueron los que triunfaron sobre todos, y ellos son los que hoy llamamos cristianos.

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El profesor Morton Smith (1915-1991)
Morton Smith sabía de todo esto más que tú y que yo, lector. Era profesor de historia antigua en la Universidad de Columbia. Uno de esos eruditos con un conocimiento tan profundo de su campo de estudio, que no había más de un puñado de hombres en el mundo que pudiera comparársele. En 1958 dedicó un par de meses libres a catalogar la polvorienta biblioteca del monasterio ortodoxo de Mar Saba. Un antiguo lugar de oración al este de Belén que ya era viejo cuando aún no se habían levantado las catedrales en Europa. Los monjes habían descuidado la biblioteca, ocupados en sus rezos, y el trabajo avanzaba tedioso abriendo los viejos libros sin tapa, e intentando imaginar cuál era su contenido leyendo al azar unas páginas en griego, latín o arameo. Un buen día, Morton Smith topó con un viejo volumen del siglo XVII en el que un misterioso escriba había aprovechado las hojas en blanco del final para transcribir en griego lo que parecía una antigua carta de Clemente de Alejandría. Clemente fue uno de los teólogos mas importantes de principios del siglo III, y era un viejo conocido de Morton Smith, sabedor de que ninguna de sus cartas había llegado hasta nosotros. Sospechando un hallazgo de importancia, el profesor fotografió cuidadosamente la carta para poder analizarla con más detenimiento cuando hubiera terminado el escrutinio de la bilblioteca.

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El monasterio de Mar Saba. La biblioteca está en la torre.

Abandonó Mar Saba dejando el misterioso libro arrinconado en un anaquel, pero con las valiosas fotografías en el bolsillo. Cuando más tarde leyó el escrito, un descubrimiento sorprendente salió a la luz. Clemente afirmaba que había dos versiones del evangelio de Marcos. Uno es el evangelio que todos conocemos. El otro era una versión secreta de las enseñanzas de Jesús, llena de extrañas implicaciones y sólo disponible para aquellos iniciados que hubieran demostrado un conocimiento más elevado de las enseñanzas del Maestro. La secta de los carpocratianos había adulterado este evangelio, interpolando pasajes a su conveniencia. Clemente deploraba estas falsificaciones, y para refutarlas transcribía dos pasajes inalterados del evangelio secreto de Marcos. El primer fragmento dice así:

"Y llegaron a Betania, y había allí una mujer cuyo hermano había muerto. Llegó, se postró de rodillas ante Jesús y le dijo: 'Hijo de David, ten piedad de mí'. Pero los discípulos la reprendían. Jesús se enfadó y se fue con la mujer hacia el jardín donde estaba la tumba. Y al instante se oyó desde el sepulcro una gran voz; y acercándose Jesús hizo rodar la piedra de la puerta de la tumba. Y en seguida entró donde estaba el joven, extendió su mano y lo resucitó. Y el joven, mirando a Jesús, sintió amor por él y comenzó a suplicarle que se quedara con él. Y saliendo de la tumba, se fueron a la casa del joven, pues era rico. Y después de seis días le dio Jesús una orden; y cuando cayó la tarde vino el joven a Jesús, vestido con una túnica sobre el cuerpo desnudo. Y permaneció con él aquella noche, pues Jesús le enseñaba el misterio del reino de Dios. Y saliendo de allí se volvió a la otra ribera del Jordán."

Morton Smith defendía que el joven desnudo era el mismo que escapó del Huerto de Getsemaní cuando prendieron a Jesús (Marcos 14:51-52):

"Pero cierto joven lo seguía, cubierto el cuerpo con una sábana. Lo prendieron, pero él, dejando la sábana, huyó desnudo."

El segundo fragmento era mucho más breve pero igual de insidioso:

"Y estaban allí la hermana del joven a quien amaba Jesús, y la madre de éste y Salomé; pero Jesús no las recibió.".

La frase encaja maravillosamente en un pasaje del evangelio de Marcos, en el que la narración salta abruptamente, como si alguien hubiera eliminado alguna parte de la historia (Marcos 10:46):

"Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó…"

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Una de las tres páginas de la famosa carta
Morton Smith afirmaba que el evangelio secreto de Marcos era el original, y que el que hoy en día acogen nuestras biblias no es sino una redacción expurgada del mismo. Marcos es con mucho el evangelio más antiguo que se conserva, escrito apenas treinta años después de la muerte de Cristo, y Smith sugería que en su versión original, Jesús practicaba la unión homosexual con sus discípulos más allegados como rito de iniciación en los misterios de su doctrina. Puedes imaginar, escandalizable lector, a qué altura se alzaron las cejas de cardenales y doctores de la Iglesia al leer las conclusiones de uno de los mayores expertos en patrística del mundo. El debate se inflamó de inmediato, y aun hoy en día los estudiosos del cristianismo primitivo se dividen limpiamente entre los que apoyan y refutan las conclusiones a las que llegó el osado profesor.

Algunos adujeron que la carta no era sino una cultísima falsificación preparada por el propio Smith, y que su oportuna ausencia impedía un análisis de la tinta o el papel.
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El fragmento más antiguo que existe de un evangelio
O que la carta era cierta, pero que lo escrito no era de Clemente. El transcurso del tiempo sorprendió a todos, cuando aquellos temibles papeles volvieron a aparecer veinte años después. El bibliotecario del Patriarcado de Jerusalén los documentó con fotografías, esta vez en color. Hoy en día la carta ha sido arrancada del libro y nadie sabe dónde a ido a parar. Puede que los monjes ortodoxos decidieran guardarla de miradas indiscretas, o tal vez escamotearan la piedra de escándalo, haciendo una pequeña hoguera para seguir las instrucciones de Jesús (Mateo 5:29). Smith demostró que el estilo de la carta era netamente clementino –exageradamente, para sus detractores– y la mayoría de los paleógrafos que analizaron la escritura acordaron que la caligrafía de aquel texto era propia del siglo XVIII. Los escépticos respondieron que la interpretación de los pasajes es errónea. Incluso alguno murmuró entre dientes que la condición homosexual de Morton Smith explicaba todo aquel maldito embrollo. Las espadas siguen en alto.

¿Cómo sería el mundo si alguno de los otros cristianismos hubiera triunfado? Nadie puede saberlo. Epifanio de Salamina dejó escrito que los fibionitas permitían prosperar los embarazos hasta poder practicar un aborto. Desmembraban después el cuerpo de la criatura, lo cubrían de miel y especias, y lo devoraban en una cena eucarística especial. A mi me repele más un pasaje de Basílides, el heresiarca. Cuando Simón de Circe se vio obligado a cargar la cruz de Jesús en su camino al Calvario (Marcos 15:21), éste realizó un milagro para intercambiar el aspecto de ambos. Simón fue colgado de la cruz hasta morir, y Jesús reía complacido entre el populacho que acudió a contemplar el espectáculo. En verdad sería otro mundo, con otros cielos y otros infiernos.

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