La guerra mágica de Monsieur Berbiguier

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Alexis Berbiguier, Azote de los Duendes (1765-1825)
Los hay desgraciados, tremendamente desgraciados y luego está la triste historia de Alexis Berbiguier. Calvino afirmaba que hay hombres condenados desde su nacimiento. Hombres como yo o tal vez como tú, lector. Y tanto da lo que hagan, sientan o piensen, que acabarán aullando en el fuego eterno del infierno. Un católico encontrará esta idea difícil de digerir. Digamos entonces, para que todos lo entiendan, que Alexis Berbiguier estaba maldito. Y tampoco estaba loco. No señor. De crío, nada distinguía su llanto del de los demás. Cuando jugaba con otros niños, cuando besó a su primera novia, en todo era igual a nosotros. Su vida transcurría vulgar hasta que aquello sucedió.

Nuestro gentilhombre era de buena familia, y no fue hasta cumplidos los treinta cuando abandonó su pueblo natal de Carpentras para establecerse en Aviñón. Allí contrató como criada a una muchacha llamada Jeanneton, que no tardó en proponerle una tirada de cartas del tarot. Berbiguier se avino de mala gana a tratar con una adivinadora apodada la Mançot, y participar en lo que parecía una inofensiva sesión de magia doméstica a base de naipes y trucos con un cedazo de harina. No sabía que aquellas dos mujeres eran enviadas de Belcebú y que con su imprudencia acababa de rasgar el velo que le protegía del mal. Esa misma noche empezó a oír ruidos bajo su cama, a tiritar de frío y a sentir una enorme tristeza. Era que el mundo invisible, oculto para el resto de los hombres, comenzaba a revelársele con fatal claridad.

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El libro que explica todo
Así empezó su lucha, al principio modesta, casi juguetona. Los duendes, que Berbiguier llamaba farfadets, rompían su paraguas, cerraban la puerta de su habitación en el peor momento o escondían sus gafas. Pero él no se arrugó ante sus ataques. Averiguó que, invisibles como eran, podían reflejarse en el agua, así que colocó un cubo en el alféizar de su ventana para verlos volar por las noches. Descubrió que el olor a azufre era un eficaz repelente y que el humo del tabaco les atraía hasta el punto de poder atraparlos en su manta cuando acudían a atormentarle mientras dormía. Luego se vengaba encerrándolos en pequeñas botellas de cristal que dejaba bien a la vista, convirtiéndolos en testigos de sus triunfos, o acribillaba con alfileres un gran corazón de buey para torturarlos.

Los ataques se volvieron más serios y el pobre Berbiguier huyó a París en busca de paz. En vano, pues los farfadets seguían sus paseos por el Pont-Neuf, le importunaban burlones desde las sombras en la iglesia de Saint-Roch, e incluso se colaban en el confesionario de Notre-Dame mientras hundían sus pequeños colmillos en las pantorrillas de nuestro héroe. El mundo se farfadizaba y el triste Berbiguier se hundía con él. Acudió a sacerdotes, visitó farmacias y recurrió a médicos en patéticos intentos de poner fin a aquella interminable lucha. Fue así como se le mostró el supremo horror, pues descubrió a los representantes de los grandes diablos mezclados entre los hombres. Desenmascaró a Moreau, un mago parisino que era el embajador de Belcebú en la Tierra. A Nicolás, cuya irrepochable fachada de médico ocultaba a Moloch, el Príncipe del País de las Lágrimas. Al achacoso boticario Prieur, avatar de Lilith, Princesa de los Súcubos. A su despreciable hijo Etienne, un demonio mitad hombre y mitad cerdo. Y de entre todos ellos se levantó enorme su archienemigo, el doctor Pinel. Ante el mundo era un comprensivo médico que trataba a su paciente con compasión y procuraba rescatarlo de su fatal paranoia. Sólo Berbiguier sabía que aquel afable caballero había vendido su alma y maquinaba cómo destruirle por todos los medios.

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Berbiguier rechaza la propuesta de Rothomago
Las potencias infernales valoraban a Berbiguier como un digno adversario, así que nuestro hombre comenzó a cartearse con los príncipes del inframundo. Un buen día recibió correo de Rothomago, lugarteniente de Belcebú y segundo en la jerarquía infernal, con la propuesta de pasarse al bando demoníaco. Monsieur Berbiguier rechazó dignamente la tentación, así como otra de mujeres y niñas que ofrecían la recompensa de sus muslos a cambio del cese de las hostilidades. En venganza, el doctor Pinel bajó por la chimenea de su cuarto y mató al único ser que apreciaba al triste guerrero. Una ardilla que atendía al nombre de Coco. La revancha de Berbiguier consistió en publicar el libro de su vida. Los duendes, o No todos los diablos son del otro mundo es la escrupulosa narración de sus más de veinte años de lucha. En esta magna obra de tres volúmenes publicados en 1821 y amenizada con ocho grabados ideados por el propio autor, el azote de los duendes justificaba su vida, explicaba sus defensas y descubría a los embajadores del infierno en la Tierra. Consciente de su importancia, dedicó el libro a “Todos los emperadores, reyes, príncipes y soberanos de las cuatro esquinas del mundo”.

No es extraño que estos hermosos tomos en octavo se hayan convertido en pieza mítica perseguida por demonólogos, psiquiatras y bibliófilos amantes de lo exquisito. Al final de su vida el triste, el desgraciado, el maldito, el pobre, pobre, pobre Alexis-Vincent-Charles Berbiguier de Terre-Neuve du Thym persiguió toda la edición para destruirla. Puede que finalmente fuese vencido, se uniera a las huestes infernales y quisiera borrar las pistas. O recuperó la cordura y comprendió que el libro y su vida entera no fueron más que un patético error. Las dos alternativas son igual de terribles.

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