La guerra mágica de Monsieur Berbiguier
03/09/09 00:52

Alexis Berbiguier, Azote de los Duendes (1765-1825)
Nuestro gentilhombre era de buena familia, y no fue hasta cumplidos los treinta cuando abandonó su pueblo natal de Carpentras para establecerse en Aviñón. Allí contrató como criada a una muchacha llamada Jeanneton, que no tardó en proponerle una tirada de cartas del tarot. Berbiguier se avino de mala gana a tratar con una adivinadora apodada la Mançot, y participar en lo que parecía una inofensiva sesión de magia doméstica a base de naipes y trucos con un cedazo de harina. No sabía que aquellas dos mujeres eran enviadas de Belcebú y que con su imprudencia acababa de rasgar el velo que le protegía del mal. Esa misma noche empezó a oír ruidos bajo su cama, a tiritar de frío y a sentir una enorme tristeza. Era que el mundo invisible, oculto para el resto de los hombres, comenzaba a revelársele con fatal claridad.

El libro que explica todo
Los ataques se volvieron más serios y el pobre Berbiguier huyó a París en busca de paz. En vano, pues los farfadets seguían sus paseos por el Pont-Neuf, le importunaban burlones desde las sombras en la iglesia de Saint-Roch, e incluso se colaban en el confesionario de Notre-Dame mientras hundían sus pequeños colmillos en las pantorrillas de nuestro héroe. El mundo se farfadizaba y el triste Berbiguier se hundía con él. Acudió a sacerdotes, visitó farmacias y recurrió a médicos en patéticos intentos de poner fin a aquella interminable lucha. Fue así como se le mostró el supremo horror, pues descubrió a los representantes de los grandes diablos mezclados entre los hombres. Desenmascaró a Moreau, un mago parisino que era el embajador de Belcebú en la Tierra. A Nicolás, cuya irrepochable fachada de médico ocultaba a Moloch, el Príncipe del País de las Lágrimas. Al achacoso boticario Prieur, avatar de Lilith, Princesa de los Súcubos. A su despreciable hijo Etienne, un demonio mitad hombre y mitad cerdo. Y de entre todos ellos se levantó enorme su archienemigo, el doctor Pinel. Ante el mundo era un comprensivo médico que trataba a su paciente con compasión y procuraba rescatarlo de su fatal paranoia. Sólo Berbiguier sabía que aquel afable caballero había vendido su alma y maquinaba cómo destruirle por todos los medios.

Berbiguier rechaza la propuesta de Rothomago
No es extraño que estos hermosos tomos en octavo se hayan convertido en pieza mítica perseguida por demonólogos, psiquiatras y bibliófilos amantes de lo exquisito. Al final de su vida el triste, el desgraciado, el maldito, el pobre, pobre, pobre Alexis-Vincent-Charles Berbiguier de Terre-Neuve du Thym persiguió toda la edición para destruirla. Puede que finalmente fuese vencido, se uniera a las huestes infernales y quisiera borrar las pistas. O recuperó la cordura y comprendió que el libro y su vida entera no fueron más que un patético error. Las dos alternativas son igual de terribles.
