Horror en el teatro


El callejón de Chaptal
Si alguna tarde fueras tan afortunado como para callejear sin rumbo por París, deja que tus pasos te lleven a la Rue Chaptal, bien cerca de la Plaza Pigalle. A medio camino, un callejón como abierto a cuchillo se abrirá a tu derecha y verás al fondo un antiguo edificio cuya fachada ha conocido tiempos mejores. Pocos saben que aquel hueco fue el lugar más terrorífico de París durante sesenta y cinco años. Allí se abría la puerta al infierno, la casa del Gran Guiñol.

Nació como capilla de convento, cuando el lugar todavía era suburbio y los caminos, barro y tierra pisada. Fue luego taller de herrero y estudio de pintor. Por fin, cuando sus paredes estuvieron saturadas de aquellas presencias, la casa convocó a su próximo inquilino. El secretario de la policía y escritor Oscar Méténier sintió la llamada en 1897, y convirtió en teatro aquella extraña construcción. Con tan sólo 272 butacas y un escenario de apenas seis metros cuadrados, tan íntimo que los espectadores de primera fila podían tocar a los actores, el teatro más pequeño de París presumía de una poderosa presencia. Ayudaban los dos ángeles tallados que colgaban de la techumbre, los oscuros paneles de madera y las verjas de hierro forjado que encerraban los palcos; todo dotaba de una extraño poder de fascinación a lo allí representado. Muchos juraban escuchar el apagado bisbiseo de los rezos de las monjas que se habían arrodillado en aquel suelo durante los momentos de silencio que punteaban las representaciones. Méténier fue un convencido seguidor del Naturalismo. Como Zola, creía que los escrúpulos burgueses habían hurtado a pobres y delincuentes el derecho a existir sobre los escenarios, y se propuso remediarlo. En una de sus primeras representaciones uno de los personajes era una prostituta. Escándalo. En otra, una puta y un criminal compartían habitación de hotel. Sexo y degradación, el éxito estaba asegurado.


El famoso interior del teatro


Una promesa de exquisitas emociones
Un año después, Max Maurey se hizo cargo del teatro, y más preocupado del espectáculo que de las teorías literarias, supo dar con lo que el público estaba esperando. Sangre. Se alió con un apacible bibliotecario llamado André de Lorde, un hombrecillo que soñaba con crear la obra de terror más perfecta que se hubiera escrito. Lorde fue desde entonces el responsable de las truculencias que poblaron el pequeño escenario y que hicieron famoso al Gran Guiñol por todo París.

A partir de entonces, no hubo límites a los horrores que se sucedían en el teatro. La gente empezó a acudir en masa a las representaciones para saborear las torturas más exquisitas, los actos de canibalismo más atroces. En una obra, una niñera estrangula a los niños que están a su cuidado. En otra, las pacientes de un manicomio arrancan con agujas los ojos a una bella compañera. El entregado público asistía a violaciones, a actos de necrofilia, a descuartizamientos. Los carniceros del barrio acarreaban todos los días cubos de despojos hasta el teatro para que fueran utilizados como material para los asesinatos y las operaciones quirúrgicas que allí se representaban. Cada velada necesitaba de cinco litros diarios de sangre artificial que chorreaba por el escenario y se coagulaba en cuajarones que reposaban sobre las tablas. No es de extrañar que el éxito de una función se midiera por el número de desmayos que sufría el público. Dos diarios era la cifra habitual, pero hubo gloriosas noches que se contaron hasta dieciséis, como ocurrió durante una truculenta transfusión de sangre.


Los actores del Gran Guiñol, en pleno tajo
A los desmayos y los gritos, había que añadir los rendidos por las náuseas y los que abandonaban a toda prisa el teatro para vomitar en el callejón. Esas idas y venidas fueron tan habituales que la compañía acabó por contratar un médico que asistiera a todos aquellos enfermos imaginarios. Dice mucho de nuestra naturaleza que el número de pacientes masculinos fuera siempre superior al de los femeninos. La proximidad al horror obraba curiosos efectos y muchas mujeres se entregaban en discretas orgías a desconocidos compañeros de asiento en la oscuridad de los palcos. Tal vez las limpiadoras que frotaban las manchas delatoras en las butacas todos los lunes por la tarde reflexionaran sobre los inesperados efectos del terror en el alma de las personas. ¿Cuántos quedaron fascinados ante lo que veían, cuántos secretamente excitados? Sangre, sexo y sufrimiento; las tres eses de la vida. ¿Acaso no son esos los ingredientes de todas las historias que merecen ser contadas?


La gran Paula Maxa, ya retirada
La fama del teatro alcanzó su cúspide con la llegada de Paula Maxa en 1917. Durante trece gloriosos años la actriz fue besada por leprosos, escaldada en agua hirviendo o devorada por el ácido. La magia del teatro consintió en transformarla en un purulento cadáver, y el público, desde el último carterista de Pigalle hasta las testas coronadas de media Europa, acudía en tropel, extasiado, mientras contenía el aliento contemplando cómo mancillaban el cuerpo de la bella noche tras noche. Un buen día llegó la guerra, y París se despertó de aquella turbia resaca con una nueva sensación de miedo, ésta vez demasiado real. Los nuevos señores se adueñaron de las cafeterías de los Campos Elíseos o se fotografiaban ante la basílica del Sacré Coeur, mientras hacían planes para acudir al teatro y distraer el tedio de la vida militar. El mismísimo Hermann Goering terminó por aparecer en carne mortal por el oscuro callejón de Chaptall; el orondo mariscal del Reich era un infatigable degustador de placeres decadentes, del travestismo a la morfina, y no pudo resistirse a los encantos del Gran Guiñol. El resto de oficiales de la Wehrmacht prefirió las viriles carnicerías del frente. Pasaron los años, y en una de esas simetrías a las que tan aficionada es la historia, el general George Patton acudió al teatro, tal vez para ocupar el asiento que una vez alojó a Goering.

Desde entonces, todo fue decadencia en el callejón. Un público renovado reía ante los crímenes. Las náuseas dieron paso a los chistes y los codazos antes de abandonar la platea. El Gran Guiñol, que empezó con la voluntad de ser un reflejo de la realidad y continuó queriendo mostrar hechos más grandes que la vida, fue superado por los acontecimientos. Los actores murmuraban que aquel nuevo público sólo saldría de su letargo si despedazaran de verdad a una mujer sobre el escenario para arrojar los trozos de carne sobre los indiferentes espectadores. En palabras de su último director, "Nunca podremos competir con Buchenwald". Una vez más, la realidad había superado a la ficción.

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