Horror en el teatro
04/05/09 21:17

El callejón de Chaptal
Nació como capilla de convento, cuando el lugar todavía era suburbio y los caminos, barro y tierra pisada. Fue luego taller de herrero y estudio de pintor. Por fin, cuando sus paredes estuvieron saturadas de aquellas presencias, la casa convocó a su próximo inquilino. El secretario de la policía y escritor Oscar Méténier sintió la llamada en 1897, y convirtió en teatro aquella extraña construcción. Con tan sólo 272 butacas y un escenario de apenas seis metros cuadrados, tan íntimo que los espectadores de primera fila podían tocar a los actores, el teatro más pequeño de París presumía de una poderosa presencia. Ayudaban los dos ángeles tallados que colgaban de la techumbre, los oscuros paneles de madera y las verjas de hierro forjado que encerraban los palcos; todo dotaba de una extraño poder de fascinación a lo allí representado. Muchos juraban escuchar el apagado bisbiseo de los rezos de las monjas que se habían arrodillado en aquel suelo durante los momentos de silencio que punteaban las representaciones. Méténier fue un convencido seguidor del Naturalismo. Como Zola, creía que los escrúpulos burgueses habían hurtado a pobres y delincuentes el derecho a existir sobre los escenarios, y se propuso remediarlo. En una de sus primeras representaciones uno de los personajes era una prostituta. Escándalo. En otra, una puta y un criminal compartían habitación de hotel. Sexo y degradación, el éxito estaba asegurado.

El famoso interior del teatro

Una promesa de exquisitas emociones
A partir de entonces, no hubo límites a los horrores que se sucedían en el teatro. La gente empezó a acudir en masa a las representaciones para saborear las torturas más exquisitas, los actos de canibalismo más atroces. En una obra, una niñera estrangula a los niños que están a su cuidado. En otra, las pacientes de un manicomio arrancan con agujas los ojos a una bella compañera. El entregado público asistía a violaciones, a actos de necrofilia, a descuartizamientos. Los carniceros del barrio acarreaban todos los días cubos de despojos hasta el teatro para que fueran utilizados como material para los asesinatos y las operaciones quirúrgicas que allí se representaban. Cada velada necesitaba de cinco litros diarios de sangre artificial que chorreaba por el escenario y se coagulaba en cuajarones que reposaban sobre las tablas. No es de extrañar que el éxito de una función se midiera por el número de desmayos que sufría el público. Dos diarios era la cifra habitual, pero hubo gloriosas noches que se contaron hasta dieciséis, como ocurrió durante una truculenta transfusión de sangre.

Los actores del Gran Guiñol, en pleno tajo

La gran Paula Maxa, ya retirada
Desde entonces, todo fue decadencia en el callejón. Un público renovado reía ante los crímenes. Las náuseas dieron paso a los chistes y los codazos antes de abandonar la platea. El Gran Guiñol, que empezó con la voluntad de ser un reflejo de la realidad y continuó queriendo mostrar hechos más grandes que la vida, fue superado por los acontecimientos. Los actores murmuraban que aquel nuevo público sólo saldría de su letargo si despedazaran de verdad a una mujer sobre el escenario para arrojar los trozos de carne sobre los indiferentes espectadores. En palabras de su último director, "Nunca podremos competir con Buchenwald". Una vez más, la realidad había superado a la ficción.
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