La terrible secta de los ciegos

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Ernesto Sábato en 1945
En aquel entonces, Ernesto Sábato no era el hombre que luego fue. A sus veintisiete años el argentino tenía un futuro brillante como investigador: era doctor en Ciencias Físico-matemáticas y estaba becado a petición de un premio Nobel en el Laboratorio Curie de París. Su presente, en cambio, era más oscuro. De día buscaba cómo bombardear el átomo de uranio, pero al acabar la jornada, el científico –que sabía muy bien que la ciencia es una mujer celosa– se quitaba la bata, se aflojaba la corbata y se corrompía con los surrealistas. Mientras deliraba en los cafés, imaginaba una novela –La fuente muda–, olfateaba con ansia el olor a trementina y envidiaba los bártulos de pintar y la libertad que él no podía apurar por un matrimonio, una paternidad reciente y un trabajo de horario fijo. Al día siguiente, vuelta a la bata, a los electrómetros y a las probetas aún con restos de coñac en la sangre. Entonces, Sábato era flaco, casi enclenque, y aguantaba una gran cabeza y una frente abombada que le daba un vago aspecto de cerilla. Un bigote moreno y unas gafas de pasta se acompañaban de una mirada triste y una boca apretada. Algunos hombres se merecen la cara que tienen. De ser cierto en su caso, Sábato era un triste científico y un triste surrealista.

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Victor Brauner
Y de repente, en un tórrido domingo de agosto de 1932, surge la magia. Un grupo de amigos callejean al caer la tarde por el barrio de Saint-Germain-des-Prés matando el tiempo. Cenan y alguien sugiere subir al taller de Óscar Domínguez, que está cerca. Allá arriba la velada continúa sin brillo. Alguien pincha unos discos en el fonógrafo, alguien hace un tímido intento de bailar. Las conversaciones se apagan, hay largos silencios entre trago y trago. Cerca de las doce, cuando la reunión está terminando y la gente se prepara para marcharse, Óscar se enzarza en una de sus interminables discusiones alcohólicas con otro pintor, el catalán Esteban Francés. Los gritos suben de tono y todos se aprestan para separar a los amigos y que la fiesta no acabe como una triste pelea entre borrachos. Domínguez forcejea, libera un brazo y agarra lo primero que tiene a mano, un vaso que lanza con todas sus fuerzas al contrincante. Francés se aparta y el vaso estalla en la cara de Victor Brauner, que se retuerce de dolor con el ojo colgando fuera de su órbita. Entre gritos, le llevan atropelladamente al hospital más cercano, el Hôtel-Dieu, donde el oculista de guardia nada pudo hacer contra el destino. Victor Brauner ya era tuerto. El vaso, con unos pocos grados más o menos de inclinación no habría sido capaz de sacar el globo de su órbita, tal fue la precisión de aquel suceso aleatorio. Días después alguien recuerda un pequeño retrato que pintó siete años antes con la misma terrible herida. Otro murmura de un cuadro en el que un personaje tiene un ojo atravesado por una flecha con la letra D dibujada. Era que Brauner había pintado su propia desgracia y la había cortejado hasta convertirla en un destino inexorable. Más tarde Brauner habló del incidente, entre miedoso y maravillado:

"Un día en el que no tenía nada más para hacer… estaba vacío, quise hacer un retrato minúsculo de mí mismo delante un espejo, y pinté este retrato. Para animarlo un poco, para hacerlo un poco más extravagante, como todo es posible, le quité un ojo. Pues bien, es este mismo ojo el que me ha sido arrancado; la herida era idéntica 7 años más tarde. Y entonces, a raíz del accidente, descubrí que desde 1925 ó 1927, he encontrado en mi obra personas cuyos ojos estaban afuera."


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Victor Brauner, al fin completo

Fíjate, lector, que el ojo pintado fue el derecho y el sacrificado el izquierdo. Mucho tiempo pensé en esto como una falla en lo acontecido. Ahora sé que el retrato era el reflejo exacto del hombre que se sentó ante él a pintarlo, un espejo bruñido que hace todo aún más terrible. Antes Brauner era tímido, inseguro y pesimista. Después del beso del vaso, se le veía liberado, con las ideas claras, como si, misteriosamente, perder un ojo le hubiera completado. Por fin Brauner fue Brauner.

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Óscar Domínguez
Sábato no estuvo en la famosa velada, pero a raíz de ella estrechó su amistad con Domínguez, convertido en un paria entre los surrealistas por el incidente. Una noche de invierno, mientras caminaban juntos bajo la nieve hacia el taller donde ocurrió todo, Domínguez se volvió y le retó: "¿Qué te parece si esta noche nos suicidamos juntos?" Sábato sintió el mordisco de la posibilidad, el vértigo de la tentación y reculó: "No, Óscar, tengo otros proyectos." Un ciego guiando a otro ciego. Domínguez llevaba ya el demonio de la acromegalia dentro de sí, el mal que le convertiría después en un minotauro de cráneo gigante. Veinte años y miles de botellas vacías más tarde, cedió por fin a su naturaleza y se cortó las venas.

Pasa el tiempo. Sábato ya ha repudiado a la ciencia y es escritor en la Argentina. Ha quemado su novela parisina, que nunca nadie leerá y que luego recordará entre nostálgico y arrepentido. Ahora está escribiendo Sobre héroes y tumbas, la novela por la que justificará su existencia. Una de sus cuatro partes es el Informe sobre ciegos que completó como si se la dictaran, en un trance de apenas en un mes. Allí nos presenta a Fernando Vidal Olmos, el reverso tenebroso de un Sábato canalla y ladrón, empeñado en investigar a la misteriosa casta de los ciegos, sus metafísicos poderes ocultos y sus inconcebibles objetivos. Fernando descubre, con esa hiperlucidez que da la paranoia, que los ciegos son otra raza. Una especie taxonómica distinta, nacida para extender el gobierno del mal por el mundo y separada del común de los paseantes de Buenos Aires por sutiles señales: blancos, translúcidos, de piel fría y manos húmedas. Terriblemente, los ciegos son videntes. Habitan en cuartos cerrados o en sótanos o más abajo, en las alcantarillas, como las cucarachas, los ciempiés y las arañas. Los más poderosos, los jefes de la Secta, reptan por enormes grutas subterráneas a cientos de metros de profundidad.

Porque has de saber que, como todas las grandes ciudades, el subsuelo de Buenos Aires está horadado por una tupida red de túneles. Algunos son muy viejos, del tiempo de los jesuitas, pero toda época excavó sus pasadizos. A medida que la megalópolis se fue extendiendo por los campos de alrededor, los arroyos y las charcas fueron engullidos por el ansia de la gran ciudad, ocultando para siempre todo un mundo a las miradas indiscretas de los que viven arriba, y no abajo. Túneles hay bajo el Cabildo, bajo la Casa de Gobierno y bajo ciertas iglesias. Misteriosamente, otro –¿porqué, Dios mío, porqué?– parte del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano. El 25 de enero de 1950, como prueba de esa extraña realidad paralela que fermenta tan cerca de los pies de los caminantes, dos poceros se maravillaron al encontrar un avión entero debajo del cruce de Cangallo y Reconquista, en pleno centro porteño. Otros han encontrado viejos cuchillos herrumbrados y hasta trenzas de pelo humano.


La calle Echeverría, donde todo comienza
Sábato tuvo que oír esas historias, claro. Supo de la metástasis encubierta, de los kilómetros de túneles y ató cabos. Al final, su héroe encuentra la entrada a ese mundo subterráneo donde todo le fue revelado. Todavía sigue ahí, en el mismo centro de Belgrano, pegadito a la iglesia de La Redonda. Es en la calle Echeverría donde Fernando cruza la puerta, sube unas escaleras, abre una trampilla, anda por un pasillo, baja otras escaleras, cruza un sótano y alcanza las cloacas para desembocar en una galería semejante a una mina carbonífera que recorre más y más abajo, hasta encontrar su maldito destino. Así que ahora ya lo sabes. En una de esas viejas casas bajas de dos pisos, a pocos metros de donde juegan los niños en la Plaza Manuel Belgrano, está la puerta de entrada a la salita donde espera la Ciega… Donde tal vez, si te atreves, el secreto que oculta la Secta de los Ciegos te será revelado. Quedas avisado, lector.

Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.
Debo la foto de la calle Echevarría a la paciencia de Susana Rodríguez, mi amiga en Buenos Aires. Susana, espero no haberte incordiado más de la cuenta con mis peticiones.
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