Kim Peek, lector perfecto

Kim Peek (1951-2009).
Cuando nació, los médicos reservaron sus peores augurios para los padres de Kim: su enorme cabeza y una deformidad en el encéfalo presagiaban una larga vida de dolor. Pero aquel niño prosperó y a los deiciséis meses ya devoraba cada libro que ponían ante sus ojos. Bastaba con que le hicieran seguir con el dedo índice las palabras y el contenido pasaba a formar parte de su persona, como el color de sus ojos o el timbre de su voz. Esta educación elemental fue suficiente para que memorizara todas las obras de Shakespeare y el Viejo y el Nuevo Testamento. En justa compensación, Kim no consiguió andar hasta los cuatro años ni dominó el difícil arte de subir las escaleras hasta los dieciséis.

No pienses en Kim Peek como en un improbable superhombre, amigo lector. Tareas como vestirse por la mañana, peinarse o poner la mesa le estaban vedadas. Quería tiernamente a su padre y adoraba ser útil a otros, pero pertenecía al misterioso mundo de los caprichos naturales, al de las excéntricas mutaciones sin un antes ni un después. Hay otros como él. La ciencia médica les llama “savants”, sabios en francés. Pocos saben que el primitivo término era menos compasivo: “idiot savant”. Leslie Lemke es capaz de ejecutar cualquier composición musical de entre miles, sin ningún fallo ni un titubeo con sólo haberla escuchado una vez. Nunca ha estudiado piano. Siendo niña, Ellen Boudreaux escuchó por teléfono las señales horarias que contaban las horas, los minutos y los segundos. Aquel simple hecho dio cuerda al misterioso reloj que alberga en su interior. Han transcurrido años, pero desde entonces es capaz de decir la hora con precisión de segundos. A Stephen Wiltshire le basta con asomarse a un mirador y recorrer con la vista el horizonte de una gran ciudad como Londres o Roma, para dibujar a continuación metros y más metros de papel con el apretado retrato de cada calle, cada casa, cada ventana y chimenea, sin permitirse añadir u omitir nada que no sea real.

Stephen Wiltshire en plena acción.
Kim superaba a todos. Su mente era incapaz de filtrar la información, de olvidar, de equivocarse para aprender, de asignar categorías para decidir qué es lo importante y qué lo accesorio. Muchas veces debía tararear una canción para obligarse a cruzar una puerta donde le aguardaba un plato de comida o un abrazo. En otras ocasiones su padre le ataba un cabo de cordel en un dedo para arrancarlo del estupor producido por una lucidez demasiado intensa. Veía el universo como verdaderamente es: una cerrada neblina de datos, todos dolorosamente iguales, todos banalmente trascendentales, pues para Kim Peek un listado de matrículas de coches y una obra de Schopenhauer eran equivalentes y merecían por igual su infinita atención. Puede que así sea la mente de Dios.
