Kim Peek, lector perfecto


Kim Peek (1951-2009).
El pasado mes de diciembre murió Kim Peek víctima de un ataque al corazón. Se fue como vivió, de puntillas y en silencio. Tan tímido era que no se atrevió a mirar a nadie a la cara hasta bien cumplidos los treinta y ocho años. Sorprende, en cambio, la discreción con la que los medios de comunicación han acogido la noticia. Los hombres no siempre tenemos el privilegio de asistir a un prodigio.

Cuando nació, los médicos reservaron sus peores augurios para los padres de Kim: su enorme cabeza y una deformidad en el encéfalo presagiaban una larga vida de dolor. Pero aquel niño prosperó y a los deiciséis meses ya devoraba cada libro que ponían ante sus ojos. Bastaba con que le hicieran seguir con el dedo índice las palabras y el contenido pasaba a formar parte de su persona, como el color de sus ojos o el timbre de su voz. Esta educación elemental fue suficiente para que memorizara todas las obras de Shakespeare y el Viejo y el Nuevo Testamento. En justa compensación, Kim no consiguió andar hasta los cuatro años ni dominó el difícil arte de subir las escaleras hasta los dieciséis.

La mente de Kim demostró ser insondable, tan misteriosa e indefinible como sus gustos literarios. Recordaba todos los números de la guía telefónica y era capaz de repetir el código postal de cualquier remoto pueblecito de Estados Unidos. Podía recitar sin equivocarse todas las carreteras principales, comarcales y vecinales que conducían a ese sitio. Leía libros de historia, filosofía o música en minutos. Respondía a cualquier cálculo matemático y poseía un calendario de diez mil años en su cabeza que le permitía saber en qué día de la semana caerá el cinco de mayo del año ocho mil quinientos tres o cuántos segundos duró el reinado de la Reina Victoria de Inglaterra. La biblioteca municipal de Salt Lake fue su refugio favorito. Cualquiera podía verle allí, eternamente rodeado de pilas de papeles, siempre con un libro abierto a veinte centímetros de su nariz, siempre volviendo las hojas cada ocho segundos. Acabaron por descubrir que leía con cada ojo una página distinta y que recordaba prácticamente todo de los doce mil libros que leyó a lo largo de su vida. Cuando acababa con uno lo dejaba boca abajo sobre la mesa para volverse a por el siguiente, que aguardaba boca arriba al otro lado. Fue el único sistema que siguió a lo largo de su vida.

No pienses en Kim Peek como en un improbable superhombre, amigo lector. Tareas como vestirse por la mañana, peinarse o poner la mesa le estaban vedadas. Quería tiernamente a su padre y adoraba ser útil a otros, pero pertenecía al misterioso mundo de los caprichos naturales, al de las excéntricas mutaciones sin un antes ni un después. Hay otros como él. La ciencia médica les llama “savants”, sabios en francés. Pocos saben que el primitivo término era menos compasivo: “idiot savant”. Leslie Lemke es capaz de ejecutar cualquier composición musical de entre miles, sin ningún fallo ni un titubeo con sólo haberla escuchado una vez. Nunca ha estudiado piano. Siendo niña, Ellen Boudreaux escuchó por teléfono las señales horarias que contaban las horas, los minutos y los segundos. Aquel simple hecho dio cuerda al misterioso reloj que alberga en su interior. Han transcurrido años, pero desde entonces es capaz de decir la hora con precisión de segundos. A Stephen Wiltshire le basta con asomarse a un mirador y recorrer con la vista el horizonte de una gran ciudad como Londres o Roma, para dibujar a continuación metros y más metros de papel con el apretado retrato de cada calle, cada casa, cada ventana y chimenea, sin permitirse añadir u omitir nada que no sea real.


Stephen Wiltshire en plena acción.

Kim superaba a todos. Su mente era incapaz de filtrar la información, de olvidar, de equivocarse para aprender, de asignar categorías para decidir qué es lo importante y qué lo accesorio. Muchas veces debía tararear una canción para obligarse a cruzar una puerta donde le aguardaba un plato de comida o un abrazo. En otras ocasiones su padre le ataba un cabo de cordel en un dedo para arrancarlo del estupor producido por una lucidez demasiado intensa. Veía el universo como verdaderamente es: una cerrada neblina de datos, todos dolorosamente iguales, todos banalmente trascendentales, pues para Kim Peek un listado de matrículas de coches y una obra de Schopenhauer eran equivalentes y merecían por igual su infinita atención. Puede que así sea la mente de Dios.

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