Los libros de Brobdingnag

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Abriendo el Codex Gigas por la página maldita
El uso ha pulido el invento de los libros hasta hacerlo insuperable. Son portátiles. Son muy baratos o convenientemente caros. No consumen energía una vez fabricados. Si son queridos, viven más tiempo que sus dueños. Cuesta creer que su diseño prosperara por los celos de la biblioteca de Alejandría, que no dejó que otros utilizaran papiro. Porque has de saber, lector, que antes del códice fue el rollo. Piensa en Plinio o en Tito Livio enrollando y desenrollando trabajosamente metros y más metros para leer ésta o aquella frase. Imagínalos consultando una historia o redactando una vida de los césares: los rollos abiertos cubriendo la mesa, tapándose unos a otros. Las largas tiras que caían al suelo de mármol y se desenredaban por metros. Y al terminar, más giros de muñeca y más golpes de pulgar hasta volver a enroscar el papiro por el principio. Un desastre. Por fin, había que guardarlos en unas cajas cilíndricas llamadas scrinium o en grandes anaqueles apilados horizontalmente. Cuando el libro nació, ocupó menos espacio. Se podía escribir por los dos lados. Bastaba con juntar las palmas de la mano para cerrarlo. Una maravilla.

El tamaño de la mano, el largo del brazo, decidió la talla de los libros. Pero muchos tenían que leerse en grupo y fueron creciendo de copia en copia, para que todo un coro o los oficiantes de una misa pudieran leer a varios metros de distancia. Otros engordaron por cuestión de prestigio. Uno de esos leviatanes es el Codex Gigas, el libro anterior a la invención de la imprenta más grande que se conserva. Como todo lo sensacional, una historia mejor que la verdadera explica su origen. Empieza con un monje pecador emparedado de por vida en su celda. Hay gritos, hay lágrimas. Cierta noche promete a Dios escribir antes del amanecer el libro más grande que haya existido para expiar sus penas. Al poco de empezar, advierte que es imposible y vende su alma al diablo para terminar a tiempo. Satanás cumple el trato –siempre cumple el trato–, y en un entrañable rasgo de vanidad, se retrata a toda página en la que después será conocida como la Biblia del diablo. Con ser mucho, lo más impresionante del libro no es esa pintura sino la estatura del códice. Escrito y decorado a principios del siglo XIII en Bohemia, el mamotreto luce 310 hojas de pergamino de 890 mm. de alto y 490 mm. de ancho. Ciento sesenta terneros murieron para vestirlo con sus pieles. El emperador Rodolfo II, que fue un coleccionista obsesivo de todo lo extravagante, lo quiso en Praga y así poder acariciarlo a su antojo. Después, los suecos llevaron el libro a Estocolmo, como botín tras la guerra de los Treinta Años. Y allí se quedó, en el palacio Real, durmiendo el plácido sueño de los justos, hasta que un viernes a las dos del mediodía en el año del Señor de 1697 un incendio se declaró en el castillo. En un desesperado intento por salvarlo de las llamas, el códice fue arrojado desde un cuarto piso por la ventana y casi mata al heroico bibliófilo que intentó sujetar la mole de 75 kilos allá abajo. Perdió unas cuantas hojas en el vuelo, pero el libro que fue considerado una de las maravillas del mundo, todavía sigue entre nosotros. Del que estaba bajo la ventana, no sabemos nada.

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Admiradores de los pájaros de América
Subiendo otro peldaño en la escala del gigantismo, nos encontramos con Los pájaros de América de John James Aubudon, uno de los pocos libros capaces de calzar un fabuloso tamaño de papel llamado doble elefante. Audubon tenía 18 años cuando llegó a América desde Francia huyendo del reclutamiento en el ejército napoleónico. Vivió quince años dedicado a distintos negocios en un momento en el que los Estados Unidos eran un extenso campo abonado a cualquier experimento mercantil. Felizmente, una bancarrota y sus gusto por los grandes horizontes convencieron al hombre para dedicar el resto de sus días a cumplir con su pasión: pintar pájaros. Pero Audubon no era un ecologista al uso, podía cazar más de cien pájaros al día. Durante veinte años los persiguió por todo el país y cuanto más rara o más esquiva era el ave, más tenazmente la acosaba. Si el disparo no había reventado su cuerpo, la sujetaba con alambres para poder copiarla hasta en el más mínimo detalle. Enamorado de los pájaros, podía emplear dos días en asfixiar lentamente un águila con humo, envenenarla con azufre, o perforar su corazón con un punzón; todo valía con tal de de no perder una sola pluma. Y así, matando con exquisito mimo a sus adoradas aves, fue capaz de transmitir vida a todas sus acuarelas. En 1826, cuando reunió un buen número de láminas, viajó a Londres para publicar la obra que eclipsaría a todos los libros sobre la naturaleza presentes y futuros. En eso Audubon fue inflexible: exigió reproducir las aves a tamaño natural, nada menos. Una condición nada fácil de cumplir ya que entre sus dibujos había desde colibríes hasta águilas, pelícanos e incluso un flamenco. La solución fue otra hazaña en si misma. Se realizaron espléndidos grabados en las planchas más grandes de la época, impresos en tinta negra sobre el mejor papel y coloreados a mano por un ejército de cuarenta acuarelistas, cada uno dueño de un color, en perfecta línea de montaje. 435 aguatintas a tamaño natural pintadas a mano. Mil dólares de la época para un libro de 102 centímetros de alto y 76 centímetros de ancho que escasos suscriptores pudieron permitirse acabar. Poco más de 200 ejemplares lograron ver la luz y sólo unos 120 han sobrevivido hasta nuestros días. Por eso, muchos lo consideran el libro más caro del mundo después de la Biblia de Gutemberg. A pesar de su tamaño, Los pájaros de América está delicadamente proporcionado. Uno de los libros más hermosos que se han impreso a cambio, sólo, de la vida de varios miles de pájaros.

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Bután, una odisea visual a través del último reino del Himalaya
El Codex Gigas justificó una póliza de seguros por valor de 300 millones de coronas suecas y un comprador pagó 8,8 millones de dólares por Los pájaros de América. Por nuestro último monstruo, más modestamente, se piden 30.000 dólares en el momento que escribo estás líneas. Una ganga, considerando que Bután, una odisea visual a través del último reino del Himalaya, es el libro más grande que jamás haya existido. Como corresponde, todo en él es descomunal: hacen falta 4 litros de tinta para manchar sus páginas de 213 centímetros de largo y 152 centímetros de ancho y si colocáramos
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La entrega de Bután es un acontecimiento
todas sus hojas unas al lado de las otras, ocuparían toda la superficie de un estadio de fútbol. Grande como un colchón, incapaz de acomodarse en ningún estante, un mueble de aluminio acompaña al libro allá donde va para poder soportar los 60 kilos de semejante mole. Un grandioso despliegue para un vistoso reportaje fotográfico que refleja la vida cotidiana del remoto reino de Bután y que es, además, un proyecto filantrópico que recauda fondos para construir escuelas en el país. Bienintencionados adinerados de todo el mundo pagan para comprobar la existencia del libro. Hasta el ochenta por ciento de su coste es deducible en impuestos, nos advierten gentilmente desde su página web. Parece que, a partir de cierto tamaño, sólo las imágenes pueden justificar ciertos libros. Las imágenes del oro.

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