Los libros de Lilliput



¿Por qué se permiten los libros microscópicos? Son fáciles de transportar y fáciles de guardar, razones que justifican la existencia de los libros de bolsillo, no la de sus pequeñísimos parientes. Para los que piensan que todos los libros nacen para ser leídos, los libros liliputienses no son libros. Así pensaba Bernard Shaw, cuando respondió con la carta más desagradable que pudo –y pudo mucho–, a la petición de escribir una historia que aumentara la biblioteca de la Real Casa de Muñecas de la Reina María, la abuela de Isabel II de Inglaterra. No. Los libros miniatura no son libros de bolsillo. Poco prácticos e ilegibles, son lo contrario a los diminutos volúmenes que Napoleón mandó llevar para combatir el tedio durante sus campañas o a la Proclama de la emancipación que los negros de la Unión llevaban en sus bolsillos. Y es que algo tan simple como las veces que se doblaba el papel salido de la tina marcó el nombre y el tamaño de los libros. Folio es el pliego doblado una vez. Apto para obras de arte, cartografía o similares. Un libro en cuarto es el resultado de un nuevo doblez. Ideal para tratados científicos y de estudio. Las obras literarias prefieren el octavo o el dieciseisavo, éstos ya de unos escasos doce centímetros de altura. Libros hay en treintadosavo e incluso en sesentaicuatroavo, que apenas alcanzan los siete centímetros de estatura. Cuidado. Más allá, entramos en el terreno de los libros en miniatura.


El Bloem-hofje en todo su esplendor
Antes de la imprenta los libros diminutos necesitaban de una caligrafía minúscula y la letra escrita a mano podía ser, en verdad, muy pequeña. Cicerón refiere el caso de un hombre que escribió la Ilíada en un espacio tan reducido que cabía en una cáscara de nuez. La anécdota atormentó durante siglos a muchos eruditos en asuntos banales, hasta que en 1670 el Obispo de Abranches demostró que era posible. Eran años en los que todos los hombres querían sentirse cerca de Dios, muchos libros eran de carácter religioso y algunos lectores querían llevarlos siempre de la mano, sujetos a un asa o colgados del cinturón. La palabra de Dios convertida en un talismán pensado para estar en contacto con el propio cuerpo. Pero llegó un momento en el que el proceso de miniaturización cobró vida propia y caminó por si mismo, como para poner a prueba la suprema habilidad de los que podían dar forma a esos diminutos cuadrados de papel. Peter Schöffer, un antiguo colaborador de Gutenberg, fabricó uno de sólo 94 milímetros de alto y en fecha tan temprana como el año 1475, Jenson alcanzó con un Officium Beate Marie Virginus los 89 milímetros. En 1674 el impresor Benedikt Smidt pulverizó todas las marcas confeccionando en Amsterdam el libro más pequeño que existió hasta 1900, un mediocre poemita titulado Bloem-hofje. Tan sólo sus 11 milímetros de alto por 9 de ancho y una delicada cerradura en la tapa nos evita leer semejante nimiedad.


El Galileo, como se le conoce popularmente
Todas las épocas han necesitado de sus propias obsesiones, y el siglo XVIII se estrenó con los mejores impresores de Europa soñando con la idea de fundir el juego de tipos más pequeño de la historia. Un logro así, pensaban, significaría la gloria para su creador. Henri Didot sentía la misma urgencia y se aplicó a ello en cuerpo y alma, participando en una frenética carrera frente a los tipógrafos de todo el mundo. Por fin, a los 66 años, grabó su famosa letra Microscópica. Un diminuto tipo de 2,5 puntos de tamaño –menos de un milímetro– que sus rivales admiraron por su legibilidad. Y así, desde 1830, la Microscópica fue el nuevo objetivo a batir por todos. Se convirtió en una hazaña inalcanzable, en un mito, hasta que el italiano Antonio Farina consiguió lo que parecía imposible: grabó el Ojo de mosca. Con sus 2 puntos, el tipo más pequeño creado por la mano del hombre hasta el día de hoy. Largos años estuvo encerrado en los chibaletes sin que ningún impresor osara hacer algo práctico con él hasta que en la ciudad de Padua los hermanos Salmin decidieron afrontar el desafío. El tipógrafo Giuseppe Gech, al frente de un pequeño equipo de mártires, sacrificó tres años al delicioso tormento de componer una Divina Comedia que probara que él y sólo él era capaz de domar al Ojo de mosca. Cuando presentaron aquel librito en la Exposición Universal de París de 1878 lo saludaron como una de las maravillas del mundo, pues bastaban sus 57 milímetros de altura y el vértigo ante lo infinitamente pequeño, para asombrar en medio de aquella feria de portentos. Pero el perfeccionismo y la envidia son dos defectos que nunca se pueden aplacar. La admiración por haber conseguido dominar el Ojo de mosca se mezcló con cierto desprecio por los amplios márgenes del libro. Un cuerpo tan diminuto, murmuraban, podría encarnarse en algo aún más pequeño. Así que los despechados hermanos Salmin volvieron a la carga con La carta de Galileo a la señora Cristina de Lorena. Una cabezonada como volver a construir la Gran Pirámide porque a algún turista le disgusta el color de la piedra. La rabia dio su fruto y desde 1896, es el libro más pequeño del mundo impreso en tipografía. Sus 15 milímetros de alto por 9 milímetros de ancho, representan una de esas absurdas hazañas verdaderamente memorables que honran una vida. Piensa, lector, que Giuseppe Gech volvió a coger con sus pinzas uno a uno los 24.102 caracteres del tamaño de la cabeza de un alfiler para colocarlos de nuevo en el componedor. Había que montar las formas, revisar las pruebas, tenían que corregir las erratas. No es de extrañar que muchos de los que consagraron sus ojos a terminar el trabajo arruinaran para siempre su vista. Auténticos héroes de una civilización, ¿quién se acuerda hoy de ellos?


Tanto esfuerzo y bastaron cuatro años para que un tal Charles Hardy Meigs, de Cleveland, consiguiera empaquetar una traducción al inglés del Rubaiyat en lo que fue el nuevo libro más pequeño del mundo. Imprimió 57 ejemplares de 10 x 9 milímetros, pero ya no eran los viejos tipos móviles sino unos modernos procedimientos ópticos y químicos los que se usaron para lograr el nuevo récord. El siglo XX asistió a un proceso de lilipulitización cada vez más acelerado hasta que en 1985 la editorial escocesa Glennifer Press coronó a su particular campeón, un cuento infantil titulado Old king cole. Tan pequeño, 1 milímetro x 1 milímetro, que necesitarías de un alfiler para pasar sus páginas.


El Camaleón casi desaparece bajo una mota de polvo
La prueba fue superada nuevamente por un relato de Chéjov titulado Camaleón, que el siberiano Anatoly Konenko redujo en 1997 hasta unos imposibles 0,9 x 0,9 milímetros, apenas del tamaño de un grano de sal. Podio que disputa, de manera bastante bizantina, por cierto, con un Zodiaco chino y su hipotético medio milímetro de diferencia. Liliputófilos de medio mundo discuten armados con fotocopias cuál de los dos libros es más pequeño. A partir de ese momento, los microlibros se alejaron para siempre de los dominios de los ratones de biblioteca y son los científicos con sus máquinas los que han tomado el relevo escribiendo letras del tamaño de un glóbulo rojo. Pero difícilmente podría llamarse libro al rastro de un láser sobre un cristal de silicio.

¿Por qué hay libros miniatura? Todavía no hay respuesta. La mayoría de los que los atesoran hoy en día son venerables damas armadas de librerías de juguete o coquetas casa de muñecas. Enfermos de pequeñez, los coleccionistas más veteranos se asustan con auténticas historias de terror los unos a los otros. Cuentan que uno de esos míseros trozos de papel se perdió en un descuido y hubo que buscarlo gateando durante horas lupa en mano por toda la sala de exposiciones. Hablan de los que desaparecieron para siempre aniquilados por un estornudo o de los caídos víctimas de una señora de la limpieza demasiado entusiasta. Demasiado delicados para llevar la misma vida que sus congéneres, puede que su misma nimiedad sea un intento inconsciente de resolver el desafío que Demócrito nos planteó hace dos mil quinientos años. ¿Se puede dividir un objeto eternamente o hay un límite? Los físicos ya nos han dado su respuesta: el espacio no existe por debajo de la longitud de Planck, unos 10-35 metros. Tal vez esta raza de libros intente demostrar con su discreta presencia que nos mienten, que lo infinitamente pequeño es posible y que algún día un misterioso lector será capaz de leerlos. Que son un reflejo de lo divino, al fin y al cabo.

Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.
Bookmark and Share