Los libros fatales

La Sibila de Cumas camino a Roma. Óleo de Elihu Vedder, 1876.
Una mañana, hace ya dos mil quinientos años, una figura encorvada llegó a Roma cargada con un fardo. Cruzó el puente Sublicio marcando el ritmo de sus pasos con su bastón, y deambuló entre el trajín de mulas, moscas y bueyes que abarrotaban aquel día de mercado el Foro Boario, mientras preguntaba por la casa de Lucio Tarquinio. Una pareja de arrieros se volvió y la miró curiosa. Señalaron una casa grande y maciza, de feas paredes de piedra gris, y la vieja prosiguió su camino sin despedirse. En cuanto llegó a la entrada, pidió ver al rey. Tarquinio la recibió intrigado. Nueve libros desportillados aguardaban en el suelo del patio la inspección real. Tarquinio, que era soberbio y de genio vivo, se rió en su cara cuando escuchó el precio. La vieja no se molestó en responder a sus burlas. Se limitó a agacharse, recogió los rollos y marchó por donde había venido. Al poco tiempo regresó y propuso el mismo trato, pero en esta ocasión únicamente por seis, pues había quemado los tres ausentes. Tanta insistencia enfadó al rey, que expulsó a la mujer del palacio. Cuando volvió por tercera vez, solo tres libros sobrevivían al precio tasado. Aquello acabó por intrigar a Tarquinio, que consultó a los augures. Éstos lamentaron la imprudencia de su señor, pues la mujer no podía ser sino Demófila, Sibila de Cumas, y aquellas hojas, profecías de Apolo. Tarquinio pagó, la mujer arrojó los rollos a sus pies, giró en redondo y se perdió entre el gentío del mercado. Nadie volvió a verla por Roma.

Los augures advierten a Tarquinio. Grabado de Augustyn Mirys.
Pese a su fama de gente práctica, apta para levantar una bóveda de cañón o pavimentar una calzada, los romanos vivían rodeados de magia. Muy cerca del palacio de Tarquinio crecía la higuera Ruminal, que había trabado el cesto que contenía a Rómulo y a Remo cuando flotaba río abajo. La choza de Rómulo se conservaba intacta en lo alto del Palatino. La cueva Lupercal, donde la loba amamantó a los gemelos, abría su boca en la base de la colina. La piedra de Júpiter, un pedernal que representaba al propio dios y por la que juraban en toda la ciudad, se guardaba en el templo del Capitolio. Los doce escudos sagrados colgaban de las paredes del templo de Marte. Solo uno era el verdadero y los romanos, previsores, fabricaron once idénticos para impedir cualquier robo. Ya nadie recordaba cuál era el auténtico. El sótano del templo de Vesta estaba repleto de amuletos temibles que garantizaban la grandeza de Roma. En la penumbra de aquella bodega, donde solo las vírgenes vestales podían entrar, dormitaban un alfiler de la madre de los dioses, una cuádriga de barro cocido de los veyenses, el cetro de Príamo, el velo de Iliona, las cenizas de Orestes y el Paladio y los Penates traídos desde Troya por Eneas. En el año 241 antes de Cristo un gran incendio arruinó el templo y el Pontífice Máximo Lucio Cecilio Metello se atrevió a infringir la prohibición al salvar los divinos trastos. Roma perduró, pero él quedó ciego.
Ninguna reliquia fue tan venerada como los Libros Sibilinos. Estaban escritos en griego sobre hojas de palmera y se decía que sus versos eran acrósticos. El rey encomendó su custodia a dos patricios ayudados por una pareja de intérpretes griegos y mandó guardarlos en un cofre de piedra en el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Prohibió que nadie más recorriera sus páginas. Al poco, uno de ellos, Marco Tullio, permitió que un tal Petronio Sabinio copiara los sagrados hexámetros. Tarqunio imaginó una fantástica tortura para castigar al impío. Ordenó calzarlo con unos pesados zuecos de madera y que cubrieran su cabeza con una capucha de piel de lobo. Después azotaron al sacerdote hasta el desuello, lo ataron de pies y manos, y lo metieron en un saco de cuero junto con un mono, un gallo, una víbora, un perro y un gato. Arrojaron el bulto, mientras chillaba y se retorcía, a las turbias aguas del Tíber. El castigo gustó tanto a los romanos que desde entonces trataron a los parricidas del igual manera, pues la profanación de los padres y la de los dioses deben castigarse del mismo modo.

Libro de hojas de palmera. Así pudieron ser los LIbros Sibilinos.
En el año 83 A. c. un gran incendio destruyó los Libros Sibilinos y durante siete años la República no pudo contar con su ayuda. Siete años después, una legación peinó todo el Mediterráneo en busca de nuevos textos proféticos que sustituyeran los perdidos. Desconocemos cuáles fueron los criterios de autenticidad exigidos, excepto el de que fueran, como antes, poemas acrósticos. Augusto rechazó los que consideró falsos, hizo copiar a limpio los que quedaron y los escondió en dos arquetas de oro en la base de la estatua de Apolo en el Palatino. Durante los dos siglos siguientes apenas fueron consultados. Tiberio se negó repetidas veces y Nerón solo lo permitió tras el incendio de Roma, pero a medida que el fin del Imperio fue acercándose, el prestigio de los Libros volvió a agigantarse. Nada queda escrito de cómo era su consulta, si tenían un índice, si elegían a suertes un verso o si arrojaban al aire las hojas esperando que el viento profético decidiera. La única descripción proviene de un texto novecientos años posterior a la lejana aparición de la sibila por las calles de Roma: los sacerdotes cubrían sus manos con tela para no tocar directamente los sagrados versos y sus asientos debían engalanarse con ramos de laurel.

La cueva de la Sibila, en Nápoles.
