Otro descenso al Maelström

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Todos los lectores de Poe tienen un cuento favorito –incluso él, que prefería Ligeia–, y Un descenso al Maelström es uno de los más queridos. Apareció en mayo de 1841, todo él perfecto, cuando Poe era el director de una humilde revista que sólo con el rasgar de su pluma multiplicó por ocho el número de suscriptores en el exigente plazo de catorce meses. Edgar ya tenía 32 años y aún le faltaba el bigote que luciría los últimos años de su vida, pero ya era un borracho, ya conocía el opio y ya se había casado con su prima Virginia. Poe ya era Poe. Conclusión innecesaria porque, en cuestión de estilo, Mister Poe escribió desde el principio a todo vapor, quién sabe si para alejarse o para poder estar más cerca de sus obsesiones. La trama, de puro nimia, es perfecta en su concisión. Tres hermanos pescadores se ganan la vida cerca de Lofoten, en la costa Noruega. Pescan en el estrecho que forma el islote de Moskoe con la orilla en los breves momentos de calma entre el flujo y el reflujo de la marea. Un mal día, ya de vuelta, una tormenta retrasa su camino y la irresistible atracción del Maelström, el colosal remolino que ruge hambriento en el estrecho, les apresa. Acabarán cabalgando la pulida pared de agua, mientras giran a cada vuelta más y más cerca del fondo donde el Maelström les destrozará contra las rocas del lecho. Una de las frases más bellas de Poe lo describe así:

"El queche parecía estar colgando, como por arte de magia, a mitad de camino en el interior de un embudo de vasta circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas paredes, perfectamente lisas, hubieran podido creerse de ébano, a no ser por la asombrosa velocidad con que giraban, y el lívido resplandor que despedían bajo los rayos de la luna, que, en el centro de aquella abertura circular entre las nubes a que he aludido antes, se derramaban en un diluvio gloriosamente áureo a lo largo de las negras paredes y se perdían en las remotas profundidades del abismo."


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El Maelström en un grabado del siglo XVIII

Los asiduos a Poe reconocerán, como el que mira la cara a un familiar, el giro de los acontecimientos. Cuando la situación es más terrible, el protagonista se abstrae, razona con lógica y se zambulle en el remolino abrazado a un barril: la figura geométrica que ofrece mayor resistencia a la succión. Con el cambio de marea, el Maelström desaparece. El héroe se salva por comprender intuitivamente a Arquímedes. El hermano pequeño, menos geómetra, perece agarrado al barco.

El Maelström también existe fuera del cuento. Aún gira, allá donde Poe lo imaginó: 67° 48 de latitud Norte y 12° 47 de longitud Este. En este mundo es una traicionera corriente de cuatro kilómetros de largo que fluye y se revuelve con la marea a 20 kilómetros por hora.

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Localización del Maelström
"Más horrible que Caribdis", nos advierte ominoso el buen obispo Olaus Magnus. Kircher, el sabio Kircher, sólo pudo explicar su fuerza imaginando que se conectaba por un fantástico abismo submarino con las costas de la lejana Finlandia. Pero siempre hay algo mayor, o peor, o más fuerte, en este mundo. Este asombroso poder se ve superado por la corriente más fuerte del planeta, el Saltstraumen, apenas a cien kilómetros de distancia. Cuando cambia la marea, más de 400 millones de metros cúbicos de agua bullen en un estrecho pasillo de 150 metros de ancho y tres kilómetros de largo a 41 kilómetros por hora formando un desnivel de un metro de un extremo al otro. Tanta fuerza crea remolinos que pueden alcanzar los diez metros de ancho y los cinco metros de profundidad. Un espectáculo temible, pero muy lejos del metafísico abismo que nos descubrió Poe, que tal vez nos describía su propio remolino interior.

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