
La juguetona liebre de oro
Había una vez un inglés que quería volver a sentir el precioso vértigo de la niñez. ¿La recuerdas, lector? Aquella sensación de invencibilidad con la camisa al viento. Cuando un palo largo o unos vidrios de colores eran un tesoro, y una tarde de juegos se volvía eterna, muriendo o matando, orinando en un hormiguero o arreglando a pedradas las misteriosas afrentas que enfrentaban a los chavales de un barrio con los vecinos de otro. Kit Williams sí que se acordaba porque era un soñador. Así que imaginó un cuento infantil que atrapara la mente del que lo abriera, y que obligara a pasar las páginas una y otra vez para no perder detalle. Luego forjó una preciosa joya de oro. Una liebre fantástica, con su filigrana adornada de piedras preciosas y sus campanillas colgantes, que sepultó en un sarcófago de cerámica grabado con una intrigante frase.
"Soy el Guardián de la Joya de MASCARADA, que yace a salvo en mi interior esperándote a ti o a la Eternidad". Pasó los siguientes tres años pintando quince hermosas ilustraciones para el cuento, imaginando pistas y borrando rastros. La noche del siete de agosto de 1979, cuando todo estuvo listo, un furtivo Williams enterró el tesoro en un desconocido paraje de Inglaterra y luego dio el libro a imprenta. De inmediato, lectores de todo el mundo se vieron atrapados en la cuidadosa telaraña que el astuto Kit Williams había tejido, pues el autor prometía el tesoro a aquel valiente que descifrara las pistas del cuento. No hacía falta ningún conocimiento extraordinario de historia o geografía, y un extranjero o un niño de 10 años serían tan capaces de resolver el enigma como cualquier marchito Lord inglés. Si alguien enviara la solución por carta, el generoso Williams se comprometía a pagar el pasaje de avión y acompañar al viajero a desenterrar el tesoro. La carrera comenzó en el acto.

Una de las misteriosas páginas con mensaje secreto
Cientos de lectores hincaron codos para resolver el misterio, pero ninguno lo consiguió. Los más entusiastas se dedicaron en vano a excavar todos los campos de Inglaterra, propiedades privadas incluidas, en busca de la joya y las broncas. Tiempo perdido. Williams ya desesperaba de que alguien resolviera el acertijo, cuando un buen día recibió la carta de un tal Ken Thomas con un dibujo del lugar donde dormía el tesoro. El impaciente Williams se citó con su corresponsal, fueron al lugar y desenterraron la liebre de oro. La búsqueda había concluido, pero la esperanza es pegajosa y muchos no quisieron creer en el hallazgo del tesoro. Durante meses las cartas siguieron llegando por miles, y multitud de soñadores corrían de aquí para allá armados con mapas, picos y palas. Fue inevitable que el ingenuo Williams leyera la solución correcta en la carta que un par de profesores de física habían escrito poco tiempo después. Aquello dio que pensar, porque Ken Thomas nunca había explicado cómo resolvió el enigma, tan sólo mostró un plano de lugar. Un periódico descubrió la verdad, y la verdad era ciertamente embarazosa para nuestro pobre poeta. El misterioso Ken Thomas se llamaba realmente Dugald Thompson. Mister Thompson tenía un amigo llamado John Guard, que a su vez tenía una novia de nombre Veronica Robertson. Pero ¡Ay!, la pérfida señorita Robertson también había sido novia del descuidado Williams durante la época que éste afinaba el gran enigma de
Mascarada. Ella sabía el lugar aproximado del enterramiento y hacia allí se dirigió el trío durante varias noches armados con palas y detectores de metales. El cofre de cerámica había protegido a la joya, así que como última finta recurrieron a la comedia del dibujo para poder cazar a la escurridiza liebre.

Retrato de familia: el traicionero Dugald Thompson, el ingenuo Kit Williams, y el sarcófago de la liebre mágica

La cruz de Catalina de Aragón en Ampthill
Ya era tarde para recuperar el tesoro, pero el destino siempre se reserva algunas sorpresas cuando se aburre. La fabulosa liebre acabó por aparecer seis años después en una subasta en Sotheby's. Hasta allí se acercó un avergonzado Williams, y aunque llegó a ofrecer 6.000 libras, tuvo que ver cómo la juguetona joya volvía a escurrirse saltando al regazo de un desconocido postor que pagó la respetable cantidad de 31.900 libras por ella. Ya nadie sabe dónde anida, y si su interminable viaje ha acabado, pero por su culpa el desengañado Williams perdió ese halo de inocencia que tanto añoraba recuperar. No sabía que los tesoros enterrados despiertan al niño que todos llevamos dentro, y que los tres timadores se comportaron como críos persiguiendo a la astuta liebre. También las trampas son propias de la infancia.
Post data: ¿Que cuál era la solución del enigma?, ¿de verdad quieres saberlo, curioso lector? Pues bien, había que trazar una linea desde los ojos de los animales del cuento, pasarla por el número más alto dibujado en la pintura, y unirla a una determinada letra de la frase que enmarcaba el dibujo. Así aparecía un mensaje oculto: el amuleto estaba enterrado junto al crucero en recuerdo a Catalina de Aragón erigido en el parque de Ampthill. Al mediodía durante el equinoccio de otoño, la cruz proyectaba su sombra donde había construido su madriguera la juguetona liebre. Fácil.
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