
La mirada de los dos Maupassants.
En aquella época Etretrat era un bonito pueblo pesquero en la costa normanda. Barato, pintoresco y a orillas del Canal. No es extraño que se convirtiera en refugio de ingleses acomodados que buscaban emociones fuera de su país. Allí pasaba el verano un joven de dieciocho años llamado Guy de Maupassant; pero no pienses en él como el escritor que luego fue, amigo lector.

Maupassant a los 19 años.
Entonces era un muchacho pelirrojo que aprovechaba los últimos días de buen tiempo corriendo, nadando y remando con los pescadores del pueblo. Una mañana de septiembre, bien temprano, Maupassant paseaba por el acantilado cuando vio a lo lejos una figura luchando contra las olas. Siguió su rastro por toda la línea de costa mientras lanzaba gritos de ánimo, contemplando impotente cómo la corriente arrastraba a aquella sombra mar adentro. Por suerte, una chalupa acudió al rescate, y Guy se lanzó al agua para sujetar por la cintura al exhausto nadador cuando se acercaron a la orilla. Acababan de pescar a un inglés borracho como una cuba que se deshizo en palabras de gratitud hacia todos los presentes. Aquella buena acción le valió una invitación para el día siguiente en su casa.
Era un refugio idílico, con su techo de paja y sus muros de piedra sin revoque. Estaba plantada en lo alto de una empinada cuesta,

Algernon Swinburne. Poeta y alcohólico.
rodeada por un jardín salvaje de árboles retorcidos por el salitre, y guardada por una pareja de curiosos anfitriones que salió al encuentro de Guy en cuanto éste llamó a la puerta. Los dos eran bajos y se defendían bastante bien en francés, pero ahí acababa el parecido. El dueño, un gordo achaparrado de veintitantos años, se llamaba George Powell y en el pueblo decían que era hijo de un Lord. El improbable nadador era justo lo contrario. Igual de canijo pero extraordinariamente flaco. Su figura caía a plomo, sin unos hombros que rompieran la vertical. Una enorme cabeza hidrocéfala se balanceaba en el extremo, aún más imponente con la melena leonina que rodeaba su frente como un aura. Hablaba sin parar, animado por una especie de baile de San Vito que le hacía derramar continuamente el vaso que sujetaba en la mano. Maupassant parpadeó sorprendido ante la excéntrica presencia del famoso poeta Algernon Swinburne.
El interior estaba ricamente decorado con multitud de dibujos, pinturas y alfombras. Un gran mono saltaba excitado de aquí para allá, loco por agarrar del pelo al intruso. Al sentarse a la mesa, Maupassant contempló sorprendido una vieja carroña apoyada en el mantel.

George Powell. Rico, vicioso y erudito.
Era la mano disecada de un parricida, despojo marrón que los anfitriones acariciaban y cuidaban de dejar bien a la vista vigilando su efecto en el comensal. Durante la comida no se sirvió vino, sino que pasaron directamente a los licores. Tampoco el plato principal fue del gusto del huésped. Era mono, pues Powell afirmaba que únicamente podía comer esa carne, frita, asada, cocida o en confit. Después, la extraña pareja rodeó al joven para mostrarle un lujoso álbum con fotografías pornográficas de hombres masturbándose, que escondieron bajo la mesa en cuanto entró el criado a retirar los platos. La conversación contrastaba por ser excepcionalmente brillante. Powell entonaba viejas sagas islandesas, y Swinburne alababa entusiasmado la obra de Victor Hugo o recitaba algunos de los poemas por los que luego fue recordado. Acariciaban a ratos al enorme mono con el que aseguraban dormir, chupando abstraídos los dedos de la mano muerta. Así transcurrió la primera velada.

La auténtica mano ha desaparecido.
A los pocos días la invitación se repitió, y la cena transcurrió más tranquila. Los anfitriones se traían con frecuencia muchachos del otro lado del canal; joven carne de cañón preparada para pelear por el cariño de los señores de la casa. No es extraño que el gran mono fuera estrangulado la víspera por el criado, tal vez celoso o tal vez harto de tener que limpiar a diario las sábanas manchadas. Esta vez sirvieron una droga en la bebida del joven Guy, que logró refugiarse dando tumbos en su casa. Supo después que en el dintel de la puerta la casa mostraba orgullosa su nombre: Villa Dolmancé, el nombre de uno de los personajes del Marqués de Sade. No intentó volver por allí. Pese a todo, no guardó un mal recuerdo de aquellas cenas. Años después se hizo con la mano disecada en una subasta. Fiel compañera que le contempló el resto de su vida desde un clavo en la pared. La hizo protagonista de dos de sus cuentos.
Maupassant tuvo un hermano menor que murió loco. Un día, poco antes de morir, el pequeño Hervé le miro fijamente y gritó
"¡No, tú eres el loco!". Aquellas palabras ardían en el interior de Guy porque sabía que eran verdad. Poco después contempló en el espejo que una sola de sus pupilas estaba permanentemente dilatada, y supo que era el principio del fin. Guy siempre temió la demencia. Se sabía destinado a la camisa de fuerza. Sentía caminando a su alrededor un doble oscuro; el loco que le dictaba otras palabras en los cuentos, y que pugnaba por aparecer dejándole ciego un cuarto de hora, media hora, una hora. Intentó pegarse un tiro, cortarse el cuello con una navaja y tirarse por la ventana. Nada funcionó porque su doble era invulnerable. Aquella era su verdadera naturaleza, la que cumpliría sus propias palabras:
"No duraré ya mucho. No quiero sobrevivirme; entré en la vida literaria como un meteoro, saldré de ella como un rayo”. Si algún día lees su cuento,
El Horla, entenderás mejor a los dos Maupassants. Sabrás del miedo a perder el control o al doble invisible que toma el mando. Es el pánico de saberse el reflejo del Otro. Al final de su vida, en el manicomio, Maupassant debió recordar las lejanas cenas de Etrerat. Fue allí donde supo que pertenecía a aquel mundo, como su famosa mano muerta. La pasta de la que estaba hecho Swynburne, en cambio, era muy otra. Abandonó el alcohol y sobrevivió a una larga vida de templanza y orden, recordando disgustado sus pecados de juventud.
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