
Hitler posando con su biblioteca.
¿Qué pensarías de un hombre que adoraba a su madre más que a nadie en el mundo? Alguien a quien le gustaban los niños, los paseos por el monte y los perros. Que no soportaba el tabaco ni permitía que fumaran en su presencia. Apasionado por los coches, aunque no sabía conducir. Una persona incapaz de irse a dormir antes de las dos o las tres de la mañana, avergonzada de necesitar gafas y vegetariana. Podrías sentir cierta simpatía por alguien así, incluso podrías llegar a ser su amigo antes de saber que ese hombre fue Adolf Hitler. Valgan estas líneas para explicar que no fue un demonio sino una persona, aunque nos tiente negar su condición humana para rechazar cualquier parecido con nosotros. Es la dulce tranquilidad de creernos inocentes. Pero Hitler estaba hecho de carne y de sangre, como tú y como yo, y persiguió sus propios errores hasta el final.
Sabemos que fue un gran lector. Hubo temporadas en las que devoraba un libro diario, tal vez dos. Pertenecía a esa raza de hombres que buscan seguridades en el papel y sólo abría libros que le dieran la razón. Leía pocas novelas, pero alabó Robinson Crusoe y El Quijote. Sentía debilidad por Karl May, de quien leyó casi toda su obra, y admiraba a Shakespeare por encima de Goethe o Schiller. Como muchos autodidactas, Hitler tenía grandes lagunas en su formación, y muchas personas realmente cultas se sonreían ante aquel hombrecillo de barato traje azul que echaba azúcar al vino o repetía mil tópicos sobre arte y literatura con sus aires de sabelotodo dogmático. Desde el principio tuvo a sus libros como sus más preciadas posesiones. Pronto abarrotó las dos librerías de su apartamento en la calle Thiersch, en Munich, y tuvo que apilarlos encima de los muebles. Fueron sus primeros cien o doscientos libros. La corresponsal del New Yorker escribió en 1935 que poseía unos seis mil, más tarde se le calculó una biblioteca de dieciseis mil trescientos volúmenes. La guerra desbarató aquellos papeles y parte fueron quemados, parte enterrados en oscuros sótanos rusos, y parte entregados a la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos.

La celda de Hitler en Landsberg.
Alemania estaba arruinada después de la primera Guerra Mundial. Un dólar valía 17.972 marcos en 1923. En agosto de 1924, 4.620.455 marcos. En septiembre se cambiaba por 98.860.000 marcos. Un mes después, por más de 25.260 millones de marcos. En noviembre, el mismo dólar equivalía a la fabulosa cifra de cuatro billones doscientos mil millones de marcos. Las imprentas no paraban de escupir rollos de billetes de cincuenta mil millones de marcos cada uno, que no valían ni el papel en el que estaban impresos. Comprar el periódico nazi el ocho de noviembre, día del golpe de estado planeado por Hitler en Baviera, suponía pagar cinco mil millones de marcos. El golpe fracasó y una bala perdida pasó treinta centímetros a la izquierda de su pecho, matando a su vecino en la manifestación. Aquel solitario disparo pudo haber cambiado la historia del mundo. Condenaron al golpista a cinco años de reclusión en la fortaleza de Landsberg, convirtiendo al aventurero en un mártir a los ojos de todos los nazis de Alemania.
Se sentía a sus anchas en su cómoda celda con vistas a las montañas. ¿Y porqué no? Le permitían tener un perro y recibir todas las visitas que quisiera. Cada mañana los guardias saludaban con un sonoro
Heil, Hitler al abrir su puerta, y ninguna noche cortaron la luz para que el ilustre huésped pudiera leer hasta la madrugada. Hitler comenzó a escribir su primer libro en prisión para poder pagar a sus abogados. Alguien le convenció de que el kilométrico título que perpetró,
Cuatro años y medio de lucha contra la mentira, la estupidez y la cobardía, fuera sustituido por el más comercial de
Mi lucha. Rudolf Hess desesperó de arreglar el farragoso estilo de su autor y corrigió numerosas faltas de ortografía antes de darlo a la imprenta. Aunque Hitler tenía grandes esperanzas, el primer año apenas se vendieron 9.000 ejemplares. Las ventas cayeron en picado los años siguientes, pero a medida que Hitler fue acercándose al poder, la popularidad de
Mein Kampf aumentó. En 1930 llegó a vender 54.000 libros y en 1933 alcanzó la astronómica cifra de 850.000 ejemplares. El flamante canciller de Alemania, el cabo bohemio, era un hombre rico.

Primera edición de Mein Kampf. Apenas 500 ejemplares.
Mein Kampf siguió multiplicándose incansable durante los años siguientes. El gobierno regalaba un ejemplar a todas las parejas recién casadas de Alemania y los soldados también recibían el suyo, pequeño y portátil, en las estrecheces del frente. Se imprimieron diez millones de ejemplares antes del final de la Segunda Guerra Mundial y fue traducido a más de 16 idiomas, inundando con un río de dinero los bolsillos del dictador. Al acabar la guerra el estado de Baviera heredó la propiedad y prohibió su impresión, excepto las ediciones en inglés, cuyos derechos de autor se destinaron a secretas obras de caridad hasta hoy en día. Algunos parientes de Hitler –existen, y muchos de ellos viven en los Estados Unidos– intentaron pleitear sin éxito para hacerse con la jugosa fortuna en concepto de derechos que correspondía a su autor desde 1925 hasta 1933. Hoy se persigue su venta en casi todo el mundo. Curiosamente, una edición en hebreo y las que se venden en Holanda y Suecia están permitidas. No es difícil conseguir un ejemplar del último libro maldito de la historia a pesar de todo. Incluso se convirtió en un éxito de ventas arrollador en Turquía antes de ser retirado.
El tiempo se agota porque el 31 de diciembre de 2015,
Mein Kampf pasará a ser de dominio público y nadie podrá impedir que se propague por el mundo. A partir de esa fecha su maldad podrá asaltarte desde lo alto de un estante, en un kiosco, o en el escaparate de una librería. ¿Merecen existir todos los libros? Abundan los mediocres, los superfluos y los inútiles. Incluso los hay malvados, querido lector, y las bibliotecas también los albergan. Igual pasa en el mundo con algunos hombres.
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