
Las historias de mensajes y botellas son un pequeño, pero verde brote en el viejo tronco de la literatura. Hay magia cuando echamos la botella al mar y pensamos luego a dónde la llevará la corriente, cuánto durará su viaje, y si alguien, alguna vez, leerá su contenido. Porque se escribe, siempre, siempre, para otro. Incluso los diarios más íntimos suponen la existencia de un lector hipotético que pasee sus ojos por la página, vuelva la hoja y siga leyendo. Náufragos de todas las épocas se han formado ideas parecidas cuando escribían su urgencia y contenían su aliento, mientras la botella formaba una parábola para hundirse un momento en el mar antes de iniciar su viaje. Lo mismo sintió en 1780 la tripulación de cierto barco japonés, embarrancada en un intratable arrecife coralino en mitad del Pacífico. Aquella botella tardó 150 años en llegar a una orilla; demasiado tarde para todo, excepto para probar que la idea no era mala. Otras veces el mar ha sido más diligente y ha transportado el vidrio 30.000 kilómetros por varios océanos, sin que las olas ni las tormentas pudieran nada, hasta depositarlo obediente en manos de su imprevisto destinatario. Los niños son muy dados a esas ensoñaciones, y su insumergible optimismo se ha visto recompensado con lejanos lectores que devuelven el recado, a veces ya de adultos. Esa lógica ingenua también es propia de científicos. A fin de cuentas, ellos han escrito los dos mensajes en botella más puros que hayan flotado nunca tras un lector, esta vez extraterrestre.

La preciosa placa de las Pioneer
El primero de ellos es una humilde placa de aluminio atornillada en las tripas de la sonda Pioneer 10 y en las de su gemela, la 11. Las naves fueron enviadas a principios de los años setenta a explorar los grandes planetas exteriores, Júpiter, Saturno y Neptuno; luego las dejaron perderse en su eterno viaje más allá del sistema solar. Dos científicos soñadores imaginaron los dibujos de las placas ante la eventualidad de que una inteligencia extraterrestre pudiera tener acceso a ellas en el futuro. Pero, ¿cómo escribir un texto inteligible para un remoto lector alienígena? Se aproximaron al problema dibujando un hombre y una mujer saludando en son de paz, y detrás representaron la sonda para dar una idea cabal de nuestro tamaño. Precisaron la ubicación de la Tierra por la distancia que nos separa de catorce púlsares. Arriba a la izquierda, el esquema de un átomo de hidrógeno sirve de reloj universal. Además, el familiar perfil de los planetas de nuestro sistema solar explica la ruta de escape de la nave. Quiénes somos, de dónde venimos, cuándo existíamos, cómo hemos llegado. Hay gruesos libros con menos información en muchas bibliotecas. El otro mensaje partió cuatro años después a bordo de las sondas Voyager 1 y 2. Esta vez se trataba de unos discos de cobre con más información del mundo al que representan. Por una cara figuran las instrucciones de uso y el conocido mapa de de los púlsares y la tierra. Por la otra, unos surcos contienen imágenes, sonidos de ballenas, saludos en acadio, español o chino, y la música incontestable de Beethoven, Bach y Mozart. Para demostrar a nuestros hipotéticos anfitriones que en la vida todo es cuestión de gustos, también viajan las melodías de
El cóndor pasa, una ranchera o el
Johnny B. Goode. Desconocemos de cuáles sacarán más provecho.

El disco de las Voyager

Preparando el mensaje en la NASA
Los posibles lectores de estos mensajes podrían ser parecidos a ti y a mi, querido lector. O entes cuyas vidas fueran tan fugaces como el brillo de una chispa, y su civilización perviviera apenas un parpadeo. Quizás respiren en escalas geológicas, y la duración de las placas sería para ellos como una voluta de humo que se disuelve en el aire. O seres inmensos como un sol, incapaces de percibir los dibujos infinitamente pequeños que les enviamos. Tal vez sean entidades autosuficientes, volcadas en su propio pensamiento y sin conciencia de una realidad que les rodea, como dioses. Y también puede que en un futuro inconcebiblemente lejano nadie recoja el mensaje en la otra orilla del universo. La última señal de la Pioneer 10 se detectó el 23 de enero de año 2003, a 12 mil millones de kilómetros de la Tierra. Tardará 1.690.000 años en acercarse a la gigante Aldebarán, y todavía estará al inicio de su viaje. Las Voyager todavía nos hablan, y su generador nuclear les permitirá seguir haciéndolo hasta el año 2030. Estas viejas naves dan testimonio de los hombres, de sus sueños, de todo un mundo, y por eso sus modestas placas son tan valiosas. Sus mensajes nos sobrevivirán a ti y a mi, lector; también a nuestros descendientes. Es probable que a nuestra especie. Inmunes a estas melancolías, las botellas seguirán flotando impasibles en el espacio sideral, por los siglos de los siglos.
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