
Gulliver rescatado por los isleños de Laputa.
Uno se sienta ante la inmensa planicie del papel blanco y convoca gente. Les imagina un rostro y un carácter, piensa en el color de sus cabellos o en sus gustos a la mesa. A veces cavila cómo fueron sus padres o los hijos que tendrán, las pequeñas cosas que les hace felices y las grandes que detestan profundamente. Entonces los engranajes ruedan y de pronto algo hace clic, sabes que ahí hay algo, y empiezas a escribir. Siempre ha sido así.
Swift utilizó el mismo procedimiento para enviar al cirujano Lemuel Gulliver a la isla flotante de Laputa, donde imaginó una sociedad tan avanzada que ningún descubrimiento científico les estaba vedado. Uno de los muchos hallazgos de sus habitantes fueron dos pequeños satélites que orbitan alrededor de Marte. Describieron también su tamaño aproximado y su trayectoria, y se acercaron sorprendentemente a la realidad ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos. Hoy llamamos a esas dos lunas Fobos y Deimos. La intuición de Swift surgió de unas sencillas cuentas: la Tierra tiene un satélite y en aquel tiempo sólo se habían avistado tres en Júpiter. Era lógico pensar que Marte, que está en medio, tuviera dos. Fue uno de esos casos en los que se acierta por seguir un razonamiento equivocado. Ciento cuarenta y tres años después, Julio Verne introdujo a tres dinámicos exploradores en el interior de un obús y los envío a explorar la Luna. En un momento de su viaje, dejan abierta una espita y los viajeros experimentan la euforia de respirar oxígeno puro. Cuando despiertan de su borrachera, uno de ellos aventura que en el futuro habrá establecimientos con máquinas que dispensen oxígeno a sus clientes. Fue un pronóstico cierto, aunque faltaban más de cien años para que la primera adornara un bar. Éstas son intuiciones razonables, educadas suposiciones que permiten imaginar la suerte del que echa una moneda al aire y acierta. Más difícil de aceptar, en cambio, es el curioso caso de Morgan Robertson.

Morgan Robertson (1861-1915).
El señor Robertson fue un antiguo marino mercante perteneciente a ese inmenso batallón de escritores de segunda fila que luchan penosamente por abrirse paso en la memoria de los lectores. En 1898 escribió
Futilidad, una prescindible novelita de aventuras que cuenta la historia de un naufragio y las penurias de los sobrevivientes. El desastre del
RMS Titanic sucedió catorce años después. El mundo quedó paralizado por la muerte de mil quinientas personas y la derrota de aquel coloso que presumían insumergible. Entonces alguien recordó como en un sueño aquel libro, buscó en un estante y surgió el asombro, pues las coincidencias eran demasiadas para dejarlas pasar. El barco que Robertson invocó era un gran trasatlántico de eslora muy similar a la del auténtico
Titanic. Como él, tenía tres hélices y dos mástiles. Los dos zarparon del puerto de Souhampton y chocaron con un témpano de hielo en el mes de abril a cuatrocientas millas de la costa de Terranova. Los dos navegaban a toda máquina y equipaban el mínimo número de botes salvavidas exigido por la ley. Ambos, al fin, se hundieron y arrastraron en su descenso a más de mil personas. Pero lo más significativo fue, curiosamente, una pequeña diferencia. Robertson había bautizado a su buque insumergible con el nombre de
Titán.
Sentado, mirando al fondo del infinito abismo del papel en blanco, ¿creó el barco o simplemente lo presagió? ¿Profetizó sin saber lo que iba a pasar o –alternativa aún más fantástica– hizo real al
Titanic con el rasgar de su pluma? Sus seis cubiertas, los muebles de caoba, el lujoso reloj tallado que adornaba la gran escalera bajo la cúpula de cristal, su chimenea de mármol, la gran sala estilo Luis XV, ¿se volvieron sólidos mientras Morgan Robertson escribía su novela?


Primera edición de Futilidad, 1898.
El desastre colectivo del
Titanic tiene algo de estadístico y su misma amplitud excede nuestro entendimiento. Podemos, en cambio, abarcar la vida de un solo hombre y sentirnos más cercanos a él. La única novela que Edgar Allan Poe escribió,
Narración de Arthur Gordon Pym, es un apretado relato de desastres, naufragios y asesinatos en alta mar. En una terrible página, el protagonista y tres hombres sobreviven al hambre y la sed agarrados a los restos medio hundidos del bergantín
Grampus. De pronto, el joven grumete Richard Parker se alza y propone echar a suertes la vida de los náufragos. Quien pierda será devorado por sus compañeros. Celebran el sorteo y es el mismo Richard Parker el designado. Lo apuñalan, beben su sangre y arrojan manos, pies, cabeza y entrañas por la borda. Los afortunados devoran los restos durante cuatro memorables días y viven. Cuarenta y seis años después, en 1884, la yola
Mignonnette naufraga a mil seiscientas millas de la costa de Cabo Verde y los cuatro miembros de la tripulación quedan a la deriva en un pequeño bote salvavidas. Pasa el tiempo y al final, sucede. Asesinan al grumete y sobreviven durante treinta y cinco días alimentándose de su cuerpo. El chico se llamaba –estaba escrito– Richard Parker.
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