Acerca del Necronomicón

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Empezamos por un desengaño: el Necronomicón no existe. Lo soñó un pobre hombre, un solitario, que en 1922 incluyó por primera vez aquel libro imaginario en un cuento titulado El sabueso. Lovecraft era capaz de responder con larguísimas epístolas a cualquier admirador adolescente que le escribiera. Era su forma de relacionarse con el mundo, porque ahí podía demostrar su sentido del humor, su simpatía secreta, sus vastos saberes. Más de sesenta mil cartas lo demuestran.

Aquel grupo de corresponsales empezó a imaginar libros que nunca fueron, para distraer el tedio de una realidad que les agobiaba. Algunos resultaron auténticos, como De Masticatione Mortuorum in Tumulis, libro de formidable título incapaz de ser ignorado. Otros salieron de la nada, como el Libro de Eibon, soñado por Clark Ashton Smith. El Cultes des Goules, de Robet Bloch. De Vermis Mysteriis o Misterios del Gusano, del propio Lovecraft. Las Arcillas de Eltdown, de Richard Searight, y el Unaussprechlichen Kulten,
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hijo de Robert E. Howard. Todos estos libros prohibidos trataban de tiempos anteriores al hombre, cuando extraños seres parecidos a pólipos y anfibios venidos de otros mundos caminaban por la tierra corrompiéndola. Ninguno de estos libros puede compararse siquiera al más terrible de todos, el infame Al Azif escrito por el árabe demente Abdul Alhazred hacia el año 700.

Al Azif… de esta manera se llama el ruido que hacen los insectos en el desierto, pero también los cuchicheos que los demonios vierten en los oídos de los hombres para perderlos. Así fue pervertido Abdul Alhazred, y por eso se postró ante Cthulhu y Yog-Shothoth. Como premio le fue permitido gastar sus años en remotos desiertos, contemplando la gloria que se oculta bajo las ruinas de Menfis, Babilonia o Irem, la de las mil columnas. Por su impiedad, Alá consintió que un monstruo invisible lo elevara por el aire una mañana en Damasco, mientras la multitud contemplaba cómo su carne y su sangre era devorada, hasta que un ennegrecido despojo del tamaño de una rata golpeó el suelo. La oscura fama de aquel libro hizo que algunos valientes que apreciaban más la verdad que su alma lo copiaran. Así llegó un gastado códice a manos de Teodoro Philetas, que lo tradujo al griego en Constantinopla. De esa manera, Al Azif se convirtió en el Necronomicón en el año 950. Empezó a usarse en extraños experimentos que avergonzaban a los que conocían las consecuencias de aquellos horrores, y el patriarca Miguel quemó todas las copias que encontró, pero aquel libro se resistió a perderse. Consiguió que Olaus Wormius lo tradujera al latín, para así extenderse por otros países y épocas, hasta nuestros días.

De lo que dice el Necronomicón, apenas sabemos nada. Son pocos los que lo han leído y muchos que lo hicieron quisieron olvidar, pues el hombre no está preparado para mirar a la verdad cara a cara. Sabemos que contiene el famoso pareado acerca de la segunda venida de Cthulhu. Que hay una fórmula para invocar a Yog-Sothoth, un párrafo en lengua naacal y un hechizo para intercambiar la mente con la víctima que elijamos. También está la señal Voorish, que permite hacer visible lo invisible, y en cierta página aparece una línea de asteriscos, señal de algo tan horrible que incluso Abdul Alhazred se resistió a escribirlo. Y nada más.

Esta es la historia del Necronomicón y muchos fueron los fascinados por los prolijos detalles que he comentado. A los que imaginaron estos libros por gusto y diversión, como hacen los dioses, les sucedieron los que les gustaría creer, como les ocurre a los hombres. Empezaron a surgir copias apócrifas del libro. Ediciones baratas llenas de embustes o carísimas ediciones de bibliófilo, para sibaritas que gustan del terciopelo. Hay una edición que pretende cruzar los mitos sumerios con el Necronomicón. Otra presume estar escrita en lengua dúrica, y su contenido es ilegible. Otra afirma ser copia directa de la fabulosa traducción de John Dee. Todas son falsas.

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La biblioteca del Colegio Nacional de Buenos Aires
Pero éstas son señales de lo que ha de venir, pues el tiempo de los que quieren creer está pasando, y se acerca la hora de los verdaderos creyentes. Cuando los hombres creían en unicornios, muchos compraban sus cuernos para protegerse. Mientras creían en un dios, sus milagros se derramaban sobre el pueblo. La mente de los hombres funciona por ese extraño idealismo. El Necronomicón ha empezado a aparecer en catálogos de libreros de viejo; está en las listas de los más buscados de algunas librerías. Ya aparece en las fichas de ciertas bibliotecas. Lovecraft vaticinó cuatro lugares reales para su libro imaginario. Un ejemplar lo guarda el Museo Británico bajo llave; otro está sepultado en las infinitas entrañas de la Bibiothèque Nationale de París. El tercero duerme en la Biblioteca Widener de Harvard. El último, el que ha de aparecer, lo custodiaba la Universidad de Buenos Aires. En 1885 la Biblioteca Central de la Universidad de Buenos Aires fue dispersada, y sus mejores fondos los recibió el Colegio Nacional de Buenos Aires. Aún se enseñan tras sus muros latín y griego, y en su azotea reposa un telescopio astronómico. Deslumbrado por estas aterradoras simetrías, un día un verdadero creyente engarfiará su dedo y extraerá el auténtico Al Azif de un estante. Un segundo antes el libro no existía y el universo nos resultaba familiar, casi doméstico. A partir de entonces, el mundo será distinto a como era. Cuídate, lector, porque aquello que deseamos puede hacerse realidad.

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