Acerca del Necronomicón
26/05/09 09:28
Aquel grupo de corresponsales empezó a imaginar libros que nunca fueron, para distraer el tedio de una realidad que les agobiaba. Algunos resultaron auténticos, como De Masticatione Mortuorum in Tumulis, libro de formidable título incapaz de ser ignorado. Otros salieron de la nada, como el Libro de Eibon, soñado por Clark Ashton Smith. El Cultes des Goules, de Robet Bloch. De Vermis Mysteriis o Misterios del Gusano, del propio Lovecraft. Las Arcillas de Eltdown, de Richard Searight, y el Unaussprechlichen Kulten,
Al Azif… de esta manera se llama el ruido que hacen los insectos en el desierto, pero también los cuchicheos que los demonios vierten en los oídos de los hombres para perderlos. Así fue pervertido Abdul Alhazred, y por eso se postró ante Cthulhu y Yog-Shothoth. Como premio le fue permitido gastar sus años en remotos desiertos, contemplando la gloria que se oculta bajo las ruinas de Menfis, Babilonia o Irem, la de las mil columnas. Por su impiedad, Alá consintió que un monstruo invisible lo elevara por el aire una mañana en Damasco, mientras la multitud contemplaba cómo su carne y su sangre era devorada, hasta que un ennegrecido despojo del tamaño de una rata golpeó el suelo. La oscura fama de aquel libro hizo que algunos valientes que apreciaban más la verdad que su alma lo copiaran. Así llegó un gastado códice a manos de Teodoro Philetas, que lo tradujo al griego en Constantinopla. De esa manera, Al Azif se convirtió en el Necronomicón en el año 950. Empezó a usarse en extraños experimentos que avergonzaban a los que conocían las consecuencias de aquellos horrores, y el patriarca Miguel quemó todas las copias que encontró, pero aquel libro se resistió a perderse. Consiguió que Olaus Wormius lo tradujera al latín, para así extenderse por otros países y épocas, hasta nuestros días.
De lo que dice el Necronomicón, apenas sabemos nada. Son pocos los que lo han leído y muchos que lo hicieron quisieron olvidar, pues el hombre no está preparado para mirar a la verdad cara a cara. Sabemos que contiene el famoso pareado acerca de la segunda venida de Cthulhu. Que hay una fórmula para invocar a Yog-Sothoth, un párrafo en lengua naacal y un hechizo para intercambiar la mente con la víctima que elijamos. También está la señal Voorish, que permite hacer visible lo invisible, y en cierta página aparece una línea de asteriscos, señal de algo tan horrible que incluso Abdul Alhazred se resistió a escribirlo. Y nada más.
Esta es la historia del Necronomicón y muchos fueron los fascinados por los prolijos detalles que he comentado. A los que imaginaron estos libros por gusto y diversión, como hacen los dioses, les sucedieron los que les gustaría creer, como les ocurre a los hombres. Empezaron a surgir copias apócrifas del libro. Ediciones baratas llenas de embustes o carísimas ediciones de bibliófilo, para sibaritas que gustan del terciopelo. Hay una edición que pretende cruzar los mitos sumerios con el Necronomicón. Otra presume estar escrita en lengua dúrica, y su contenido es ilegible. Otra afirma ser copia directa de la fabulosa traducción de John Dee. Todas son falsas.

La biblioteca del Colegio Nacional de Buenos Aires
