En el nombre de Roma

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Jano, el dios palíndromo de los principios y los finales.
La arqueología sospecha que, en algún momento indeterminado entre el siglo X y el VIII antes de Cristo, varias chozas brotaron en lo alto de unas colinas en la margen izquierda de un río llamado Albula. La literatura es más precisa: la mañana del veintiuno de abril del año 753 a.C., al amanecer, dos hermanos escalaron esas mismas colinas para ganarse el derecho a fundar una ciudad. El primero vio seis buitres, el otro doce y el ganador, como era costumbre, unció un buey y una vaca blancos. Luego, aró con una reja de bronce y trazó un profundo surco, cuidando que los terrones de tierra cayeran dentro del perímetro dibujado. Aquella rodada fue la muralla inviolable de la ciudad. Le bastó con levantar el arado durante unos pasos para imaginar las puertas. Remo, envidioso del resultado, saltó el surco y Rómulo tuvo que repeler su primera invasión matándolo a golpes. Después, excavó un pozo en el centro de aquel cuadrado y los flamantes ciudadanos del descampado arrojaron a su interior un puñado de la tierra de donde procedían. Aquel día Roma recibió dos nombres.

Un buen nombre es lo más importante para cualquier recién nacido. Cuando los generales romanos asediaban una ciudad y presentían cercana su caída, tentaban a sus dioses con un mejor trato en Roma si se pasaban al bando vencedor. El ruego era incomparablemente más efectivo en el caso de que se interpelara a la divinidad directamente. Este soborno era tomado muy en serio por los sitiados. Durante el sitio de Tiro por Alejandro Magno, los defensores encadenaron la estatua de Apolo al altar de Hércules para evitar su deserción. No extraña que la identidad del dios protector de Roma fuera considerada el mayor de todos los secretos. Estaba prohibido preguntar acerca de su naturaleza y ni siquiera se sabía si era macho o hembra. Únicamente conocían su nombre el Pontífice Máximo, la Vestal mayor, las sacerdotisas de Angerona y, con el correr de los años, el propio emperador, que apenas se atrevía a pronunciarlo entre dientes en las ceremonias señaladas.

Quinto Valerio Sorano debería haber pasado a la posteridad por ser el ingenioso inventor del sumario, ese atajo maravilloso que nos libera de zamparnos entero cualquier libro en busca de un pasaje concreto y por el que todos deberíamos estarle eternamente agradecidos, pero un desliz lo llevó a formar parte de esta historia. Cicerón dejó escrito que fue un erudito preocupado por los asuntos filológicos y la literatura griega y latina. No apreciaba en la misma medida su oratoria, que calificaba de mediocre. El origen de Quinto Valerio tuvo mucho que ver. Nuestro hombre era un provinciano, hoy diríamos que casi un pueblerino, y sus gestos y su acento distaban mucho de la sofisticada prestancia de un auténtico romano. A nadie extrañó que tomara partido por el populista general Mario. Siendo tribuno de la plebe, publicó un largo poema titulado Epoptides, cuyo título podría traducirse como Los iniciados o Los vigilantes. Suponemos que lo equipó con su imprescindible sumario, pero nada podemos asegurar, porque en el libro reveló el nombre secreto de Roma y todas los ejemplares fueron perseguidos. El motivo de su traición no está claro. Algunos especulan que fueron razones religiosas las que le llevaron a cometer el sacrilegio, otros lo pintan como un resentido. Tal vez solo fue uno de esos sabios ingenuos que consideran que todo puede encontrar acomodo en un libro. Cuando supo del escándalo, huyó de Roma y marchó a buscar refugio en Sicilia, donde fue apresado por orden del Senado, torturado con esmero y piadosamente crucificado.

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Rómulo mata a Remo. Grabado de Augustyn Mirys.
A partir de aquel día, descubrir al misterioso benefactor se convirtió en el pasatiempo favorito de cualquier estudioso con sangre en las venas. Macrobio propuso a Ops, la vieja diosa sabina de las cosechas, cuyo nombre en latín significa abundacia. Plinio sugirió el nombre de Valentia por el caracter guerrero de la ciudad. No faltaron quienes afirmaron que la diosa Angerona era la guardiana del secreto, pues por algo se la representaba amordazada y con el dedo índice posado en su boca en su estatua del templo de Volupia. También se pensó en el mismo Júpiter, en Luna, en Sorania, en Hirpa o en Florens. Poliziano, muchos siglos después, supuso Amarilis o Antusa. El enigma nunca será resuelto porque ninguna copia de Epoptides ha sobrevivido. Apenas quedan dos solitarios versos citados por San Agustín –«Omnipotente Júpiter, padre de los reyes, de las cosas y de los dioses, madre también de los dioses, único dios y todos los dioses»– y la certeza de que el secreto de Roma permanecerá oculto para siempre.

Tenían razón los romanos. Todo lo nombrado existe o se vuelve real al ser pronunciado. Mencionar algo supone identificar lo que es o, al menos, asegurarse de lo que no es. El universo no es sino una cápsula de información, una baraja de letras, y Rómulo debió pensar con nostalgia en su gemelo y en su destino simétrico cuando ofrendó un puñado de tierra al pozo. Cien años después de la ruina del Imperio, el historiador bizantino Juan Lido conjeturó que el verdadero nombre de la ciudad siempre había sido evidente y siempre había permanecido oculto, pues Roma, leído al revés, es Amor. Confieso que, de entre todos los posibles, el del viejo Lido es mi favorito. Una idea tan bella por fuerza ha de ser cierta.

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