Sucedió en Yolco

argo
Sujetando una rama del roble sagrado de Dodona en el Argos.
Volos es como tantas otras. Ni muy grande, ni muy pequeña. Una vía de tren la recorre hasta el puerto como una antigua cicatriz. Polígonos industriales en las afueras. Casas y más casas en el centro, todas nuevas y de parecida altura. Nada distingue a Volos de otras ciudades incoloras, inodoras e insípidas, pero no siempre fue así. La ciudad muere de golpe al Este, como si las calles quedaran sin resuello al trepar por la ladera. Es el comienzo del monte Pelión. A la sombra de sus pinos –idénticos a los de ahora, pues a diferencia de los hombres los árboles no cambian–, se peinaban las ninfas y en una de sus cuevas vivió Quirón, el centauro que educó a Aquiles y a Teseo. Allí manaba el Anauro, apenas un arroyo que alimentaba la ciudad que crecía a sus pies. Porque has de saber que la previsible Volos fue antes Yolco, y por sus calles de tierra caminaron hombres desnudos y hombres vestidos de bronce. Hércules y Orfeo se afanaron en su puerto mientras Cástor y Pólux peleaban bajo una parra jugando a ver quién era el más fuerte. Y la orilla que ahora está repleta de yates de fibra de vidrio es la misma que vio construir el barco más famoso de todos los tiempos, el Argo, que podía hablar y cabalgaba sobre las olas más rápido que ningún otro.

volos
El puerto de Volos en la actualidad. Al fondo, el monte Pelión.

Jasón perdió una sandalia al vadear el Anauro cuando iba a reclamar el reino a su tío Pelias. Una profecía advirtió al usurpador que se guardara del hombre de una sandalia, y envió a Jasón al otro extremo del mundo a que muriera en el intento de traer a la ciudad el vellón de un carnero sagrado que colgaba de un roble. Pero Jasón enamoró a Medea, y con su ayuda pudo regresar a Yolco para vengarse de su tío. Atracó el barco en una cala oculta y esperó indeciso. Pelias había gobernado con prudencia y los de Yolco aprobaban su mando, sabedores al fin y al cabo que todas las dinastías comienzan o acaban con un crimen. Entonces Medea saltó a tierra arrastrando una estatua hueca de Artemisa donde había escondido un corderito. Llegó a las puertas de la ciudad y los centinelas la dejaron pasar, temerosos de aquella sacerdotisa que chillaba y se retorcía con los ojos en blanco pidiendo ser llevada ante el rey. Pelias era ya un viejo desdentado. Apareció tembloroso, arrastrando sus pies por el polvo mientras se apoyaba en el hombro de una de sus hijas y preguntó aterrado qué quería de él la diosa. “¡Oh, rey!, –contestó Medea– he venido de tierras muy lejanas, pues Artemisa me ordena que en premio a tu piedad te devuelva la juventud.” Nada había que deseara más ardientemente Pelias. Añoraba volver a desear a una mujer y escapar del sueño de los viejos, que es amargo porque no descansa. Huir de los horrores de la vejez, que nos vuelve indignos, de las íntimas derrotas de la decrepitud, de no poder mascar la comida ni ser dueño de la vejiga.

muerte_pelias
La muerte de Pelias.
Pero Pelias era astuto y dudaba. Entonces Medea pidió el carnero más viejo que pudieran encontrar. Llevaron un animal legañoso, todo cuernos y pellejo, débil hasta para resistirse cuando la bruja clavó un puñal en su cuello. Apenas brotó un chorro de sangre aguada. La mujer despedazó al animal y lo echó a un gran caldero mientras revolvía el agua hirviente con un cucharón. Unos pases, unos rezos en lengua extraña, un oportuno escamoteo, y el corderito que aguardaba escondido en el interior de la estatua saltó ante los asombrados ojos de Pelias. Ahora el viejo creía y se arrodilló ante la bruja. Un hilo de baba colgaba de su barbilla mientras lloraba suplicando por la nueva oportunidad. Medea le ordenó desnudarse y tenderse sobre una mesa. Pidió a sus hijas que lo descuartizaran, pero las muchachas dudaron, pues ninguna se sentía con fuerzas para degollar a su padre. Entonces el viejo se incorporó a medias en la mesa y comenzó a insultarlas y a suplicar entre chillidos. Empezaron sin mirar, más avergonzadas de la desnudez que de las heridas, y la sangre de Pelias corrió por toda la mesa. De pronto el pelele se levantó, todo él una gran herida, pues pareció arrepentirse en el último momento. Aquella inesperada resistencia pareció excitar extrañamente a las muchachas. Acabaron el trabajo, lo desmembraron y arrojaron alegremente los trozos al caldero que borboteaba en una esquina. Contemplaron sonrientes el caldo, viendo cómo la carne se cocía lentamente y perdía su color. Cuando sus miradas comenzaron a cambiar, Medea desapareció oportunamente en la oscuridad del palacio y volvió a los brazos de Jasón. Fue la venganza más terrible de toda la antigüedad.

Nadie recuerda en Volos lo que pasó hace tanto tiempo en aquel lugar. Nadie sabe tampoco porqué Pelias se incorporó de imprevisto cuando vio acercarse la muerte. Quizás su último pensamiento fuera para una profecía que escuchó en su juventud y que siempre le había infundido valor: “Elegirás la manera y el momento de tu muerte, y lo harás rodeado de los tuyos.”

Puedes leer más sobre este asunto aquí, aquí, aquí, aquí y aquí
Bookmark and Share

orla