La razonable biblioteca de Samuel Pepys

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El razonable señor Pepys
El empelucado caballero que nos contempla tan digno a la derecha, atendía al nombre de Samuel Pepys. En vida fue un eficiente funcionario del gobierno de su Majestad el Rey Jacobo II de Inglaterra. Ya difunto, pertenece a ese fastidioso club de escritores que se han ganado un puesto en la historia de la literatura sin pretenderlo. El señor Pepys escribió durante nueve años un diario tan sincero que se mantiene caliente y cercano 340 años después, como si conociéramos en persona al autor y –encima– nos cayera simpático. Fue un hombre diligente, curioso y extrovertido, con sólo dos terrores en su vida. El primero era quedarse ciego y por eso interrumpió la escritura del diario, al que culpaba de arruinar su vista. El segundo, más punzante, era un cerval pánico a la señora Pepys, que no perdonaba sus infidelidades con las criadas y tronaba furiosa persiguiendo a su esposo por toda la casa. Los dos se querían tiernamente. Además, el señor Pepys estaba adornado con ese raro sentido común que hace las cosas prácticas, razonables y sencillas. Como su biblioteca.

Encargó construirla en roble y con puertas de cristal, una novedad que resguardó a sus libros del polvo y la luz solar. Mandó encuadernar todos los ejemplares igual, y así puso fin a esa molestia que hace que todos los asiduos a librerías balanceemos nuestras cabezas como badajo de campana, mientras leemos los lomos de abajo a arriba y de arriba a abajo; en dos mil años nadie ha llegado aún a un acuerdo de cómo titular el canto de los libros. Ordenó sus ejemplares con el criterio más objetivo que pueda pensarse: por tamaño. Todas las demás clasificaciones se han revelado ambiguas e imperfectas; siempre hay libros que escapan a un determinado género o categoría. Resolvió renovar los que guardaba a lo largo de los años pues, como las personas, el libro que atesoramos a los veinte puede convertirse en odioso o antipático a los cuarenta. Por último, decidió cuántos debía contener: tres mil. Ni uno más, ni uno menos.

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Ratón de biblioteca, de Carl Spitzweg
La cantidad de libros a custodiar es la elección más difícil en toda biblioteca. Séneca despreciaba a un conocido que había cometido la imperdonable falta de juntar cien volúmenes. Le parecía imposible sacar tiempo para leerlos todos. Otros, en cambio, han almacenado libros en un impulso irresistible. Tres mil es un bonito número. Calcula leer un libro a la semana, un logro notable si te enfrentas a obras del tonelaje de El conde de Montecristo, Los miserables o Guerra y paz. Multiplica esas semanas por los años activos de lectura de un ser humano, por ejemplo 65. La cifra de libros  que un lector puede abarcar es de 3.380 aproximadamente. Eso incluye los libros mediocres, los errores y las pérdidas de tiempo. Resta las rachas de la vida que nos impiden leer o nos privan de su apetito, y ten en cuenta el íntimo placer de la relectura, que nos hace volver a aquellas obras que tanto han significado. Suma, por fin, una cantidad razonable de obras de consulta. Tres mil libros se nos aparecen como una cantidad justa y manejable. La tarea para toda una vida.

Pero no detengamos los cálculos ahora. Pongamos que el grosor medio de los libros de nuestra biblioteca imaginaria sea de siete centímetros y que el armario mida siete baldas de altura. Todo lo que podremos leer en nuestra vida se acomodaría en treinta metros de estanterías. Un corto paseo que nos recuerda lo mucho que hay para leer y lo poco que permaneceremos en pie. Y la lista de libros imprescindibles es tan larga… La ristra de títulos que nos urgen no poder dejar de leer es demasiado extensa. Por eso, este sencillo armario ideal nos enseña en qué debemos ocupar nuestros ojos. Un recordatorio de que hay que leer sólo por gusto y por placer. La vida es demasiado valiosa para preocuparse por un canon.

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