Nevermore!

Perdóname cierto cambio de planes, amigo lector, pero no podía dejar pasar la ocasión. Sabrás por otros –y si no lo sabes, yo te lo cuento–, que este mes de enero se ha cumplido el 201 aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Escritores borrachos ha habido muchos. Algunos, como Jack London, Bukovski o Scott Fitzgerald, hubieran sido capaces de tumbar a nuestro hombre en una competición de habérselo propuesto. Sin embargo, Poe es el más famoso, y aunque hay quien opina que murió de rabia y no vencido por el delirio alcohólico, su reputación le persigue hasta la tumba.
Fue enterrado un ocho de octubre a las cuatro en el bonito cementerio de la Iglesia de Westminster, en Baltimore. Sabemos que la tarde fue gris y destemplada, y la comitiva, escasa. El reverendo que ofició el funeral paseó la vista por el pequeño grupo que permanecía ante él, sopesó su entusiasmo y decidió suprimir el sermón para que todos pudieran regresar a sus casas cuanto antes. A una seña suya el ataúd de caoba descendió al hoyo y la diminuta comitiva se desperdigó como arrastrada por el viento. Toda la ceremonia transcurrió en apenas tres minutos. Una simple lápida con el número ochenta marcó el lugar, y a su sombra descansó Poe durante veintiséis años. Pero los huesos famosos tienden a ser inquietos, pues los vivos acostumbramos a revolver sus tumbas, a buscarles una lápida mejor o un cenotafio más digno, y las ciudades donde nacieron, vivieron o murieron los ilustres fiambres se disputan sus despojos. Por una vez, Poe tuvo suerte. Trasladaron sus restos unos pocos metros, bien cerca de la puerta de la iglesia, y acostaron a su tía Maria Clemm a su derecha, y a su adorada niña mujer, Virginia, cuyos huesos habían pasado diez años guardados en una caja bajo la cama del primer biógrafo de Poe esperando la ocasión para reunirse con su amado, a su izquierda.

El brindis de 2008.

Esperando al misterioso visitante en 2009.
Cuarenta y cuatro años después, en 1993, el misterioso visitante dejó una última nota: “La antorcha será pasada”. Aquel hombre había envejecido rindiendo tributo a su lejano amigo y muchos temieron que estaba enfermo de muerte. La oscura figura volvió fiel a su cita los años siguientes, y los curiosos que con temor reverencial se agolpaban a las puertas del cementerio creyeron ver a alguien más joven y más fuerte, un auténtico gigante de casi dos metros. Aventuraron que la tradición seguía en manos de un hijo o de algún misterioso sucesor, pero se enfurecieron cuando leyeron las notas dejadas en la tumba, que juzgaron indignas de Poe. En 2006 el público saltó el muro del cementerio y trató de desenmascarar a aquel hombre, pero no pudieron hacerlo. Y este año, por primera vez en sesenta y uno, nadie hizo un brindis ni dejó rosas en su lápida. Muchos temen que no volverá a haberlas.
Las tumbas de ciertos escritores son lugares habitados por viejos fantasmas familiares. Algún día, mi estimado lector, visitaremos la de Stevenson, posada en lo alto del monte Vaea, en Samoa, donde el bacilo de la tuberculosis le dio finalmente caza tras perseguirlo por medio mundo. O la melancólica tumba de Tolstói, siempre cubierta por la nieve y rodeada de árboles al borde de un pequeño barranco donde una vez jugó de niño. O la siniestra de Julio Verne, con una escalofriante figura que escapa del sepulcro. O la desencantada de Sade, que mandó abrir un hoyo en el bosque y sembrarlo de bellotas para así desaparecer de la memoria de los hombres, y fue enterrado en el manicomio de Charenton con una afrentosa cruz de piedra clavada sobre su cabeza. Pero ahora velamos a Poe, el más desgraciado de los hombres, y como homenaje te pido que leas este fragmento de uno de sus cuentos. A poder ser, amigo mío, sorbiendo una copa de amontillado.
“Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara”.
