
El improbable Reino de Santa María la Redonda.
Un noche, a finales de julio de 1865, el señor Matthew Dowdy Shiell navegaba a todo trapo rumbo a su casa en la isla de Montserrat con el alma en un puño. Tras casi veinte años de honesto matrimonio, una goleta y ocho hijas, su mujer, la antigua esclava Priscilla Ann Blake, había parido un varón. El señor Shiell se sentía en la cima del mundo, ¿cómo no estarlo? Era más blanco que la mayoría de sus vecinos, mucho más educado y se había convertido en un respetado miembro de la comunidad que lo mismo cortaba trajes que comerciaba por las Antillas o predicaba desde el púlpito. Creía ver en el horizonte la gibosa silueta de Montserrat, cuando al pasar cerca del islote de Redonda quedó un rato ensimismado mientras contemplaba cómo las olas rompían contra el acantilado a la luz de la luna.

M.P. Shiel, Felipe I (1880-1947)
Por sus venas corría sangre negra, pero su padre descendía de irlandeses. Sabía que los hombres ricos escogen sus antepasados, lo mismo que eligen un buen caballo, el mejor asiento en la iglesia o una gran casa con vistas al mar. En aquel momento decidió que su casta era real, y tomó posesión de aquel peñasco y de todo lo que contenía. Su hijo sería rey.
Le llamó Matthew Phipps y cuidó de enviarlo a Barbados a que recibiera la educación que todo buen caballero debe adquirir. El día que el muchacho cumplió quince años, su orgulloso padre contempló en primera fila cómo el obispo de Antigua le coronó Rey de Redonda con el cristiano nombre de Felipe I. Las malas lenguas murmuran que nunca hubo tal ceremonia, que su padre provenía de la carne de presidio irlandesa que los ingleses enviaron a machetear los campos de Montserrat, pero ésta es la historia del ilusorio Reino de Redonda y de sus literarias genealogías, y esas crueles murmuraciones no han de ser tenidas en cuenta. La isla no pasaba de ser una pequeña roca plantada en medio del Caribe,

John Gawsworth, Juan I (1947-1970)
sin agua potable ni árboles que permitieran a un colono sobrevivir en compañía de lagartos y alcatraces. El guano que alfombraba su costa la volvió valiosa, y los ingleses decidieron apropiársela. Ajeno a los vaivenes de su ficticio reino, el joven Mathew Phipps resolvió marchar a la lejana Inglaterra, pues sufría de la más terca manía que puede afligir a un hombre: tenía vocación de escritor.
M. P. Shiel –así se hizo llamar desde entonces– fue un hombre de talento. Comenzó a publicar una serie de libros de ciencia ficción que le dieron una modesta, pero sólida fama. La obra de Shiel fue creciendo copiosa con los años, pero en algún momento su carrera se torció; aprovechó una reimpresión de cuatro de sus novelas para recordar los lejanos tiempos de Redonda y su legendario título real. Ya nadie sabe si la historia del reino fue un ardid publicitario o un recuerdo genuino, pero a partir de entonces la monarquía redondina fue contemplada por sus vecinos como un encantador cuento caribeño. Al final de sus días Shiel hizo amistad con un joven poeta llamado John Gawsworth, le nombró su albacea literario y abdicó a su favor. Redonda tenía nuevo rey.

John Wynne-Tyson, Juan II (1970-1997)
Ignoramos si Shiel tomó en serio la historia de su hipotética corona, es seguro que John Gawsworth la llevó en su corazón. Se hizo llamar Juan I y durante los veintitrés años que calentó el trono, decidió poblar su isla con la aristocracia de las letras. Así surgió la nobleza en Redonda. Arthur Machen fue nombrado archiduque, Henry Miller alcanzó el rango de Duque de Thuana, Lawrence Durrell fue Duque de Cervantes Pequeña, Neruda se convirtió en gran chambelán. Hubo también condes y marqueses, caballeros y arzobispos. Los golpes de la vida y la sospecha de su propia mediocridad acabaron convirtiendo al buen Juan I en un borracho que ofrecía audiencia en el pub
Alma, al oeste de Londres. Acodado en la barra, Su Alcohólica Majestad concedió ducados y prebendas en el envés de un posavasos a cambio de un convite, una limosna o unos minutos de conversación. De aquellos tragos nació la inmensa corte de arribistas que luego se consideraron dignos pretendientes. En 1958 intentó aliviar su miseria poniendo en venta la corona. Publicó en la sección de anuncios personales del Times un escueta frase: “
Monarquía caribeña con prerrogativas reales. Mil guineas”. Hubo quien pujó en serio. Incluso un miembro de la familia real sueca acarició la idea de anexionar Redonda. John Gawsworth debió intuir oscuramente que aquella improbable corona justificaba su vida y retiró la oferta en el último momento. El rey poeta murió en 1970, sobrio como una monja, y en un arranque de dignidad final cedió el cetro y los derechos literarios de la dinastía al editor John Wynne-Tyson, Juan II.

Los pretendientes reales Roberto I el Calvo y León I.

Javier Marías, Xabier I (1997-20??)
A Juan II le agobiaba el peso de Redonda. Guerreó incómodo contra pretendientes que clamaban ser los herederos legítimos, hasta que sus pasos se cruzaron providenciales con los del escritor Javier Marías, que interesado en el triste destino de Juan I, emparedó su historia entre las páginas de varios de sus libros. Wynne-Tyson juzgó a Marías como un digno sucesor y abdicó en 1997. Xabier I prolonga desde entonces la dinastía del último reino literario de los hombres y su gobierno promete ser largo y feliz. Manda publicar en la Imprenta Real la olvidada obra de los anteriores monarcas y aumenta el esplendor de su corte nombrando nuevos duques. Dos de sus mayores adversarios, los pretendientes León I y Roberto I el Calvo, han muerto recientemente, así que las disputas por la sucesión parecen haber cesado al fin. O quizá no. Los partidarios de Roberto el Calvo ofrecen su corona en el Real Club Náutico de Antigua y Barbuda a la persona que mejor cumpla con sus requisitos. Tal vez tú puedas convertirte en el nuevo rey de Santa María la Redonda, amigo lector.
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