El interminable diario de Robert Shields


El reverendo Robert Shields (1918-2007)
Dicen que las grandes empresas se acometen en la primera mitad de la vida, como si después de los cuarenta uno ya no fuera lo que es más lo que podría ser. A partir de esa edad el cuerpo y el alma se fosilizan, convertidos en duros minerales que sólo se muestran tal y como son, poco presente y mucho pasado. Tal vez sea esa la mejor definición de la vejez.

El reverendo Robert Shields no hizo caso de esas señales cuando a los cincuenta y cuatro años inició el proyecto de su vida, escribir el diario de su monótona existencia. El aburrido reverendo se rebeló como un escritor ambicioso, quería un reflejo exacto de todo lo que hacía, pensaba o soñaba. Comenzó por sentarse en paños menores en un cuartucho del porche de su casa de Dayton, y se puso a escribir sin tregua lo que acontecía en su vida en rápidos intervalos de cinco minutos. Nada se le escapaba. Las comidas que hacía, el tiempo exacto que tardaban los macarrones en calentarse, su sabor y textura. Describía con fascinada exactitud las veces que iba al cuarto de baño y la cantidad de papel higiénico utilizada. Cada centavo que gastaba y en qué lo empleaba. Cuándo cambiaba las bombillas de su casa. Anotaba su presión sanguínea y temperatura corporal. Incluso se propuso transcribir la naturaleza escurridiza de sus sueños.


Una de las páginas del diario
El método del reverendo era simple, pero muy efectivo. Sólo se permitía intermitentes siestas de dos horas, y entre ellas anotaba obsesivamente los infinitos matices de una realidad siempre cambiante. Acabó por no querer salir de casa, temeroso de no poder tomar suficientes notas que le permitieran reconstruir las breves salidas de la oscuridad de su cuartito. Las páginas del diario comenzaron a reproducirse rápidas, amontonadas en pilas que atestaban la casa. En un mal año, el señor Shields apenas conseguía teclear un millón de palabras. En uno bueno, podía triplicar su propia marca.

¿Qué pretendía el reverendo? Tal vez algo parecido a la eternidad, pues había empaquetado toda su vida en aquel diario. Allí permanecería, reencarnado en duradero papel, sobreviviendo por escrito a su próxima muerte. Puede que sólo viviera frente a su diario y el resto del tiempo percibiera un universo borroso, un presente que fluye sin posibilidad de sujetarlo. En cualquier caso, el experimento literario de Robert Shields estaba condenado al fracaso. Podía escribir sus reflexiones sobre Dios, la temperatura exacta a la que se cocinaron sus macarrones –350 grados–, o la cantidad de orina expulsada de su cuerpo el veinte de mayo de 1984 a las seis y media, pero a medida que aumentaba el detalle de su historia, debía dedicar más y más tiempo a transcribir la actividad central de su existencia. Tendría que escribir que escribía. Acabaría por llenar miles de páginas con ese argumento circular, escribiendo que escribe que escribe. Persiguiendo incansable el instante mágico del presente, que cuando llega deja de ser. Un notario condenado a dar fe de si mismo el resto de su vida, ajeno a cualquier otra cosa.


Zenón de Elea (480?-430? adC)
No recordaba el reverendo que dos mil quinientos años antes otro hombre había ensayado una historia parecida. Zenón de Elea había desafiado a sus contemporáneos contándoles lo que le pasó a Aquiles con la tortuga. La tortuga reta al guerrero a una carrera y éste le concede unos pasos de distancia. Comienzan a correr y en un par de grandes zancadas, Aquiles llega al punto donde la tortuga comenzó, pero ésta ya ha avanzado un poco. El héroe cubre esa distancia pero la tortuga ha recorrido otro trecho, aunque más pequeño. Cuando Aquiles llegue a ese lugar, la tortuga estará un poco más alejada, y así sucesivamente. Aquiles, el de los pies ligeros, nunca podrá alcanzar a la tortuga. Aún hoy, hay filósofos que piensan que la paradoja no ha sido vencida.

Veinticinco años después de que todo empezara, una embolia detuvo al incansable Robert Shields. Había conseguido acumular el diario más extenso de la humanidad. Treinta siete millones de palabras embutidas en noventa y un grandes cajas de cartón que donó a la Universidad del Estado de Washingthon y que aguardan a un lector del futuro lo suficientemente valiente como para recorrerlas. Sólo así se sabrá si aparte de sus actos transmitió su alma. Entonces, el aburrido señor Robert Shields volverá a la vida.

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