El ilegible Codex Rohonczi

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De nuestro próximo libro apenas podemos afirmar otra cosa que existe. Nuestra ignorancia es tanta que ni siquiera estamos seguros de que sea un libro. Tiene su talla, sí. Usa tinta. La filigrana del papel sugiere que fue fabricado en Venecia a comienzos del siglo XVI. Aquí acaban nuestras certezas. ¿Quién es su autor? No se sabe. ¿Cuál es su título? Se desconoce. ¿De qué trata? Nadie ha sido capaz de leerlo. Irrumpió en la historia de los hombres en 1838, cuando el conde húngaro Gusztáv Batthyány vivía feliz criando caballos pura sangre en Londres. Cierto día, Gusztáv sintió un agradable cosquilleo patriótico y donó la biblioteca familiar de su palacio en Rohoncz a la Academia de Ciencias de su lejano país. El discreto librito asomó entonces, y no tardó en llamar la atención del bibliotecario que fatigaba sus páginas como el que se inclina por primera vez a un pozo demasiado hondo.

Nadie había visto cosa igual: 224 diminutas hojas del tamaño de una agenda repletas de unos misteriosos signos en apretados renglones escritos de derecha a izquierda. Los estudiosos contaron más de doscientos símbolos distintos, cantidad que hacía pensar en un lenguaje de ideogramas o en algún sistema silábico desconocido, y los intentos de descifrarlo se sucedieron sin éxito. Primero pensaron en un antiguo dialecto húngaro, pero pronto extendieron sus redes al daciano, al rumano, al cumano e incluso a la remota escritura brāhmī de la India. Exasperados, probaron leerlo girado al revés o reflejado en un espejo. Todo fue en vano. Para complicarlo más, 87 dibujos de bárbaro estilo aligeran el espesor del texto. Los pueblan reyes, ángeles, sacerdotes y guerreros, pero su propósito también es oscuro. Los familiares signos de la cruz, la media luna y la esvástica se suceden entre los personajes como queriéndonos sugerir un lugar y un momento concreto, pero indeterminado.

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Los que se han dado por vencidos afirman que todo es una colosal broma del anticuario transilvano Sámuel Literáti Nemes. Presentan como argumento su pasado de exquisito falsificador de antigüedades, de fabricante fantástico y misterioso de las fraudulentas tablillas romanas de Massman o del libro de madera de Túróc. Imaginan que su patriotismo le llevó a inventar la reliquia para prestigiar el pasado de su pueblo, los székely, que se tenían como ilustres hijos de Atila. Estos estudiosos son los que apuestan por lo probable y pocas veces se equivocan, aunque las evidencias son circunstanciales y todo el razonamiento no es más que un educado salto al vacío. Los que aún sueñan con leer el libro aducen que han encontrado repeticiones, normas y pautas en el texto. Sugieren que es algo más que un galimatías y apuntan a las misteriosas simetrías de un desconocido idioma. Sin embargo, un libro siempre supone una literatura y éste es único en su especie. Ninguna de las posiciones de los dos bandos es envidiable.

El ilegible Codex Rohonczi reposa hoy en día en la Academia Húngara de Ciencias de Budapest y sólo con un permiso excepcional se permite turbar su descanso. Si concedemos que los libros también tienen alma, tal vez el códice aguarde a unos ojos capaces de leerlo de nuevo. Sería una bella forma de justificar su existencia.

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