
Elizabeth Siddal, posando como Ofelia a los 23 años.
Ignoramos si los muertos nos prestan mucha atención, lo que es seguro es que los vivos los vigilamos de reojo. Nos fascinan por su estado mineral y esa mezcla de tozudez y resignación. Nos atrae su porción de eternidad recién adquirida. Cavilamos sobre sus nuevos gustos y costumbres, tal vez delicados o tal vez repugnantes. Nos preguntamos a qué dedican sus interminables horas tumbados, ahora que son dueños del tiempo, siempre acostados boca arriba, escuchando el levísimo crujido de las tablas y el lento acomodo de la tierra en las grietas del ataúd. Y si aún aman, odian o padecen. Esta historia va por ellos.

Rossetti a los 25 años
Dante Gabriel Rossetti era un joven predestinado para hacer grandes cosas. Tenía a su favor su nombre, mérito de un padre italiano, y el nacer inglés, que es gente propensa a las ensoñaciones y a las manías. Pero el chico tenía un problema, un exceso de talento. Durante años se supo poeta, aunque enseguida destacó por sus pinturas. Con veintidós años era hermoso, de pelo largo y ondulado, ojos claros y maneras de artista. Fue inevitable que conociera a Elizabeth Siddal, una belleza que trabajaba como dependienta en una sombrerería. Ella había descubierto la poesía muy joven, entre las arrugas de un pedazo de papel de periódico que servía para envolver un poco de mantequilla. Era enfermiza como un pajarillo, tenía los ojos verdes, la piel muy blanca y el talle fino. Pero lo que más destacaba en su persona era su larga melena color cobre. Una abundante cascada rojiza que se derramaba inagotable sobre sus hombros, brillando como metal bruñido cuando la hería el sol. Naturalmente, los dos se enamoraron. Ella era la inspiración de muchos pintores, que la habían copiado en grandes lienzos que acabarían colgados en los mejores paredes de Londres, pero Rossetti se empeño en que sólo posara para él. Diez años duró su noviazgo, entre óleos y pinceles, mientras el Poeta la escribía versos y la pintaba de virgen, de María Magdalena o Beatriz, y de ella misma, siempre de ella…

Una de las páginas recuperadas del ataúd
Pero la Bella envejecía y el Poeta rompía sus promesas de matrimonio a última hora, enamorado ya de otras. Elizabeth acabó por estar continuamente enferma, consumida por el desengaño y su creciente afición al láudano. Se casaron un miércoles de mayo ante unos pocos conocidos, y la novia fue llevada al altar apoyada en unos brazos amigos, tanta era su debilidad. Concibieron una hija que arreglara todo, pero el embarazo se malogró y a Elizabeth sólo le quedó el consuelo del opio. Un segundo embarazo tampoco sirvió de nada, pues la Bella se suicidó de una sobredosis. El Poeta, roto de dolor, enterró a su amada con un preciado cuaderno. La única copia manuscrita existente de sus poemas de amor, que ocultó en el púrpura de su cabellera. El flamante viudo contempló cómo cerraban el ataúd y la tierra cubría la tumba, después lloró amargamente y marchó a casa. Rossetti juró no volver a escribir poesía y durante nueve años se volcó en los pinceles, el alcohol y las drogas con admirable ahínco, pero el hombre es voluble por naturaleza y el miedo a quedarse ciego hizo el resto. El Poeta sintió de nuevo el hambre de los versos. Esta vez todo era distinto, porque añoraba los poemas que escribió cuando estaba enamorado y era hermoso, que sentía mejores. Así que concibió un plan desesperado que fue aceptado por su agente literario. Nunca un agente hizo tanto por su cliente, pues una noche de 1869 Charles Howell acudió al cementerio de Highgate para cavar en la tumba de Elizabeth con el encargo de recuperar el legendario librito. Alumbrado por la luz de un farol, abrió la tapa del ataúd y palpó a tientas en la melena del cadáver, hasta que sus dedos tocaron el cuaderno que Rossetti le había suplicado arrancar de las garras de la muerte.

La tumba de Siddal
Más tarde Howell juró al impaciente viudo y renovado poeta que Elizabeth seguía tan bella como siempre. Contó que su cuerpo se había mantenido a salvo de la podredumbre, y que su cabellera pelirroja había continuado manando inagotable hasta colmar todo el interior del ataúd. Rossetti nunca creyó la historia porque el precioso cuaderno estaba atravesado por galerías excavadas por gusanos, y los agujeros hacían muy difícil releer los viejos poemas. Sabía que ni siquiera Elizabeth pudo sustraerse a los horrores de la tumba, ni al peaje que todos los cadáveres recientes han de pagar para hacerse un hueco en el selecto mundo de los muertos. Al Gran Hombre nada de esto le importó demasiado. Por fin volvía a ser dueño de una extensa obra poética, que se apresuró a publicar al año siguiente. Sin embargo, la historia de la exhumación y los propios poemas fueron duramente criticados y el libro apenas tuvo ventas. Rossetti nunca se recuperó de aquel golpe a su vanidad. En 1872 intentó suicidarse con láudano, como diez años antes hizo Elizabeth, pero la muerte –que es mujer– se sintió ultrajada y no acudió a llevárselo. Dante Gabriel Rossetti, el Poeta, el Artista, el hermoso joven de brillante futuro, sobrevivió otros diez años a su propia muerte. Experimentó en vida su propia corrupción, gordo como un cachalote, adicto al cloral, loco, amargado y convertido en sombra de lo que alguna vez fue. Un caso de justicia poética.
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