
El salón principal del castillo de Silling.
Viene de la semana anterior.
Cuando la galante expedición se acogió a los muros de la fortaleza de Silling, lo primero que hicieron los señores fue redactar leyes para aquella sociedad de amos y esclavos, pues incluso las orgías más desenfrenadas necesitan de un gobierno y de una apariencia de orden que poder romper. Mandaron servir el desayuno en la cama a las diez de la mañana y que las fatigosas jornadas de sexo y depravación cesaran a las dos de la madrugada. Se ocuparon de todos los detalles en el intervalo entre aquellos dos momentos del día, los únicos inocentes de cada velada: cómo debían vestir en la asamblea nocturna las historiadoras que excitaban la imaginación con sus recuerdos, cómo habían de ser las cadenas que sujetaban el aprisco de niños y niñas, cómo debía comportarse aquella comunidad de víctimas para dar placer y dolor por igual a sus cuatro temibles señores. El uno de noviembre estuvo todo listo. En el centro de la sala principal del castillo aguardaba un trono. A una señal, la primera vieja puta tomó asiento y comenzó a relatar sus recuerdos, a razón de cinco cada noche. A partir de ese momento, se convirtió en la maestra de ceremonias de los actos que se sucedieron ante sus ojos durante un mes, pasado el cual habría de pasar el testigo a la siguiente comadre, que haría lo mismo que su predecesora, y así sucesivamente. El uno de marzo volverían a abrirse las puertas del castillo y los sobrevivientes podrían regresar a sus casas, libres y corrompidos hasta la médula.

Único retrato auténtico de Sade, a los veinte años.
No existe libro más venenoso en la memoria de los hombres. De una negrura sideral, la primera historia nos golpea extraordinariamente fuerte, como el momento culminante de la novela pornográfica más audaz. Es la parte destinada a las pasiones simples, relatos centrados en los extravíos más comunes y menos rebuscados. La segunda historiadora da paso a las pasiones dobles. Repulsivas desviaciones, extrañas como los delirios que acaricia un enfermo, refinadas pesadillas cuyo principio no es el del placer, sino el de la abyección. La novela desciende más hondo en la tercera parte, la de las pasiones criminales, en la que el dolor, los ultrajes y la mutilación gobiernan los actos de los protagonistas. El último tramo, el destinado a las pasiones asesinas, es una desenfrenada sucesión de torturas y asesinatos insoportablemente crueles, hito inolvidable en la vida de cualquier lector. Únicamente el primer cuarto de la novela está acabado. Sade hubo de enfrentarse a la extraordinaria longitud del texto y decidió convertir las tres partes restantes en una sucesión de notas esquemáticas para poder desarrollarlas en el momento propicio. Irónicamente, ese estilo objetivo, funcionarial y taquigráfico, aumenta la dureza del texto, puesto que los crímenes y las torturas se suceden sin descanso, y el lector no encuentra refugio en ningún momento. Cuando el marqués acabó su novela, hizo una cuenta al final del manuscrito para asegurarse de que la historia tuviera un final coherente:
"sacrificados antes del primero de marzo en las primeras orgías: diez; desde el primero de marzo, veinte. Vuelven del castillo dieciséis personas de un total de cuarenta y seis". Sólo las tres cocineras fueron respetadas en reconocimiento a sus méritos. Así era el pensamiento más íntimo de Sade; el crimen es el estado natural de la sociedad y el bien, un efecto óptico.

La Bastilla. En el centro, el infortunado alcaide De Launay.
El marqués dio por finalizado su manuscrito a finales de noviembre de 1785, lo enrolló y lo escondió en un rincón a la espera de tiempos mejores. Volvió a sus comidas, a sus imperiosas cartas y a sus paseos por las almenas de la Bastilla. En atención a su veteranía le permitieron leer periódicos, lo que le sirvió para hacerse cargo del malestar popular y de la convocatoria de los Estados Generales. Cada día escuchaba desde su celda el runrún de los ciudadanos descontentos, reunidos a los pies de su torre al caer la tarde. Ya era el último prisionero de aquella parte del castillo. El alcaide decidió prepararse para lo peor. Mandó cargar los cañones de la fortaleza y prohibió los privilegios y los paseos a los prisioneros. La respuesta del marqués no se hizo esperar. El uno de julio de 1789, al mediodía, Sade se encaramó a la ventana de su celda aferrado a un largo embudo de metal que utilizaba para orinar en el foso, y que le sirvió de altavoz para la ocasión. Empezó a arengar a los que caminaban por la calle, chillando que estaban degollando a todos los prisioneros. Dos días después, seis guardias irrumpieron en el calabozo del prisionero y
“tan desnudo como un gusano”, lo trasladaron a punta de pistola al manicomio de Charenton. Los tapices, los seiscientos volúmenes bellamente encuadernados, la hermosa librería y el infame rollo quedaron tras la puerta sellada de su celda. El marqués escribió una desesperada carta a su esposa, pero llegó tarde. El catorce de julio una muchedumbre se dirigió a la Bastilla. La mañana comenzó con modales versallescos y el convite a desayunar del alcaide a la delegación de cabecillas, pero las cosas se fueron torciendo en el transcurso del día, la fortaleza acabó cañoneada y la cabeza del amable anfitrión acabó paseando por las calles de París clavada en una pica al morir la tarde. En apenas unas horas la historia había pasado página.
Sade lloró lágrimas teñidas de sangre –son sus palabras– por la pérdida de sus obras de teatro, sus ensayos y, sobre todo, por el misterioso rollo de papel oculto en lo más oscuro de su celda. Pero el manuscrito supo cuidarse por si mismo. Un tal Arnoux de Saint-Martin lo encontró en el saqueo que sucedió y lo vendió a los Villeneuve-Trans, que lo conservaron como una excéntrica reliquia familiar durante tres generaciones, a salvo de todo en un valioso joyero con forma de falo. El rollo volvió a la vida con su venta a un oscuro coleccionista alemán a finales del siglo XIX. La familia Noailles se apropió luego de él; y así, de mano en mano, pasó a ser propiedad del bibliófilo Gérard Nordmann, para acabar en nuestros días en la Biblioteca Bodmeriana, en las afueras de la higiénica ciudad de Ginebra. Allí descansa de sus aventuras, convenientemente despiojado y desinfectado, tras una aséptica urna de metacrilato y manejado por remilgadas manos enfundadas en guantes de látex. Si Sade levantara la cabeza.
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