En el año 758 la emperatriz Shōtoku del Japón, cuadragésimo sexta ocupante del Trono del Crisantemo, buscó refugio en su palacio para no volver a salir. El suyo había sido un reinado mate y silencioso, sin ese brillo opulento que desprende el ejercicio del verdadero mando. Hacía mucho que el peso del gobierno descansaba en el regazo de su madre, la emperatriz viuda Kōmyō, y en los hombros de su primo Nakamaro. La anciana y su sobrino juzgaron suficientes los nueve años de reinado ausente y fantasmal, y buscaron un recambio, tal vez más dócil o menos irritante, en un nuevo emperador. Shōtoku se encerró en sus aposentos para gastar las horas en contemplar cómo las carpas giraban incansables en el estanque, escuchando el rumor del viento al agitar las ramas del cerezo del jardín, o siguiendo con la vista las nubes que se hilaban y deshilaban en su camino por la abertura del patio del palacio. Ni siquiera salió de su letargo cuando murió la vieja emperatriz Kōmyō dos años después. Fue entonces cuando sus servidores, preocupados por su salud, llamaron a un monje budista con fama de maestro sanador.

Figura del dios Hachiman como monje budista.
Nadie sabe cómo transcurrió el primer encuentro entre la melancólica emperatriz y el monje Dōkyō. Sí consta que la entrevista causó un gran efecto, y que a partir de esa charla un nuevo brillo asomó por los ojos de su majestad imperial. Algunos maledicentes han pintado al monje como un atractivo joven excelentemente dotado para el cuerpo a cuerpo. Lo único seguro es que Shōtoku era una mujer soltera de cuarenta años aquejada de frecuentes depresiones, y Dōkyō, un hombre de sesenta que sabía escuchar. Las calumnias siempre son injustas, pero pueden ser más ciertas que los hechos. Los supuestos encuentros horizontales provocaron un irresistible impulso vertical en la carrera del monje en la corte, y Shōtoku comenzó a tratar a Nakamaro como a un inferior. Primero sorprendido, luego temeroso, el primer ministro planeó una revuelta contra la emperatriz díscola. Apenas resistió una semana. Perdió y fue ejecutado a orillas de un gran lago junto a su mujer y sus hijos. Shōtoku encontró el trono incómodo por los remordimientos. De los pocos pecados mortales que considera el budismo –parricidio, matricidio, asesinar a un monje, derramar la sangre del Buda y alterar el orden sagrado de las cosas–, se sabía culpable de varios de ellos. Dōkyō la aconsejó un método para expiar sus faltas, y ella, en agradecimiento, le nombró ministro.

Dos de los rezos. Son el impreso más antiguo en papel que se conserva, sólo superado por un ejemplar encontrado en Corea.

Una de las últimas pagodas sobrevivientes.
En el año 764 la emperatriz ordenó la impresión de un millón de rezos budistas, y que la pequeña tira de papel resultante fuera enrollada y guardada en otro millón de fundas de madera con forma de pagoda de tres pisos. Aquella cifra insensatamente alta debió parecer a la emperatriz lo más cerca que podía estarse de la absolución. Un ejército de sirvientes taló bosques enteros de ciprés para fabricar los pequeños estuches, que remataron pintándolos de blanco. La otra mitad del reino se dedicó a fabricar un hermoso papel de color lila, a cortarlo en pequeñas tiras y a presionarlo contra ocho bloques de madera tallados. El plan de Dōkyō contempló cuatro tipos diferentes de rezos, cada uno con un poder mágico particular, repetidos doscientos cincuenta mil veces. Los hombres sólo podemos percibir el tiempo a través de los cambios, y la infinita repetición de aquella tarea durante meses debió contagiar a los servidores de una extraña sensación de eternidad y hastío. Para disipar esa ilusoria impresión, la emperatriz ordenó que cada diez mil ejemplares fabricaran una pagoda especial de cinco pisos, y cada cien mil, otra de trece pisos. Mediada la marcha del gran proyecto, Shōtoku elevó al monje a primer ministro. Luego, al supremo cargo de
Hōō, Papa de todos creyentes. Dōkyō ya viajaba en palanquín rojo y se hacía servir la mesa con la pompa de un miembro de la casa real. Fue entonces cuando Hachiman, el dios de un santuario imperial, hizo saber que la paz y prosperidad se extenderían por todo el Japón si Dōkyō se convertía en el nuevo emperador. Los grandes de la corte se miraron indignados, incapaces de soportar que un monje que apenas poseía una escudilla y pedía limosna pocos años antes, fuera convertido en su nuevo señor. Despacharon un mensajero para que confirmara el deseo del dios. Volvió el jinete al de unos días, laqueado de sudor, y proclamó la rectificación divina: sólo los de sangre real podían ocupar el trono. Cuando Dōkyō escuchó el nuevo oráculo, demostró a todos cómo se inicia una dinastía. Mandó cortar los talones del inoportuno mensajero y lo desterró lejos de la corte. Los trabajos para la coronación prosiguieron.
El gran encargo imperial llegó a su fin seis años después de ser iniciado, demostrando que cualquier cantidad expresada, por elevada que sea, es limitada. Los pequeños estuches de veinte centímetros de alto fueron repartidos equitativamente, invadiendo como diminutos ejércitos de juguete los patios de diez templos de todo el reino, y los hombres que participaron en la hazaña fueron colmados de honores y premios. Entonces, increíblemente, la emperatriz enfermó de viruela y murió. Los cortesanos ni siquiera se molestaron en tomar venganza. Expulsaron al monje del palacio, cerraron sus puertas y lo enviaron a servir al templo rural más pobre y lejano que pudieron encontrar. Sentado en su mula, camino del exilio, Dōkyō tuvo mucho tiempo para meditar en las enseñanzas del Buda. Recordó que todo fluye y nada permanece, que la ambición es como sueño en una noche de primavera. Murió al de dos años. Con el tiempo, nueve de los diez grandes templos custodios fueron destruidos. En 1908 hicieron inventario de aquellas disciplinadas columnas que nadie había osado tocar en mil años. Apenas sobrevivían 43.930 pagodas y 1.771 rezos medio devorados por pececillos de plata, últimos restos de la inmensa flota de estuches de madera. Quedan pocos, pero aún pueden contarnos la lejana historia de la emperatriz y su millón de templos, de cómo fue culpable de la más humana de las faltas.
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