El libro viviente de los sijs

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Nanak Dev meditaba con tristeza acerca del odio que se profesaban hindúes y musulmanes. Tres días de retiro le bastaron para solucionar el problema, pues añadió una nueva religión al amplio catálogo de creencias que los hombres nos hemos dado. Nanak se convirtió desde entonces en el primer gurú de los sijs, una religión que ha crecido frondosa hasta ser la quinta del mundo en número de creyentes. Sus preceptos son sencillos pero muy razonables. Todos los dioses son el mismo dios. La mujer es igual al hombre. Hay que vivir dentro de la sociedad y no fuera, como hacen los monjes. Cuando en 1539 Nanak sintió que se moría, eligió a un segundo gurú que continuara el camino. Así fueron sucediéndose los maestros de los sijs, hasta que el décimo, un gigante de más de dos metros llamado Gobind Singh, supuso que el pueblo ya estaba preparado para admitir al Gurú Granth Sahib como último y definitivo maestro. Aquel undécimo gurú era un libro que los sijs aceptaron como ente viviente en octubre de 1708.

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La eterna lectura del gurú
Para los sabios, el libro es un compendio de las enseñanzas de los anteriores diez gurús; tan largo, que un lector infatigable tardaría 48 horas ininterrumpidas en leerlo. Para los que creen, es el guía espiritual de toda la humanidad y como a tal le veneran. El Tribunal Supremo de Justicia de la India también piensa que el maestro vive, y le concede categoría de persona jurídica. Los sijs permiten hacer copias impresas de su libro viviente, y si alguna de ellas resulta dañada, recibe un entierro solemne en una ceremonia parecida a la que tendría cualquier otra persona. Sus 1.430 páginas viven en el Templo Dorado de Amritsar, un hermoso edificio de mármol recubierto por 100 kilos de oro puro que se refleja día y noche en la piscina sagrada que rodea al templo. Dicen que la casa del gurú es como el barco de la sabiduría que surca el océano de la ignorancia.

Hasta Amritsar acuden cada día miles de peregrinos que cruzan el puente sobre el estanque,
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La cama donde duerme el maestro
pues cualquiera puede acudir a contemplar al maestro, sea de la religión que sea. Las puertas siempre están abiertas y el gurú da a todos la bienvenida mientras descansa benevolente en su trono rodeado de oro, diamantes y perlas de gran tamaño. Algunos creyentes se arremolinan en torno a él y le abanican para hacerle más llevadera la velada o que el polvo no se pose en sus páginas. Otros se inclinan en señal de reverencia, mientras contemplan cómo los cantores recitan sus enseñanzas en turnos de tres horas. Cuando cae la noche, envuelven al maestro en telas de seda y le acompañan a su aposento para que descanse. Allí un sij le acuesta en su cama, entre sábanas limpias y almohadones, y vela su sueño sentado a su lado. Con el alba, manos recién lavadas le despiertan y visten con nuevos ropajes. Entonces, un sirviente le transporta con gran cuidado sobre su cabeza hasta el trono, donde se sienta para guiar los pasos de los hombres otro día más. Así es una jornada de trabajo para el último gurú de los sijs.

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