Asesinatos literarios

Sucedió en Yolco

Volos es como tantas otras. Ni muy grande, ni muy pequeña. Una vía de tren la recorre hasta el puerto como una antigua cicatriz. Polígonos industriales en las afueras. Casas y más casas en el centro, todas nuevas y de parecida altura. Nada distingue a Volos de otras ciudades incoloras, inodoras e insípidas, pero no siempre fue así. La ciudad muere de golpe al Este, como si las calles quedaran sin resuello al trepar por la ladera. Es el comienzo del monte Pelión. A la sombra de sus pinos –idénticos a los de ahora, pues a diferencia de los hombres los árboles no cambian–, se peinaban las ninfas y en una de sus cuevas vivió Quirón, el centauro que educó a Aquiles y a Teseo. Allí manaba el Anauro, apenas un arroyo que alimentaba la ciudad que crecía a sus pies. Porque has de saber que la previsible Volos fue antes Yolco, y por sus calles de tierra caminaron hombres desnudos y hombres vestidos de bronce…
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Papeles proféticos

Uno se sienta ante la inmensa planicie del papel blanco y convoca gente. Les imagina un rostro y un carácter, piensa en el color de sus cabellos o en sus gustos a la mesa. A veces cavilas cómo fueron sus padres o los hijos que tendrán, las pequeñas cosas que les hace felices y las grandes que detestan profundamente. Entonces los engranajes ruedan y de pronto algo hace clic, sabes que ahí hay algo, y empiezas a escribir. Siempre ha sido así.

Swift utilizó el mismo procedimiento para enviar al cirujano Lemuel Gulliver a la isla flotante de Laputa, donde imaginó una sociedad tan avanzada que ningún descubrimiento científico les estaba vedado. Uno de los muchos hallazgos de sus habitantes fueron dos pequeños satélites que orbitan alrededor de Marte. Describieron también su tamaño aproximado y su trayectoria, y se acercaron sorprendentemente a la realidad ciento cincuenta años antes de que fueran descubiertos. Hoy llamamos a esas dos lunas Fobos y Deimos…Lee más...
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Una tragedia en Oriente

Nadie niega que Dipendra Bir Bikram Shah fuera un romántico. Adoraba Romeo y Julieta, y cuentan que era capaz de recitar de memoria largos pasajes con la mirada perdida en el vacío. En Verona contempló escandalizado cómo largas filas de turistas profanaban el balcón de la pareja, y juró a su sombra que el verdadero amor no debía doblegarse ante nada. No tenía nada de extraño. Dipendra era como un príncipe de cuento. Algún día reinaría en el remoto Nepal y su pueblo se postraría ante él, igual que reverenciaba a su padre, a quien tenía por Vishnú encarnado. Como en las leyendas, como en Macbeth, una profecía agobiaba los hombros del joven príncipe. No podía casar antes de los treinta y cinco años o un gran desastre asolaría el reino. Pero Virendra era joven y enamoradizo, y el destino quiso que conociera en una fiesta a la hermosa Debyani Rana mientras estudiaba en Inglaterra. La bella pertenecía a un clan enemigo…Lee más...
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Pasiones bibliófilas


En 1653, Sabbatai Zevi, uno de tantos mesías que el pueblo de Israel se ha dado, decidió afirmar su autoridad casándose con los Rollos de la Ley. La boda se celebró en Salónica ante numerosos testigos, y mientras la Torá aguardaba impaciente a su esposo vestida de novia, Sabbatai deslizó el anillo en uno de los rodillos que sirven para desplazar el texto. Es el único caso que se recuerda de un hombre casado con un libro, y no ante un libro. Con ser mucho, no es nada comparado con la devoción que Frederic R. Marvin guardó a su favorito. Exigió que tras su muerte abrieran su pecho, y bajo las costillas, bien cerca de su corazón, enterraran cierto pequeño volumen que había atesorado durante largos años…Lee más...
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