El misterio de la biblioteca menguante

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El monasterio de Santa Odilia es muy antiguo. Construido en lo más alto de un risco, sus muros se arriman a un precipicio con esa tranquilidad de espíritu que da el saberse desde siempre del bando vencedor. Los años han sentado bien al edificio, que alberga un buen restaurante y un hotel que atrae a turistas de toda Alsacia. Si un monasterio es un lugar retirado, la biblioteca de un monasterio lo es aún más. Es, pues, lógico suponer que la biblioteca de un monasterio durante la noche sea el lugar más solitario de la Tierra. El padre Dosnius compartía la misma opinión, y por eso frunció el ceño cuando vio cómo un pequeño agujero atravesaba de parte a parte la puerta que guardaba la entrada a la biblioteca. Se agachó, miró a través del orificio, hizo girar su dedo meñique en el diminuto hueco que se abría en la madera y mandó cambiar la cerradura. Apenas llevaba un mes como abad y nada sospechaba, pero su celo profesional detuvo un tiempo el desarrollo de nuestra historia. Ignoraba que el año anterior alguien había sustraído dieciséis libros –entre ellos, dos valiosos incunables– de aquella sala…

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La subasta del siglo

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Dios te guarde, queridísimo lector, del nefasto pecado de la bibliofilia. Y si caes, date por perdido. Codiciarás el ejemplar del vecino por medio centímetro de margen y siempre encontrarás entre tus libros una mancha de humedad, una falta, un hueco, que hará que contemplar tu biblioteca se convierta en un doloroso placer. Has de saber que una colección nunca está completa.

Un buen conocedor del vicio, seguramente otro infectado, envió en el verano de 1840 un pequeño catálogo de dieciséis páginas a los mayores coleccionistas de libros de Europa. Contaba la historia de Jean Népomucène-Auguste Pichauld, conde de Fortsas, el más sibarita de los bibliomaníacos que en el mundo han sido. La norma para alojarse en la selecta biblioteca del conde era muy sencilla: sólo cabían ejemplares únicos. Si al conde llegaban noticias de otro libro igual, vendía el suyo, lo regalaba o –refinamiento inconcebible para un bibliópata– lo destruía. Sufrió un duro golpe cuando la publicación de cierto documentado libro de referencia redujo sus posesiones en un tercio…Lee más...

Antonio Magliabecchi o la biblioteca humana

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Antonio Magliabecchi no fue real hasta cumplidos los cuarenta. De niño no pasaba de ser un proyecto, un embrión de lo que luego llegó a ser. Tuvo una madre que se ocupó de enseñarle las cuatro reglas, un latín rudimentario y algunas nociones de dibujo. Le echó al mundo en cuanto emplumó y respiró aliviada cuando supo que entró como aprendiz de orfebre en un pequeño taller de Florencia. Nada sabemos de los años infantiles de Magliabecchi, pero algo brillaba en aquel concentrado aprendiz que llamó la atención del bibliotecario del Cardenal Leopoldo de Médici. Desconocemos si cuidó de Antonio como si fuera su hijo –por amor–, o por llevar a cabo un curioso experimento, pero le enseñó griego y hebreo, y consiguió que su dominio de latín fuera más que aceptable.

Nuestro hipotético benefactor hubo de presenciar, como el que riega una planta carnívora o cría un tigre, el monstruoso despertar del fenómeno. Debió quedar fascinado viéndole devorar libro tras libro durante días enteros sin ganas de comer ni de dormir…Lee más...

Pasiones bibliófilas

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En 1653, Sabbatai Zevi, uno de tantos mesías que el pueblo de Israel se ha dado, decidió afirmar su autoridad casándose con los Rollos de la Ley. La boda se celebró en Salónica ante numerosos testigos, y mientras la Torá aguardaba impaciente a su esposo vestida de novia, Sabbatai deslizó el anillo en uno de los rodillos que sirven para desplazar el texto. Es el único caso que se recuerda de un hombre casado con un libro, y no ante un libro. Con ser mucho, no es nada comparado con la devoción que Frederic R. Marvin guardó a su favorito. Exigió que tras su muerte abrieran su pecho, y bajo las costillas, bien cerca de su corazón, enterraran cierto pequeño volumen que había atesorado durante largos años…Lee más...