La culta caravana


Cuentan quienes saben de esto, que Abū al-Qāsim Ismāīl Ibn Abbād Ibn al-Abbās Ibn Abbād Ibn Ahmad Ibn Idrīs –permíteme, paciente lector, llamarlo Ibn Abbād para el buen gobierno de nuestra historia– nació el catorce de septiembre de 938 en la ciudad de Istakhr, en Persia. Hijo y nieto de visires, su buena estrella le sirvió bien desde la cuna. Quedó huérfano muy chico y fue criado por el emir, que lo educó por lealtad a su padre. Pronto desarrolló la suprema habilidad de caminar un paso por detrás de quien más puede, pero nunca tan cerca que su presencia fuera considerada inoportuna. La inteligencia es un equipaje embarazoso, tan difícil de ocultar como su falta. Aprendió rápido a escribir con hermosa letra, a rimar versos y a redactar floridas cartas, tareas propias de un escriba, y se inició en el sutil arte de leer en los ojos del prójimo, que es cosa de hombres de mundo. A los veinte años, Ibn Abbād marchó a Bagdag…

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El misterio de la biblioteca menguante


El monasterio de Santa Odilia es muy antiguo. Construido en lo más alto de un risco, sus muros se arriman a un precipicio con esa tranquilidad de espíritu que da el saberse desde siempre del bando vencedor. Los años han sentado bien al edificio, que alberga un buen restaurante y un hotel que atrae a turistas de toda Alsacia. Si un monasterio es un lugar retirado, la biblioteca de un monasterio lo es aún más. Es, pues, lógico suponer que la biblioteca de un monasterio durante la noche sea el lugar más solitario de la Tierra. El padre Dosnius compartía la misma opinión y por eso frunció el ceño cuando vio cómo un pequeño agujero atravesaba de parte a parte la puerta que guardaba la entrada a la biblioteca. Se agachó, miró a través del orificio, hizo girar su dedo meñique en el diminuto hueco que se abría paso en la madera, y mandó cambiar la cerradura. Apenas llevaba un mes como abad y nada sospechaba, pero su celo profesional detuvo un tiempo el desarrollo de nuestra historia. Ignoraba que el año anterior alguien había sustraído dieciséis libros –entre ellos, dos valiosos incunables– de aquella sala…

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La melancólica Biblioteca Brautigan

Existe una curiosa raza de perdedores natos que acaricia el éxito al menos una vez en la vida. Algunos incluso saltan de triunfo a triunfo, ignorantes de su auténtica naturaleza. Richard Brautigan formaba parte de aquella misteriosa hermandad de aparentes vencedores que intuyen oscuramente que pertenecen al fracaso. Escribió La pesca de la trucha en América, la bomba literaria más prometedora de 1967. Sus tres millones de ejemplares señalaron la cima en la vida de una joven promesa, y al mismo tiempo, el comienzo de un perseverante descenso hacia la nada en su carrera como maduro hombre de letras. Los siguientes doce años perdió lectores, respeto y reputación con una constancia admirable, hasta que hubo de afrontar lo que siempre había sospechado. Su tiempo había pasado. La revelación le sobrevino en su vieja casa de la playa, en la sala de estar, frente a un gran ventanal que permitía asomarse al Pacífico en las tardes de buen tiempo. Un disparo en la cabeza con su Magnum calibre 44 no bastó para detener la mala racha…
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La biblioteca infernal

Ha llegado el momento, amigo lector, de hablarte de un semidiós que camina entre nosotros. Me refiero a Kim Jong Il, el divino presidente de Corea del Norte. El día que nació la naturaleza se apresuró gozosa a celebrar la venida del elegido. Una golondrina y un doble arco iris lo anunciaron en oriente; el resto del mundo hubo de conformarse con una nueva estrella que lució en el firmamento. Fue el primer signo de los grandes prodigios que habrían de venir.

El Gran Dirigente eligió cuidadoso su lugar de nacimiento, pues allí, en el monte más alto de país, surgió Corea hace ya 5.500 años. Su agradecido pueblo devuelve el honor recibido comenzando el año el día de su cumpleaños, mientras le ofrenda miles de flores llamadas kimjongilias, creadas genéticamente para honrar su memoria.

Pasaron los años y Kim Jong Il acudió a la universidad, donde asombró a todos con…Lee más...
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La razonable biblioteca de Samuel Pepys

El empelucado caballero que nos contempla tan digno a la derecha, atendía al nombre de Samuel Pepys. En vida fue un eficiente funcionario del gobierno de su Majestad el Rey Jacobo II de Inglaterra. Ya difunto, pertenece a ese fastidioso club de escritores que se han ganado un puesto en la historia de la literatura sin pretenderlo. El señor Pepys escribió durante nueve años un diario tan sincero que se mantiene caliente y cercano 340 años después, como si conociéramos en persona al autor y –encima– nos cayera simpático. Fue un hombre diligente, curioso y extrovertido, con sólo dos terrores en su vida. El primero era quedarse ciego y por eso interrumpió la escritura del diario, al que culpaba de arruinar su vista. El segundo, más punzante, era un cerval pánico a la señora Pepys, que no perdonaba sus infidelidades con las criadas y tronaba furiosa persiguiendo a su esposo por toda la casa…Lee más...
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